25/09/2026
LOS TRASTOS DE SINFORÁNEA.
Por Jorge Villavicencio.
Cualquier parecido con la realidad... es pura coincidencia...
(Ahora puedes escuchar la historia en formato audiolibro: https://www.facebook.com/share/v/19VAbfpbFF/)
La primavera había llegado a Mira-Mar. El Mar de los Porongos lanzaba lentamente sus olas contra la costa, dejando en el aire un olor a algas centenarias que, empujado por la brisa, llegaba hasta la gran casona de Eustaquia. La mañana tenía esa luminosidad particular de los primeros días de primavera, cuando el sol parece querer demostrar que todavía tiene alguna autoridad sobre el clima.
Eustaquia caminaba por el jardín mientras sus manos acariciaban distraídamente las petunias, que estallaban en flores lilas, amarillas y carmín. Aquella combinación de colores le arrancaba una rara sonrisa, de esas que en Eustaquia aparecían pocas veces y generalmente cuando no había nadie mirando.
A lo lejos observó a su prima.
Sinforánea avanzaba lentamente por una pequeña bajada que conducía hacia el galpón de las herramientas, empujando una carretilla cargada de cables, aparatos y objetos de dudosa utilidad. Llevaba un rollo de cable de aluminio, varias cajas metálicas, algunos instrumentos antiguos y una cantidad de cables que parecían haber sobrevivido a varias guerras.
Eustaquia, curiosa pero con pocas ganas de demostrarlo, se protegió detrás de las hojas lanceoladas de una enorme cortadera y permaneció observándola.
La rueda de la carretilla chirriaba sobre las piedras bajo el peso de los trastos.
—¿Pero qué boludeces estará haciendo Sinforánea ahora? —murmuró Eustaquia para sí.
Sinforánea llegó finalmente al viejo galpón y empujó el portón de chapa, que produjo un chirrido largo y metálico. El lugar parecía más un refugio abandonado de la Segunda Guerra Mundial que un depósito de herramientas de una casa aristocrática.
Eustaquia esperó unos segundos. Después abandonó el jardín. Caminó con aparente indiferencia hacia el galpón, aunque aceleró el paso cuando comprobó que Sinforánea ya había comenzado a descargar sus pertenencias.
Cuando llegó a la entrada, pudo verla colocando todos aquellos objetos sobre una enorme mesa de madera. Con una precisión casi robótica, Sinforánea separaba cada componente y lo colocaba en distintas cajas. Había válvulas de vacío, transformadores, resistencias, pequeños instrumentos de medición, cables de cobre enrollados como un interminable plato de fideos y piezas cuya utilidad parecía haber desaparecido junto con el siglo en que fueron fabricadas.
Eustaquia se acercó sigilosamente. Sinforánea, que estaba de espaldas, se dio vuelta de repente y pegó un grito.
—¡Ay! ¡Eustaquia! ¡Qué susto me pegaste!
—Disculpame, prima. Pero te vi con todo este trasterío y me vine del jardín para ver qué estabas tramando.
Sinforánea la miró con una sonrisa apenas perceptible.
—Y... no creo que lo comprendas.
Mientras hablaba, tomó una vieja válvula de vacío y la colocó contra la luz. El vidrio deformaba las caras de ambas, convirtiéndolas en dos figuras extrañas y envejecidas.
—Es una idea que tengo desde hace muchos años.
Eustaquia observó el contenido de la mesa con creciente curiosidad, aunque trataba de mantener una expresión de absoluta indiferencia.
—Qué cantidad de cosas antiguas que tenés, Sinforánea...
—Sí —contestó secamente—. Son antiguas... como nosotras. Hizo una pausa. Dejó la válvula sobre la mesa y miró fijamente a su prima.
—¿Vos te acordás cuántos años tenemos?
Eustaquia miró hacia un costado. En un caballete había un enorme rollo de cable de comunicaciones perfectamente enrollado.
—Y... muchos.
—¿Cuántos?
—No sé.
—¿Cómo que no sabés?
—Vos sabés que no me gusta hablar de edades.
Sinforánea sonrió.
—Pero las edades las tenemos. Eso no lo podemos discutir.
Hizo otra pausa y agregó, con absoluta naturalidad:
—¿Serán como cuatrocientos años?
Eustaquia la miró con una expresión de fastidio.
—No exageres.
—¿Y cuál es el problema en decir nuestra edad?
—El problema es que después empezás con esas conversaciones sobre el pasado, los siglos, las cosas que vivimos y todo eso. Y yo prefiero no hablar de viejos tiempos.
Eustaquia señaló entonces la mesa. —Lo que sí me interesa saber es qué hacés con todas estas cosas viejas, en vez de conseguirte un trabajo un poco más productivo.
Sinforánea dejó de ordenar los cables y la miró con cierta melancolía.
—¿Pero qué trabajo querés que consiga en este pueblo?
—Y... escuché que van a licitar un quincho en la playa para el verano. ¿Por qué no te presentás y ponés una pizzería o un bar?
Sinforánea soltó una carcajada.
