25/05/2026
II En Colombia se volvió costumbre confundir la estridencia con liderazgo. Mientras más fuerte grita un personaje, más preparado parece ante una parte de la opinión pública. Y ahí precisamente encaja Abelardo de la Espriella: un hombre que domina el espectáculo mediático, pero cuya improvisada aspiración presidencial deja más dudas que certezas cuando se habla de economía, industria y futuro nacional.
De la Espriella ha construido una figura pública basada en el impacto emocional, el discurso incendiario y la teatralidad permanente. Su imagen cambia según el público y el momento político. Un día aparece como defensor de las élites empresariales; al siguiente, intenta conectarse con símbolos populares y discursos patrióticos. Pasó del ateísmo al evangelismo público, de la ostentación al discurso de austeridad, del abogado mediático al supuesto salvador nacional. Más que coherencia ideológica, lo que se percibe es una estrategia de marketing político diseñada para capturar atención.
Y ese es justamente el problema: Colombia no necesita un personaje en campaña eterna. Necesita un estadista.
Porque una cosa es ser un abogado reconocido y otra muy distinta dirigir una economía compleja como la colombiana. Gobernar un país no se resuelve con frases virales, discursos de TikTok o apariciones televisivas cargadas de dramatismo. Requiere conocimiento profundo sobre producción, empleo, industria, comercio exterior, tecnología, infraestructura y desarrollo económico.
Ahí es donde la propuesta de De la Espriella empieza a hacer agua.
Su visión económica parece sacada de un manual libertario extremo donde el Estado prácticamente desaparece y el mercado queda funcionando sin controles ni dirección estratégica. En teoría suena provocador; en la práctica, resulta peligroso para un país como Colombia, históricamente golpeado por la desigualdad, la dependencia extractiva y la débil capacidad industrial.
La idea de separar absolutamente el Estado del mercado no solo es inviable: ni siquiera las grandes potencias funcionan así. Estados Unidos protege sectores estratégicos. China impulsa su industria con intervención estatal masiva. Europa subsidia producción, tecnología y transición energética. Los países desarrollados entendieron hace décadas que la industria no crece sola.
El economista Dani Rodrik lo ha explicado claramente: ningún país se desarrolló sin política industrial.
Y Colombia apenas empieza a recuperar terreno después de años de desindustrialización silenciosa. Hoy el país tiene cerca de tres millones de empleos industriales, y durante el actual gobierno se han creado aproximadamente 140 mil nuevos puestos en ese sector. Eso significa más consumo, más ingresos para los hogares y menos pobreza. Significa producción real.
Porque la industria no es un lujo ideológico. Es la base del desarrollo moderno.
Un país que solo exporta materias primas termina atrapado en la dependencia económica. Petróleo, carbón y minerales generan ingresos, sí, pero no construyen cadenas productivas sólidas ni desarrollan capacidades tecnológicas sostenibles. La riqueza duradera se crea transformando conocimiento, materiales y trabajo en productos con valor agregado.
Eso fue lo que hicieron las economías más poderosas del planeta.
Por eso preocupa que el discurso económico de De la Espriella parezca empujar nuevamente a Colombia hacia el extractivismo puro y duro, mientras revive recetas económicas que ya fracasaron entre 2007 y 2016: apertura indiscriminada, tratados de libre comercio sin protección industrial, reformas tributarias regresivas y políticas diseñadas más para especuladores e importadores que para productores nacionales.
El resultado de esas fórmulas ya se conoce: cierre de empresas, pérdida de capacidad productiva, dependencia de importaciones y debilitamiento del mercado interno. Lo más inquietante es que detrás de la narrativa “moderna” y “libertaria” realmente no aparece una propuesta seria de industrialización, innovación o desarrollo científico.
No hay una hoja de ruta clara para fortalecer manufactura, tecnología, agroindustria o transición energética. El discurso económico termina reducido a consignas de mercado y ataques ideológicos, pero sin profundidad técnica.
Y eso debería preocupar especialmente al empresariado real: al que produce, genera empleo y mueve la economía todos los días. Porque una economía basada únicamente en importaciones, especulación financiera y exportación de recursos naturales termina debilitando precisamente a quienes sostienen el aparato productivo nacional.
La popularidad digital no reemplaza la preparación. Y el carisma no sustituye el conocimiento económico.El fenómeno De la Espriella también refleja una crisis más profunda de la sociedad colombiana: la facilidad con la que el espectáculo desplaza al debate serio. Hoy muchos votantes terminan seducidos por personajes que dominan las emociones, aunque sus propuestas carezcan de estructura o coherencia.
La política convertida en performance puede ser rentable electoralmente, pero extremadamente costosa para un país. Porque mientras otros países discuten inteligencia artificial, industria tecnológica, innovación energética y soberanía productiva, en Colombia todavía aparecen líderes vendiendo recetas económicas recicladas que ya demostraron sus límites.
El riesgo no es solamente elegir un mal presidente. El verdadero peligro es retroceder décadas en materia productiva mientras el mundo avanza hacia economías basadas en conocimiento, industria y tecnología.
Colombia necesita liderazgo serio, visión económica moderna y capacidad técnica. No una campaña permanente construida sobre la improvisación, el espectáculo y las contradicciones.