25/12/2025
CRÓNICA DE LA EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO: TODO UN MILAGRO PATENTE:
El hecho de que el cristianismo se expandiera entre personas humildes y sencillas, entre los marginados de una sociedad tan superflua gobernada por el aplastante Imperio Romano, pleno de politeísmo, y que abarcaba casi la mitad del mundo conocido es, sin duda alguna, un milagro patente.
Los cristianos fueron, casi durante los primeros tres siglos tras la crucifixión del Verbo Encarnado, personas que surgían desde las capas sociales más bajas con escasa o nula influencia en la sociedad de su tiempo.
Y tras la tolerancia hacia las distintas religiones que caracterizó durante siglos a la ley romana, las persecuciones del vastísimo Imperio de Roma hacia los cristianos no tardaron en desencadenarse, y con absoluta vileza y crueldad, escasos años después de la crucifixión de Jesús en el Gólgota...; tal y como Él mismo había advertido a sus apóstoles que sucedería y hasta el punto en que la sangre de sus mártires se convirtió también, con el sangriento caminar de los tres primeros siglos de la historia, en auténtica semilla de cristianos...
Y esta reacción tan sangrienta mientras los mártires cristianos parecían morir sin temor y entre cánticos llegó a causar, de manera paulatina, toda una metamorfosis entre los gentiles y entre los poderosos del Imperio Romano, que en el año de Gracia de 313 provocó la conversión de la misma Roma al cristianismo tras el "Edicto de Milán" del Emperador Constantino "el Grande".
No obstante, un año antes de aquella conversión oficial, las fuentes de los principales historiadores cristianos de la antigüedad, como Eusebio de Cesarea, narraron que tuvo que producirse un hecho sobrenatural y del todo documentado dentro de las guerras intestinas entre los distintos líderes y generales romanos para hacerse con el poder de un Imperio Romano todavía a siglo y medio de su ocaso.
La crónica de la historia relata que el 12 de octubre del año 312 (d. de C.) en la víspera de la Batalla del Puente de Milvio contra los ejércitos de Majencio a las afueras de las murallas de Roma, las tropas de Constantino observaron, con absoluta nitidez, un signo que destellaba por encima del mismo Sol con la radiante señal de una cruz junto a unas palabras en griego que decían: "Por esto, la victoria". Esta frase pasó a la historia en latín: "In hoc signo vinces", cuya traducción, "Con este signo, vencerás", y que en letras griegas fue observado por todas las tropas que al día siguiente iban a librar batalla contra el ejército afín en aquella hora a Majencio --conocido por su exaltación de la idolatría-- dio lugar a una de las más profundas metamorfosis de la historia de la humanidad desde una Roma en donde el cristianismo ya había prendido en muchos territorios del Imperio...
Constantino, que había sido todo un testigo de aquel extraño fenómeno sobre el Sol del atardecer, quedó del todo confuso al no lograr entender qué representaba ese signo... Mas, tras acostarse en su tienda en la noche previa a la batalla, el mismo Cristo le habló en sueños para hacerle comprender el significado de la brillante cruz sobre el Sol.
Y Constantino tuvo muy claro que debía actuar: exhortó a sus oficiales a que ordenaran pintar en rojo la señal de la cruz cristiana a todas las tropas sobre sus escudos. Asimismo, Constantino no dudó en cambiar el águila del estandarte romano por un guión con un crismón, la sagrada cruz así como la frase que brilló en griego sobre el Sol mas en latín: "In hoc signo vinces", con la conocida frase "Con este signo, vencerás" que desde aquel bienaventurado atardecer y tras la gran victoria de Constantino sobre el campo de batalla llegó a romper todos los moldes del politeísmo romano para pasar a la historia de la cristiandad.