—¡Jajaja! Pero Eustaquia. ¿Por qué siempre me quieres de cocinera?. No me hagas gastar mi tiempo en armar carpetas, juntar papeles, conseguir firmas y llenar formularios con tinta y números. Dejame con mis trastos.
Eustaquia quedó pensativa unos segundos. Después movió la cabeza con esa expresión de niña traviesa que aparecía cada vez que se le ocurría una idea.
—Es que me gustaría ir a la playa a comer tus pizzas y tomar una buena ce***za mirando el mar. Sonrió.
—Hasta me había imaginado el nombre para tu emprendimiento.
Sinforánea levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y cómo sería?
Eustaquia respondió con solemnidad:
— “Anduma La Mar”.
Sinforánea quedó pensativa.
—¿No existe ese nombre ya? Porque me suena...
—No sé. Pero queda distinguido.
—No te ilusiones. No me voy a presentar a ninguna licitación.
Sinforánea volvió a mirar sus aparatos.
—Aunque el nombre no está mal.
—¿Viste? —dijo Eustaquia satisfecha—. Hasta para eso sirvo. Durante unos segundos las dos quedaron en silencio. Afuera, una ráfaga de viento movió las ramas de los árboles y algunas hojas secas entraron por debajo del portón. Eustaquia volvió a mirar la mesa.
—Pero decime una cosa... ¿qué locura estás haciendo con todo este cablerío?
Sinforánea suspiró. Levantó lentamente la vista y luego volvió a mirar a su prima. Parecía estar evaluando cuánto podía contarle.
—Bueno... veo que vos pasás demasiado tiempo entre tus flores y tus libros.
—No veo qué tiene de malo.
—Nada. El problema es que mientras vos estás entretenida con tus cosas, algo está pasando afuera de esta casa.
Eustaquia frunció el ceño.
—¿Qué querés decir?
Sinforánea tomó uno de los cables y comenzó a enrollarlo cuidadosamente.
—Vos te habrás dado cuenta de que María Magdalena, tu amiga, sigue mostrando las nubes y diciendo que va a pasar algo pronto.
—Sí.
—Y vos... tan campante. Como si nada.
Eustaquia cruzó los brazos.
—Porque no voy a empezar a preocuparme cada vez que Magdalena mira una nube. Contestó Eustaquia.
—Y también la Silvia de “Sea from Plate” viene seguido advirtiendo sobre señales y visitantes.
—¡Ay, por favor! ¡No creerás todas esas boludeces!. Gritó Eustaquia.
—Yo te aviso, y no es amenzada. Dijo Sinforánea dejando el cable sobre la mesa diciendo.
La expresión de Eustaquia cambió ligeramente. Por primera vez dejó de mirar los trastos como si fueran una colección de antigüedades inútiles y comenzó a observarlos como si pudieran tener alguna relación con aquello que su prima estaba insinuando.
—Pero... no pensarás que todas esas habladurías tienen algún asidero en la realidad. Dijo Estuaquia.
Sinforánea la miró con una mezcla de paciencia y fastidio.
—¿Y si es verdad?
Eustaquia no contestó.
—¿Vos qué pensás hacer cuando te quedes sin electricidad, sin teléfono y sin radio?
Eustaquia abrió la boca para responder, pero Sinforánea levantó una mano y continuó:
—Porque una cosa es quedarse sin, luz o internet durante tres horas y otra muy distinta es quedarse sin nada. Hizo una pausa. Después se acercó un poco más a su prima y bajó la voz.
—¿Por qué creés que hay tantos millonarios que se están yendo a la tierra de Los Paturuzú para comprar campos y armar bunkers?
Eustaquia permaneció inmóvil. Durante unos segundos solamente se escuchó el viento golpeando la chapa del viejo galpón.
—¿Bunkers? —preguntó finalmente.
—Sí.
—¿Y para qué?
Sinforánea no respondió. Se limitó a tomar una vieja pieza metálica, observarla durante unos segundos y colocarla nuevamente dentro de una caja.
Eustaquia la miró fijamente.
—¿Vos sabés algo que yo no sé?
Sinforánea sonrió apenas y no contestó.
Eustaquia volvió a mirar la mesa. Los cables, las válvulas, los instrumentos antiguos y aquellas misteriosas cajas parecían ahora tener un significado diferente. Pero, como siempre ocurría cuando no encontraba una respuesta, decidió cambiar de estrategia.
—Bueno... decime de una vez. Se acercó a la mesa y señaló todo aquel extraño arsenal.
—¿Vos qué estás haciendo con todos estos trastos?
Sinforánea la miró. Esta vez no sonrió. Afuera, una nueva ráfaga de viento hizo vibrar el viejo portón de chapa.
—Eso, prima... todavía no te lo puedo contar.
Eustaquia abrió los ojos.
—¿Cómo que todavía?
Sinforánea tomó una de las cajas, la cerró con cuidado y guardó la llave en el bolsillo de su vestido.
—Porque primero tengo que terminarlo.
Eustaquia quedó mirándola en silencio. Y por primera vez desde que había entrado al galpón, dejó de pensar que aquellos eran simplemente los trastos viejos de Sinforánea.
Esta historia continuará...