05/07/2026
Hoy muchos lo aplauden. Pero muy pocos conocen la historia de Julián Quiñones.
Creció en un pueblo de Colombia donde jugaba descalzo, porque en su casa no había dinero ni para unos botines.
Su mamá lo tuvo siendo apenas una niña de 13 años y, después de que su padre los dejara, fue ella quien tuvo que sacarlo adelante junto a sus hermanas.
A los 15 años, Julián llegó a una prueba en Cali. Estaba delgado, con muchas carencias, pero ese día anotó cuatro goles y alguien entendió que ahí había un talento especial.
Después en 2015, con tan solo 17 llegó a México, el país que le abrió la puerta, le dio una oportunidad y terminó convirtiéndose en su hogar. Aquí formó una familia y se naturalizó mexicano por convicción.
Colombia lo buscó, pero él decidió representar al país que lo abrazó cuando más lo necesitaba.
Hoy, con tres goles y una asistencia con nuestra Selección Mexicana, Quiñones juega cada partido como si fuera el último.
Porque detrás de cada gol no solo hay un futbolista. Hay una madre que nunca se rindi