16/07/2026
16 de julio de 2026
Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre,
Y antes de la honra es el abatimiento.
Proverbios 18:12 [RV60]
Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre.
Es un viejo dicho y muy común que “los eventos por venir siempre proyectan sus sombras delante de ellos.”
El sabio nos enseña aquí que un corazón soberbio es precursor del mal. El orgullo es signo tan seguro de destrucción, como es signo de lluvia el cambio del mercurio en el barómetro: aunque el primer signo es más infalible que el segundo. Cuando los hombres se muestran soberbios, siempre los alcanza la destrucción.
Que el adolorido corazón de David nos muestre que hay un eclipse en la gloria del hombre cuando este piensa en su propia grandeza. Mira a Nabucodonosor, el poderoso edificador de Babilonia, arrastrándose por la tierra, comiendo hierba como los bueyes, “hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves.”
El orgullo hizo del fanfarrón una bestia, como en una ocasión anterior hizo de un ángel un demonio. Dios odia a los altivos: nunca deja de abatirlos. Todas las flechas de Dios están dirigidas a los corazones orgullosos.
Oh cristiano, ¿se muestra soberbio tu corazón esta noche? Porque el orgullo puede entrar en el corazón del cristiano, así como entra en el del pecador, y puede engañarlo con la ilusión de que es “rico, que se ha enriquecido, y que de ninguna cosa tiene necesidad.”
¿Te estás gloriando en tus gracias y talentos? ¿Estás orgulloso de ti mismo porque has tenido notables experiencias espirituales? Te advierto, estimado lector, hay una destrucción que viene sobre ti también.
Las pomposas flores de tu vanidad serán extirpadas de raíz; tus efímeras gracias se marchitarán con el ardiente calor; y tu suficiencia propia llegará a ser como paja para el muladar.
Si nos olvidamos de vivir al pie de la cruz en profunda humildad de espíritu, Dios no se olvidará de nos disciplinar, para nuestro propio bien. La destrucción vendrá a ti, oh creyente indebidamente exaltado: en primer lugar la destrucción de tus alegrías y tus comodidades, y si no queda más remedio, la destrucción de tu propia alma.
Por tanto, “el que se gloría, gloríese en el Señor.”