18/05/2022
Justicia (Paula Bombara)
Entre los escombros un hombre encontró una vieja máquina de escribir.
Aquel hombre llegó a mí, abrió la puerta y entró.
-Está destrozada -me dice y deposita la máquina en mi mesa.
-¿Puedo? -pregunto tímidamente.
-Adelante, no muerde.
Tenía parte de sus teclas casi en su sitio.
Otras, rotas.
Algunas faltaban.
La acaricio.
En mi mano queda el polvo de lo que ya no está.
-Es muy hermosa. ¿Usted cree que podré hacer algo?
-Todos podemos y, a la vez... -el hombre se quita los anteojos y me mira como se mira la pena.
-¿Sabe?... Me dedicaré a limpiarla.
-Eso es un comienzo.
El hombre me deja a solas con la máquina.
Con esa máquina que escribía con letras que no entiendo.
Acciono una tecla y veo temblar los engranajes.
Acciono otra y otra y otra en un frenesí que parece el de tanta gente reanimando a tanta gente.
Abrazo la máquina. No quiero llorar.
El sonido te trajo.
O, quizás, el silencio te trajo.
Con curiosidad mirás lo que oculta mi abrazo.
-Ma, te manchaste todo el pulóver -me decís sin apartar los ojos de ella.
Me paso las manos por el pecho para separar el polvo pero ya no se puede.
-Ma, ¿que tenés que hacer con esto? ¿Te dieron las piezas que faltan?
-Ya no están.
-Hay que buscarlas, ma – me decís y yo contesto que sí, que tenés razón. Hay que buscarlas.
Cuando el hombre volvió nos encontró juntos.
La máquina relucía en su belleza incompleta.
-No la reconozco -murmura él.
-No se preocupe que es la misma. Los engranajes siguen temblando.
“Yo también”, parecen decir los ojos del hombre al despedirse.
Vos y yo nos quedamos mirando su espalda.
Yo vi trescientos ochenta y cinco historias prendidas a esa espalda.
Vos viste que el hombre acunaba la máquina.
Ambos sabemos que nunca dejaremos de buscar.