La batalla sobre los ejércitos de Majencio se desencadenó el 13 de octubre con una rotunda y absoluta victoria de las tropas de Constantino; todo un aplastante triunfo con el que logró ser proclamado emperador de Roma con el sobrenombre de Constantino I "El Grande", quien desde aquella fecha comenzó a labrar su Imperio al sustituir todos los signos y emblemas del politeísmo secular del Imperio Romano por el signo de la Santa Cruz, el más importante y notorio signo del cristianismo y que hacía ya décadas que había sustituido al dibujo de un pez de los primeros cristianos durante los más de dos siglos y medio de las grandes persecuciones.
Tras el Edicto de Milán la expansión del cristianismo se consolidó con cierta rapidez. Y ya desde aquella época, aun con sus matices, diferencias, divisiones y hasta sus mismos cismas, es en el presente y desde hace muchos siglos la creencia religiosa más extendida de la humanidad.
Y que esta semilla surgiera durante los primeros siglos entre los más humildes y sencillos, entre seres humanos cuya vida no valía nada ante la sociedad bajo la tiranía y hasta el yugo de una potencia tan poderosa como la del Imperio Romano es también, para una gran parte de la cristiandad, un hecho del todo sobrenatural que habría de llevar a recapacitar a muchos que aún no tienen la Gracia de creer en Jesucristo no sólo como un erudito y predicador de magna elocuencia constatable, incluso a luz de la historia, sino como el Unigénito del que Es, concebido por el Altísimo en Nuestra Señora, la Virgen María.
A Dios, para gran parte de los fieles cristianos quizás una Energía Divina plena de amor, omnipotente, del todo providencial, omnisciente y creadora, nadie lo ha visto jamás. No obstante, para esta gran parte de la cristiandad las palabras de Jesús son muy elocuentes al asegurar que el que le veía a Él, veía a Nuestro mismo Padre del Cielo: toda una clave --argumentada por fuentes con autoridad-- para tratar de comprender el misterio de la Santísima Trinidad que encarna Nuestro Señor Jesucristo, Nuestro Redentor, a quien el cristianismo considera como Hijo Unigénito del Dios que habló a Moisés en el sagrado lugar de la zarza ardiente que no se consumía...; una figura y un episodio venerado, singular y común tanto en el judaísmo, en la religión musulmán así como en el cristianismo.
Por otra parte, Jesucristo jamás ocultó su Divino Linaje como Hijo de Nuestro Padre del Cielo ni tampoco su condición mesiánica como Rey del Universo: la misma Energía Divina engendrada como Hijo de Dios; el que Es engendrado como Hijo del Padre de todas las cosas. Asimismo, para el cristianismo Jesús de Nazaret es también Espíritu Santo desde su misma concepción y encarnación y, sobre todo, tras su resurrección ante sus apóstoles en Pentecostés y a quienes les dejó, tras 40 días de apariciones y convivencia según la fe que emana de los Evangelios, su Espíritu Santo como el paráclito o defensor con antelación a la encomienda apostólica de proclamar Su Evangelio a toda la creación antes de la subida, levitante y en carne --ante la común descripción de todas las fuentes cristianas--, a su mismo Reino Celestial.
Jesucristo vino a este mundo con un mensaje de amor fraterno y perdón en un tiempo de odio entre los hombres, de constantes disputas y guerras... Un tiempo y una época, tras 146 años de aplastante dominio de Roma sobre el mundo conocido, en que la mera existencia de un hombre no valía nada pese al Decálogo que el que Es le había entregado a Moisés en el monte del Sinaí unos 1.300 años antes de su santísimo nacimiento como Verbo Encarnado en Bethlehem de Judá. Todo un momento de verdadero adviento ante el magno acontecer profetizado, incluso ya entonces, desde hacía no sólo cientos sino hasta más de 1.600 años en la misma Torá del pueblo judío por los más venerados profetas judeocristianos presentes también, cómo no, en el Antiguo Testamento de la Biblia del cristianismo y a quienes el mismo Jesús solía recurrir y ensalzar, con cierta frecuencia, cuando su Santísima Luz acampó entre las tinieblas de este mundo según narra la fe cristiana tras la descripción de los más reconocidos evangelistas.
