26/09/2024
EL AMOR, EL TIEMPO, LA MUERTE, EL DESTINO
Cuenta la leyenda que, en el inicio de los tiempos, allá donde los seres humanos y dioses se conjugaban y todo se alineaba en el universo, existió una pareja de amantes que todo lo cambió.
Cuentan que, abrazados, estos dos se juraban amor, y sin pensarlo demasiado, comenzaron a lanzar promesas vanas, sin saber el poder de la palabra. El deseo entre ellos los había obnubilado, los había apartado de su manera de pensar, tanto que les hizo perder la noción de las palabras que decían. Fueron tantas las que se dijeron que, un día, sin pensarlo, desafiaron al tiempo.
Debido a esto, los sentimientos, alertados, decidieron también jugar un papel en esta historia, porque así pasaban las cosas en el inicio de los tiempos.
El error de desafiar al tiempo cambiaría todo para siempre. Ese fue el día en que Adam le pronuncio a Evangelina una promesa vana: "Te voy a amar eternamente".
Estas palabras enfurecieron tanto al tiempo que, sin pensarlo, comenzó a buscar venganza.
Adam y Evangelina no se habían buscado; ninguno necesitaba al otro, pero la vida tiene estas cosas: hace que dos personas se vayan vinculando, a veces desde el espanto, desde la soledad, desde la sanación de uno o ambos. Pero como haya sido el caso, el destino los había puesto en la misma vereda, chocándose al caminar, y así se vieron, se enamoraron y, una noche de verano, sin ninguna necesidad, solo impulsados por esa devoción que se profesaban, se juraron amor eterno. "Sí, amor eterno", gritaron al universo.
Resulta que, en ese tiempo, a diferencia de hoy, las palabras que se lanzaban al universo con liviandad y sin sustento para respaldar tan temeraria promesa de amor eran castigadas.
El tiempo, enfurecido al escuchar estas palabras una y otra vez, murmuraba: "¿Cómo puede un ser finito hablar de eternidad al lado mío?". Así fue como el tiempo se sintió desafiado por estos niños: "¡Que andan prometiendo eternidad cuando el amo de los minutos soy yo! Yo puedo darle eternidad a lo que yo quiera que sea eterno", repetía una y otra vez.
Así fue como, ofuscado, el tiempo buscó a su amigo, el Destino, quien fuera el creador de esta unión, para que lo ayudara a que esa promesa no se cumpliera jamás. Al encontrar a su amigo le explicó lo que acababa de pasar en esa noche de verano y la irresponsabilidad de estos dos por desafiarlo.
—Amigo, tienes que ayudarme a castigar esta ofensa, porque hoy me ofenden a mí y mañana te ofenden a ti, y así a todos —dijo el Tiempo.
El Destino, quizás el más caprichoso de todos, aceptó ayudar —a regañadientes— al Tiempo. No quería, pero un poco lo entendía. Además, no estaba en sus planes deberle nada a este. Así fue como le marcó un nuevo camino a Evangelina y otro a Adam. Esto determinó que ambos se separaran y sus vidas se distanciaran.
Como dije, el Destino no estaba tan de acuerdo con su accionar. De hecho, esta historia que él mismo había construido tenía otro final, pero su amigo necesitaba de él y no tenía fuerzas para discutir con el Tiempo. Así fue que, para no sentirse tan mal, el Destino propició que, antes de separarse, Evangelina, terriblemente conmocionada por la inminente separación de Adam, en un llanto profundo, le prometiera no olvidarlo nunca. Y él, a su vez, le prometió y hasta le juró que la buscaría vida tras vida por todo el universo, sin descanso, para volver a estar con ella.
Mientras tanto, cerca de allí, a la orilla de un río bajo la luna, el Amor miraba esta desgarradora escena y lloraba desconsoladamente.
Hasta ese momento, él no había podido interferir en este plan macabro del Tiempo y el Destino, y por esto se sintió inútil. No entendía cómo el Destino había obrado en contra de su voluntad solamente para satisfacer un falso orgullo nacido del Tiempo.
El Amor se la pasó llorando y sufriendo por ambos durante mucho tiempo, solo la Tristeza secaba sus lágrimas día tras día. Los demás sentimientos veían tal caótica escena, pero se sabían impotentes, ya que no poseían la fuerza para oponerse al Tiempo, menos aún con un amigo tan poderoso como el Destino a su lado.
Cierto día, la Muerte, penoso de observar tanto llanto del Amor, se le hizo presente y, colocándose a su lado, le dijo:
—Sé lo que pasó y por qué lloras. Yo presencié todo, sé del plan del Tiempo y el Destino. Permíteme que, por piedad hacia ti, acabe de una vez con tu sufrimiento; nadie mejor que yo sabe del dolor y la soledad.
Luego de escuchar esto, el Amor comprendió que la Muerte no solo terminará con él, sino también con ellos. Pero amaba tanto a esos niños que suplicó por la vida de ambos. Fueron tantas las súplicas y la dantesca escena que la Muerte logró conmoverse. Así fue que, acercando su mano al hombro —sin tocarlo—, le prometió que, jamás lo mataría. Pero para que esto fuera así, el Amor debería irse a vivir a un lugar donde la Muerte no pudiera llegar jamás.
El Amor, aunque más calmado, vio que lo que le pedía era algo imposible. Sintió que la Muerte le estaba haciendo una broma de mal gusto.
—¿Cómo podría yo irme a un lugar donde no me encuentres? Si tú estás en todos lados, no me mientas. Ni las flores ni los animales ni nada en el mundo puede huir de ti. ¿Cómo puedes decirme eso? ¿Dónde podría esconderme que no puedas tocarme?
La Muerte acercó su rostro, asegurándose de no tocar al Amor, y le dijo al oído:
—Escóndete en el alma.
El Amor dejó de llorar y empezó a sonreír. De esta manera, se dio cuenta de todo. La Muerte había cumplido su palabra y lo había salvado.
Fue así que, desde entonces, ni el Tiempo ni el Destino, pueden hacer algo contra el Amor. Porque la Muerte, desde ese momento, se volvió amiga del Amor y con su promesa lo salvó.
Cada vez que la Muerte llega a la Tierra a llevarse a alguien, con una sonrisa se detiene a observar cómo las almas abandonan los cuerpos físicos llevándose consigo al Amor, para buscarse vida tras vida en otros cuerpos, en otros lugares, en otros tiempos, pero sin olvidarse unos de otros.
Por esto creo que, algún día, en algún tiempo, en otro momento, volveré a verte y podremos estar juntos nuevamente.