10/09/2026
Mi de hoy tiene que ver con una frase que hace unos días leí y que me impactó. La frase decía: “No admiro a quien solo sabe construir empresas. Admiro a quien puede construir una empresa sin perder su matrimonio, su paz y su integridad. Eso sí es éxito.”
Debo confesar que la bendita frase me quedó dando vueltas en la cabeza, pensando en empresarios que admiro, en amigos del colegio y estudiantes que tienen sus empresas, en grandes administradores, en quienes han sido capaces de levantar negocios, construir compañías, generar empleo, mucha riqueza, asumir riesgos, que han tomado decisiones difíciles, que han logrado que una idea se convierta en una organización y han sabido construir su patrimonio. Fue un buen ejercicio para usar la cabeza y la memoria emotiva. Luego decidí retomar la lectura de un libro que estoy leyendo y el sueño me supo abrazar.
Días después tuve un sueño con mi papá y mi mamá. Los veía muy felices, jóvenes y rozagantes, como sé que hoy se encuentran en el reino de la eternidad disfrutando de su amor. Y entendí algo muy importante... Al verlos en sueños los vi como frente a un espejo donde pude repasar la historia de nuestra familia, y pude entender que, aunque nunca fueron empresarios, fueron una extraordinaria pareja de administradores. Administraron sus vidas, la de su familia, y dejaron un legado impresionante para quienes tuvimos el inmenso placer de conocerlos.
Fueron abogados, y de los buenos, de los éticos, de los que ejercían su profesión para servir, de los que tenían muy claros sus mandamientos como abogados; pero antes de ser abogados fueron hijos de campesinos, de la tierra, de aquellos seres juiciosos que labran la tierra para que quienes vivimos en las ciudades podamos alimentarnos.
Fueron un hombre y una mujer que llegaron a Bogotá con la ilusión de estudiar, de prepararse y de abrirse camino. Y lo hicieron sin olvidar sus raíces y sin necesitar demostrarle nada a nadie. Sobre todo, mi mamá y su hermosa rebeldía, quien creció en un hogar machista, por mi abuela Deyanira, y donde estaba condenada a tener que casarse para forjar su hogar, de acuerdo con las tradiciones sociales de la época. Ella dijo: “no quiero eso para mi vida”. Y eligió a Bogotá para estudiar Derecho en la Universidad Libre donde conoció al hombre de su vida: Carlos Darío Morales Álvarez. Para nosotros, la historia de mamá es mucho más que una anécdota familiar. Es una historia de vida y ejemplo de autonomía, carácter, educación y decisión.
Lo que más admiro de papá y de mamá es que supieron construir una vida juntos e hicieron el mejor de los equipos. Cuando miro hacia atrás y veo todo lo que construyeron, entiendo que en nuestra familia hubo una administración mucho más compleja que cualquier empresa: administrar los sueños, las dificultades, las responsabilidades, las cuentas por pagar, los hijos, las matrículas del colegio y los semestres de la universidad, las onces, los días buenos y también los días que no lo fueron tanto, donde a veces era más fácil rendirse y simplemente… tirar la toalla.
Tuvieron que tomar decisiones sin contar siempre con toda la información que necesitaban; aprendieron a gestionar recursos, pero también dificultades; a asumir riesgos, resolver problemas, planear y persistir. Y, sobre todo, aprendieron que administrar también significa saber hasta dónde se está dispuesto a llegar sin traicionar los principios, porque es algo a lo que todo empresario deberá enfrentarse en algún momento de su vida: poner a prueba sus principios y valores.
Papá tuvo que poner a prueba sus principios e integridad en los ochentas cuando, siendo juez penal militar, el narcotráfico intentó cruzarse en su camino y sobornarlo. No fue fácil, pero eligió recordar a mis abuelos Santos y Justo y mantenerse firme como el nombre de mi abuelo, porque hay decisiones que pueden cambiar circunstancias de la vida, y hay otras que terminan definiendo quiénes somos realmente.
Nunca tuvieron que enseñarme en un tablero, hablando en términos de profes, qué era trabajar en equipo, porque lo hicieron con el bendito ejemplo, todos los santos días de nuestra existencia, mientras estuvieron a nuestro lado. Siempre he dicho que las mejores lecciones se orientan y se dan con base en el ejemplo. Como profe trato de hacerlo y, aunque no es una tarea fácil, deja los mejores dividendos y recompensas que no se miden propiamente con dinero.
Una decisión estratégica marcó la vida de nuestra familia: papá y mamá haciendo equipo. Y ahí sí puedo decir que conocí una verdadera sociedad, mucho más que una sociedad conyugal, como le dicen los abogados. Ellos construyeron una organización sin manual de funciones, sin organigramas, sin indicadores y sin juntas directivas, pero tuvieron algo que muchas empresas persiguen durante muchos años para poderse posicionar en el mercado: propósito, confianza, compromiso y visión compartida.
Por eso, cuando pienso en el éxito en este mundo empresarial en el que me desenvuelvo como profe y mis prospectos de empresarios, ya no lo relaciono solamente con una empresa que crece en materia de valores, números y posicionamiento de marca, en cargos importantes, en prospectiva, estrategias y mediciones, o en cuentas bancarias. Pienso en mi padre y en mi madre, en esos muchachos, hijos de campesinos, que llegaron a Bogotá buscando abrirse camino y se enamoraron. Pienso en mi mamá, caminando al lado de papá. Ni adelante, ni atrás, siempre a su lado y tomados de la mano. Se casaron con una mano adelante y otra atrás, los primeros años fueron difíciles, y se complicaron más cuando llegó mi hermana mayor Claudia, más responsabilidades llegaban y con ellas un nuevo proyecto de vida que debían formar donde, con el tiempo, se sumaron cuatro más. A todos nos dieron estudios, comida, un techo, ropa, pero, sobre todo: formación en valores. Porque, quizás el verdadero éxito no sea construir un gran emporio para que todos lo admiren, sino construir una vida que quienes te aman recuerden con orgullo. Ha sido de las grandes enseñanzas que me dejaron mis viejos: construir el sentido profundo de mi existencia.
Papá y mamá nunca administraron una empresa. De hecho, creo que administraron algo mucho más difícil: sus propias vidas. Administraron oportunidades, dificultades, muchas incertidumbres y administraron a su familia. Administraron algo que ningún balance financiero puede llegar a medir: el carácter de sus hijos.
Papá y mamá supieron construir y dar forma a la empresa que más amo y admiro: nuestra familia. Los seres humanos que aprendieron de ellos que el éxito no consiste solamente en crecer en intelecto, posicionamiento de marca y en dinero, sino en crecer sin destruir lo que realmente importa.
Si algún día me vuelven a preguntar cuál ha sido la empresa más exitosa que he conocido, probablemente no mencionaría ninguna multinacional. Hablaría de una empresa pequeña, construida por dos personas que decidieron caminar juntas durante toda su vida, hasta su muerte y más allá.
La empresa se llamó: familia, los socios fueron mi papá y mi mamá, y el legado somos nosotros: sus hijos y sus nietos.
¡Los amo y amaré siempre! 🥰❤️