Y la Luz del que Es vino con un único mensaje: vida eterna a cambio de cumplir con el Decálogo...; algo nada sencillo ante el mandamiento de amar al prójimo..., incluso a nuestros enemigos, como a uno mismo... No obstante, y como argumenta una gran parte de las fuentes cristianas, bien sabe Nuestro Creador de todas nuestras debilidades e imperfecciones... Y, ante esta exposición quizá plausible, es preciso tener esperanza: Jesucristo llegó con un solo mensaje de amor mas pleno de esperanza y de perdón.
Y Jesucristo no nos contó nada más: ya era mucho conseguir que su consigna de amor fraterno y su constante promesa de vida eterna anidaran en algunos corazones escogidos para que se expandiera, como un único mensaje de naturaleza indivisible, por todo el orbe...
El resto de las muchas cosas que Jesús nos pudo contar las dejó para que los seres de este mundo las averiguaran por medio de la constante evolución y también por su Gracia... Y es que Jesucristo no podía venir con más mensajes en el "Anno Domini": la constante creación y evolución de las especies --incluido el mismo desarrollo evolutivo de la humanidad como la especie suprema en este mundo-- así como la regular y exacta expansión matemática del espacio-tiempo o la verdad de que nuestro mundo no era plano sino esférico.
Asimismo, en la época de Jesús tampoco procedía explicar el singularísimo equilibrio astrofísico del cosmos por las perfectísimas leyes que rigen la gravedad y el preciso magnetismo entre el imponderable y vastísimo guarismo de sus astros inmersos en el éter de un espacio inabarcable y en constante desarrollo creativo y en evolución... Ni tampoco era momento alguno para revelar que la Tierra no era el centro del universo, sino tan sólo un pálido punto azul escondido junto a una estrella más en un extremo de una galaxia más entre los miles de millones de galaxias que rotan sobre sí mismas y en espiral dentro de un continente galáctico que también rota a la vez que avanza, junto a otros miles de millones de continentes de galaxias, entre la incomprensión de una materia oscura en la inmensidad de todo un universo inconmensurable y en constante creación, avance y evolución...
Todas estas cosas ya escrutables, y que ahora se empiezan a vislumbrar no sin ingente cantidad de incógnitas, no sólo no hubieran sido asimiladas ni comprendidas por las mentes de aquel tiempo, sino que habrían soliviantado aun más a los escribas y sacerdotes del judaísmo --la misma religión de Jesús mas del todo adulterada y hasta tergiversada tras siglos de erradas costumbres-- sin necesidad de revelación alguna en aquel momento. Además, todas estas realidades que la humanidad comienza ahora a descubrir, y hasta de un modo empírico, le habrían restado mucha fuerza a su único y principal mensaje en aquella incipiente época de la historia en este bellísimo planeta azul: la muy repetida promesa de vida eterna a cambio de cumplir con los Diez Sagrados Mandamientos de la Ley Celestial entregados por el que Es a la tan venerada figura de Moisés o, al menos, intentarlo...
Y es que Jesús no vino en aquel momento para abrir los sentidos de la humanidad hacia la ciencia, sino para abrir los corazones hacia la Luz del único Dios de todas las cosas para alcanzar su promesa de vida eterna según el amor dispensado hacia Dios y hacia nuestro prójimo en esta vida de tránsito: los dos mandamientos de la misma Ley que recibió Moisés y que condensan todo el Decálogo.
