03/02/2020
La utilización del Gas Natural Comprimido es algo muy característico del mundo vehicular argentino desde su aparición a fines de 1984.
En poco tiempo tuvo un crecimiento enorme y de hecho, con Argentina a la cabeza, Latinoamérica es la segunda región del mundo con más autos impulsados a GNC, solo superada por Asia-Pacífico. Incluso hace algunas semanas el ex Secretario de Energía de la Nación, Javier Iguacel, hizo pública su recomendación de la conversión al GNC, al ser mejor para el medio ambiente y amparándose en los proyectos para explotación de gas que se vislumbran en el futuro de la Argentina.
Más allá de esto, el punto que realmente interesa a cualquier usuario en épocas de vacas flacas y en el cuál el GNC saca una ventaja que lo hace ser protagonista en nuestro país es “la billetera”: a principios de siglo, entre todos los sacudones económicos, el parque de autos impulsados a GNC pasó de 600.000 a más de un millón en tres años.
La nafta, una de las “vedettes” de la suba de precios, aumentó más de un 70 por ciento en el 2018, siendo este incremento muy superior a la inflación e impactada por la devaluación de este año, el GNC también subió de precios pero no llega a ese 70 por ciento y su precio es significativamente menor a los combustibles líquidos.
En este contexto inflacionario, cada vez son más los usuarios que se deciden por el camino de la conversión y realizan la inversión que representa el tubo y su instalación pensando en el ahorro a futuro.
Estadísticas del Ente Nacional Regulador de Gas (noviembre de 2018) informan que en Argentina hay 1.654.363 vehículos habilitados con GNC, cifra mayor a 100.000 más de los que había hace exactamente cinco años, y tras un período de casi dos años en el que la actividad estuvo algo caída, en el segundo semestre de 2018 las conversiones volvieron a un ritmo registrado de más de 13.000 por mes.
¿“Eco-friendly” o no?
Otro punto positivo del Gas Natural Comprimido es que contribuye con el medioambiente al ser el metano (que compone al GNC en un 90 por ciento) mucho menos reactivo que la nafta o el gasoil.
Además, también ayuda a mantener limpio el aire de la ciudad, al no producir “smog” ni tener un componente tóxico como el benceno, elemento del diésel y la gasolina. Por ejemplo, un motor naftero durante cien kilómetros emite 22 kilogramos de dióxido de carbono, mientras que al cubrir la misma distancia en GNC solo emite 16,3 kilogramos.
Costos y tecnología
Para un automóvil moderno, los precios de los equipos de quinta generación parten desde los 36.000 pesos en tubos de 40 litros. Dentro de los costos también hay que tener en cuenta la renovación anual de la oblea, que es obligatoria llevar en el parabrisas.
Mientras que los vehículos del segmento B, de los más populares en nuestro país, promedian un consumo urbano (para ser generosos) de 10 litros cada cien kilómetros, que supone un costo de unos 400 pesos aproximadamente, para recorrer la misma distancia a GNC se requieren unos 10 metros cúbicos, que a un costo de poco más de 16 pesos por metro cúbico implica cerca de 160 pesos para recorrer 100 kilómetros, un alivio para el bolsillo que es cercano al 120 por ciento de ahorro.
Con los equipos de quinta generación, de inyección de combustible secuencial que imitan al original del vehículo naftero, el funcionamiento es igual ya que es controlado por la computadora original del auto y el regulador entrega gas a alta presión que es inyectado a cada cilindro de forma secuencial. Además, los equipos más modernos presentan un mejor rendimiento que extiende un poco más la autonomía respecto a sus antecesores.
La conclusión es que el GNC es una alternativa más que viable en nuestro país, sin dudas recomendable para quiénes hacen un uso diario de su vehículo por el ahorro que les representará y también porque la evolución de las tecnologías hace que el automóvil no se vea impactado por la conversión si todo se realiza de forma correcta y hay un mantenimiento adecuado.