13/07/2025
Chile es un país donde el narcotráfico siempre ha estado presente, tanto en las páginas de crónicas policiales como en los distintos medios de comunicación tradicionales y no tradicionales. Sin embargo, hoy en día ha contaminado a dos de las principales instituciones armadas del país. La revelación de que miembros del Ejército y la Fuerza Aérea están implicados en actividades del crimen organizado y asociación ilícita representa no solo una tragedia institucional, sino también una abierta traición a la patria.
Las Fuerzas Armadas, históricamente vistas como el mayor símbolo de soberanía y disciplina del país, hoy aparecen en los titulares no por su trabajo en la defensa nacional, sino por su complicidad con el estado de violencia que los ciudadanos estamos viviendo en el día a día.
Los detalles del caso son realmente alarmantes: personal militar, con acceso privilegiado a rutas, aeronaves y sistemas de inteligencia, utilizados para facilitar el transporte de dr**as. Esto no es un simple “caso aislado”, como a veces se intenta presentar. Estamos ante una señal clara y concisa de que el crimen organizado ha logrado penetrar estructuras que, en teoría, deberían regirse por principios de honor y lealtad a la patria y sus ciudadanos.
Pero la gravedad del hecho no radica únicamente en el acto delictivo como tal. Lo verdaderamente inquietante y preocupante es el mensaje que transmite a la ciudadanía. Si las instituciones responsables de protegernos y de defender el Estado de Derecho son vulnerables o incluso cómplices, ¿en quién se puede confiar? Otorgamos a estas instituciones un poder extraordinario para resguardar nuestras fronteras, impulsados por la urgencia de la situación que se está viviendo. Sin embargo, esa confianza ha resultado en una realidad aún más frágil y nuestra frontera más vulnerable.
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