18/05/2026
El pool de Pablito
Los recuerdos de la infancia tienen el ritmo de las bolas de billar chocando sobre el paño verde. Para quienes crecimos recorriendo la calle 4, esa misma que serpentea buscando la piedra del virgo y el raspaculo, hablar de la esquina al lado de la escuela de niños es evocar, de inmediato, la figura de Pablito.
Pablito era un hombre de silencios . Hablaba lo necesario, cargando siempre ese bigote hitleriano tan suyo y un pelo liso y rebelde de esos que solo se doblegan si se les echa un buen chorro de aceite. Se decía que tenía una finca en el campo, pero su verdadero reino estaba allí, en esa casa de la calle de la Y, donde el olor a madera de su oficio de carpintero se mezclaba con la complicidad de la juventud.
En los años 80 y 90, entrar a un salón de billar siendo menor de quince años era una travesía prohibida, casi un pecado para las autoridades. Pero Pablito desafiaba la norma con una sonrisa silenciosa. Nos abría las puertas de su pool, cobrándonos los benditos cinco pesos por mesa. El juego tenía su propia magia y sus mañas: cada vez que lográbamos embocar una bola, esta se quedaba trancada al final de la canal, deteniendo el tiempo hasta la siguiente jugada.
La verdadera adrenalina, sin embargo, no estaba en el taco ni en las carambolas, sino en el oído agudo de Pablito. Cuando "los verdes" asomaban el uniforme por la casa del barrio Pantanos, Pablito soltaba el silbido de alerta. Era la música que activaba nuestra huida: en un segundo, la mesa quedaba vacía y nosotros corríamos en desbandada, cruzando el solar como fantasmas perseguidos por el viento, con el corazon como si se nos fuera a salir.
Después de los 90, los caminos se bifurcaron y el rastro de Pablito se diluyó en la distancia. Hoy, la noticia de su partida en Medellín, rozando los 98 años de vida, ha venido a desempolvar la memoria. Se ha ido el carpintero, el cómplice de los escapes, el guardián de una infancia que valía cinco pesos la hora. Nos queda el eco de su silbido en el solar y la certeza de que, en alguna calle del recuerdo, las bolas trancadas en la canal por fin han vuelto a rodar.