25/03/2026
Hubo un tiempo en que Ancud guardaba silencio… y no era por ausencia, sino por respeto.
Para comprender los días de Semana Santa en Ancud y sus alrededores, no bastaba con atender a lo que ocurría en los templos. Existía en estas tierras una forma particular de vivir la fe, nacida del encuentro entre las antiguas misiones introducidas en el siglo XVII y las prácticas propias de sus habitantes, donde lo religioso se entrelazaba con la vida comunitaria.
En muchos sectores del archipiélago, la presencia de sacerdotes había sido escasa. Las llamadas misiones circulares recorrían las islas de manera esporádica, dejando en manos de la comunidad la continuidad de la vida religiosa. Así surgía la figura del fiscal: vecino respetado, encargado de custodiar las llaves del templo, dirigir los rezos y sostener las celebraciones.
Durante estos días, su rol adquiría especial relevancia. En localidades cercanas como Guabún, Puñihuil o Caulín, era el propio fiscal quien guiaba el llamado Canto de la Pasión, relato transmitido por generaciones, en el cual se narraban los episodios del calvario con giros propios del habla chilota.
En la ciudad de Ancud, en tanto, las ceremonias se desarrollaban con mayor formalidad. Desde la instalación del obispado en el siglo XIX, las celebraciones en la catedral congregaban a fieles y autoridades, dando a estos días un carácter más ordenado y público.
Particular importancia revestía el rito del descendimiento. Una imagen de Cristo, tallada en madera y provista de brazos articulados, era bajada lentamente de la cruz ante el silencio de los asistentes. Este acto, heredado de antiguas prácticas de evangelización, permitía comprender el relato más allá de las palabras, en una forma accesible a todos.
En los días previos al Viernes Santo, el movimiento se concentraba en el borde costero. Familias completas descendían hacia playas y roqueríos, aprovechando la marea baja para recolectar mariscos. Aquella labor, realizada con calma y conocimiento del entorno, permitía abastecer los hogares durante las jornadas de vigilia.
En las casas, la cocina también se transformaba. Se dejaba de lado la carne, siendo reemplazada por productos del mar acompañados de papas, milcaos y chapaleles. No se trataba de una novedad, sino de una práctica arraigada, sostenida en el tiempo como parte de la observancia de estos días.
Llegado el Viernes Santo, la ciudad entraba en una pausa evidente. Disminuía el tránsito, las voces se hacían más bajas y muchas labores eran suspendidas. No mediaba orden escrita: el respeto era compartido y se manifestaba en cada gesto.
Las procesiones recorrían distintos sectores. En áreas rurales y costeras, el Vía Crucis se extendía por senderos, playas y caminos de tierra. Las estaciones eran dispuestas en casas de vecinos, adornadas con ramas de arrayán y flores del entorno, integrando el paisaje a la práctica devocional.
No todas estas expresiones tenían igual forma en el territorio. En sectores como Pudeto, ligados al trabajo del mar y la ribera, las procesiones se desarrollaban en condiciones más precarias, entre barro y viviendas levantadas junto al agua, reflejando una religiosidad más cercana a la vida del trabajador.
En Chacao, uno de los asentamientos más antiguos del archipiélago, la celebración se distinguía por su austeridad. Antiguamente, incluso las labores de la tierra eran suspendidas, en señal de luto.
En Quetalmahue, la relación con el mar se hacía aún más evidente. Las familias recolectaban mariscos para los días de vigilia, participando también en la preparación de alimentos y en el mantenimiento de los espacios comunitarios, en una práctica donde cada cual contribuía según sus posibilidades.
La música acompañaba estas jornadas. Las llamadas “Pasiones”, entonadas por cantoras, relataban en verso los últimos momentos de Cristo, sostenidas por la memoria oral. En los templos, las campanas guardaban silencio, siendo reemplazadas por matracas de madera, cuyo sonido seco marcaba el transcurso de las ceremonias.
Sin embargo, estas tradiciones no permanecían ajenas a los cambios y pérdidas. La ciudad había visto desaparecer templos y espacios significativos, como ocurrió tras el Terremoto de Valdivia de 1960, que afectó gravemente las edificaciones religiosas, incluyendo la antigua catedral.
Más recientemente, el incendio que en 2020 consumió la Iglesia San Francisco —reconocida como Monumento Histórico— significó la pérdida de uno de los principales espacios de reunión para estas celebraciones.
A pesar de ello, la Semana Santa continuaba celebrándose. Cambiaban los lugares, se adaptaban las formas, pero persistían las prácticas, sostenidas por la comunidad.
Porque en Ancud, más allá de los templos, estos días no solo recordaban un hecho religioso: daban cuenta de una manera de vivir, donde el tiempo se detenía, el mar proveía, y la memoria encontraba su forma de permanecer.
📚 Fuentes y referencias
Archivos del Obispado de Ancud (desde 1840)
Registros históricos de misiones circulares jesuíticas en Chiloé (siglos XVII–XVIII)
Estudios de religiosidad chilota de Renato Cárdenas
Investigaciones del Museo Regional de Ancud
Antecedentes del Terremoto de Valdivia de 1960
Consejo de Monumentos Nacionales (declaratoria e incendio Iglesia San Francisco, 2016–2020)