12/09/2026
El GADU me mandó un ángel!
Hay encuentros que se programan en una agenda y otros que, por alguna razón que uno no alcanza a comprender del todo, parecen haber sido escritos mucho antes de que sucedan. Mi encuentro con el Licenciado y Doctor Juan Cruz Fernández, en Buenos Aires, Argentina, pertenece a esa segunda clase.
Llegué a Buenos Aires pensando que sería una visita más, una de esas jornadas que se incorporan a la memoria entre aeropuertos, calles, cafés y conversaciones. Sin embargo, la vida o quizá esa arquitectura invisible que algunos llamamos destino y otros Providencia, tenía preparada una circunstancia distinta.
Allí apareció Juan Cruz Fernández.
Abogado, especialista en derechos humanos, estudioso de la condición humana y masón de convicciones estoicas. Un hombre joven, de complexión delgada, casi en contraste con la dimensión de su espíritu, porque existen personas a quienes el cuerpo parece quedarles pequeño para contener todo aquello que llevan dentro.
Mi hermano Juan Cruz es una de ellas.
No hizo falta demasiado tiempo para comprender que detrás de su serenidad existía una fortaleza construida con disciplina, pensamiento y una particular manera de mirar la vida. La filosofía estoica enseña que el verdadero dominio no consiste en controlar el mundo, sino en aprender a gobernarse a uno mismo; y en él pude reconocer algo de esa antigua enseñanza.
No la repetía como una frase aprendida. La vivía.
En nuestra conversación apareció naturalmente la Masonería. No como colección de títulos, grados o ceremonias, sino como aquello que debería ser siempre: una escuela del carácter.
Porque existen hombres que llevan símbolos sobre el pecho y existen otros que terminan convirtiéndose ellos mismos en símbolo.
Mi Q:. H:. Juan Cruz me recordó que la verdadera iniciación ocurre cuando el conocimiento modifica la conducta; cuando la tolerancia deja de ser discurso y se convierte en actitud; cuando la fraternidad deja de ser palabra y se transforma en presencia.
Buenos Aires fue entonces mucho más que una ciudad, sus calles, su arquitectura, sus cafés y ese aire profundamente intelectual que todavía sobrevive en algunos rincones se convirtieron en el escenario de un encuentro que para mí tuvo algo de mágico y, me atrevería a decir, algo de divino.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida exactamente cuando deben llegar. No antes. No después. Exactamente en ese instante.
Y quizá eso fue lo que ocurrió aquellos días, dos caminos provenientes de lugares distintos terminaron cruzándose en Argentina para compartir conversación, pensamiento y fraternidad. Uno comprende entonces que la distancia geográfica puede ser enorme y, sin embargo, la distancia espiritual entre dos personas puede desaparecer en pocos minutos.
Hoy existe además una razón especial para recordar aquel encuentro: el cumpleaños de Juan Cruz Fernández.
Y más que felicitarlo, quiero agradecerle su tiempo, su conversación, su generosidad, su manera de escuchar, su permanente defensa de la dignidad humana, y especialmente, esa extraña virtud que poseen algunos seres humanos: la capacidad de hacer sentir al otro que el encuentro no fue casual.
Querido hermanito Juan Cruz:
La vida te hizo de complexión delgada, quizá porque necesitaba compensar el tamaño extraordinario del corazón que decidió colocarte dentro.
Conserva esa disciplina estoica.
Conserva tu vocación por los derechos humanos.
Conserva esa inquietud intelectual que obliga al hombre a seguir aprendiendo.
Y conserva, sobre todas las cosas, la humildad de quien comprende que el conocimiento verdadero nunca termina.
En Masonería solemos hablar de construir templos, pero con el tiempo uno descubre que los templos más importantes no están hechos de piedra, se construyen con amistad, con lealtad, con conocimiento, con juramentos y con fraternidad.
De Buenos Aires, recuerdo la certeza de haber conocido a uno de esos seres extraordinarios que llegan discretamente a nuestra vida pero terminan ocupando un lugar enorme en nuestra memoria.
Feliz cumpleaños, Lic. Juan Cruz Fernández.
Que el Gran Arquitecto del Universo ilumine siempre tu camino, fortalezca tu carácter y permita que ese corazón inmenso continúe haciendo aquello para lo que claramente fue destinado: servir, construir y dejar huella.
Porque algunas amistades nacen con los años, otras misteriosamente, parecen reconocerse desde el primer instante.