Nuestro Redentor --según la fe del cristianismo-- bien sabía que la creación más dotada en este mundo descubriría en un momento procedente y por el don evolutivo de la inteligencia humana muchos grandes secretos ya desvelados...; mas, entonces, del todo ocultos para las mentes de aquel tiempo. Y mucho menos reveló grandes verdades aún por descubrir y que llegarán quizá --según advierten ya muchos fieles-- a poner a prueba las conciencias y el alma de la más importante creación en "este mundo": palabras éstas, las dos últimas, que Nuestro Señor Jesucristo solía utilizar con cierto y muy personal énfasis...; tal vez con algún criterio aún por revelar ante un vastísimo universo sin horizontes... Y, sobre todo, ordenadas de un modo imperecedero en su Palabra impresa en sus Santos Evangelios, todo un texto con absoluta magia al tener un carácter versátil y un contenido del todo intemporal... Y es que, defienden ya muchas fuentes de la historia, la filosofía y la teología, jamás nadie ha hablado con la elocuencia, la virtud y el más excelso talento de Nuestro Señor Jesucristo..., nadie jamás: la Palabra del que Es --aseguran-- completa un libro del todo mágico; pleno de Espíritu Santo ante toda lectura profunda, ante toda carne viva necesitada y hambrienta de auténtica Luz...
Por otra parte, y bajo la opinión y argumentación de muchos fieles cristianos, el cosmos es tan sumamente perfecto que se hace difícil pensar que su exacta sincronización y su pleno equilibrio entre las muy diversas fuerzas descritas por Isaac Newton --quizá la mente más superdotada de la historia de la humanidad, y que vino a nacer un 25 de diciembre de 1642-- en sus magnos descubrimientos desarrollados y expuestos en su constatada teoría cumbre, "Principia", no son por la obra y Gracia de un Creador...
Y ante este orden en el cosmos que la ciencia comienza a vislumbrar y caracterizado por un equilibrio del todo sublime --argumentan las mismas fuentes--, tan sólo una potencial Energía Creadora tuvo que concebir y disponer toda la materia en una singularidad para que se produjera el primer estallido sideral, el "Big-Bang" que dio lugar, ya en los primeros instantes inferiores a un segundo, a los tres primeros elementos como el hidrógeno (H), el helio (He) e incluso el litio (Li) que produjeron un tiempo --según eminentes fuentes de la astrofísica-- de miles de millones de años, con inimaginables, del todo específicas y muy necesarias explosiones de energía prístina --junto a otros elementos que surgieron como el Nitrógeno (N), el Carbono (C) y el Oxígeno (O)-- con las que nació, según estas muy sobresalientes y notorias fuentes de la ciencia, el espacio-tiempo y hasta la vida mortal... Y por qué no --añade la imaginación así como la propia fe del cristianismo-- bajo la Gracia, desde el mismo principio, de un Creador Absoluto, toda una Divinidad Omnisciente, "el Alfa y la Omega" --como en algunas ocasiones también se definió a sí mismo Nuestro Señor Jesucristo-- tras el primer momento estelar concebido por el que Es quizás desde su Reino en el Paraíso... Un Paraíso de difícil comprensión para nuestras aún limitadas conciencias mas tantas y tantas veces prometido por Jesucristo y existente antes de todos los tiempos..., antes incluso del "Big-Bang" desencadenado hace unos 13.800 millones de años; una data tras múltiples cálculos astrofísicos cuyos últimos estudios empiezan a situar su sideral irrupción en una datación al alza y aun más lejana en el espacio-tiempo hasta desembocar en la perfección de un llamado "ajuste fino", difícil de imaginar y proyectar tras miles de millones de años de tan constantes como aleatorias y siderales explosiones...
Ojalá que estas palabras y el trazo de esta crónica, impregnada de pura metafísica, puedan aportar alguna vía de luz en este día en que la cristiandad de todo el orbe celebra el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en esta sagrada fecha de Navidad del año de Gracia de 2025...; una vía de Verdadera Luz que quizá toda persona necesita. Y es que, la creencia en un Dios Salvador junto a la fuerza de la fe cristiana, al cien por cien, tan sólo puede ser carisma de santos.
⚓ -Crónica redactada y firmada por El Duende Encantado.
-En Zaragoza, a 25 de diciembre de 2025.