25/04/2026
Cuando algo te mueve de verdad, no siempre viene a destruirte.
A veces sólo entra como una vibración rara en el sistema, corre una pieza mínima, cambia la luz del cuarto y te obliga a mirar eso que vos llamabas “mi eje” como si fuera una casa terminada.
Y no.
A veces era casa.
A veces era defensa.
A veces era las dos cosas al mismo tiempo, porque la vida tiene esa manía desagradable de no venir separada por carpetitas prolijas. Porquerías de la vida.
No todo lo que altera una forma viene a romperla.
A veces algo roza el borde de una estructura y deja ver si estaba viva, rígida o apenas sostenida por costumbre.
A veces una estructura necesita vibrar un poco para saber de qué está hecha.
Quizás lo difícil sea eso: permitir el impacto sin convertirlo en amenaza total. Dejar que algo mueva una parte, sin que por eso todo el sistema pierda su centro.
Porque no todo lo que desordena viene a romper.
A veces viene a mostrar qué parte de tu estructura está viva todavía.
Y qué parte sólo estaba intentando garantizar una tranquilidad que nunca dependió del todo de vos.