26/09/2026
LA ONU ANTE EL ESPEJO: ENTRE LA PAZ QUE SE PROCLAMA Y EL PODER QUE SE IMPONE 🏛️🌎
Trump, Lula, Macron, Netanyahu, Pezeshkian y Abinader frente a un multilateralismo que busca recuperar autoridad en un mundo cada vez más fragmentado.
Hay momentos en que una institución no necesita que alguien anuncie su crisis. Basta observar quiénes hablan, qué dicen y, sobre todo, cuánto de lo que se proclama desde su tribuna consigue transformarse en realidad.
La 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas ofrece precisamente esa imagen.
La ONU continúa siendo el gran escenario diplomático del mundo. Allí se encuentran presidentes, primeros ministros, cancilleres y representantes de prácticamente todas las naciones. Pero mientras sus discursos reivindican la paz, la cooperación y el derecho internacional, el mundo exterior continúa funcionando bajo otra lógica: poder, intereses nacionales, amenazas, sanciones, alianzas militares y capacidad de presión.
La paradoja es evidente.
La organización creada para ayudar a evitar las guerras parece cada vez más limitada frente a quienes tienen capacidad para iniciarlas, prolongarlas o condicionarlas.
No necesariamente porque la ONU haya dejado de ser necesaria. Quizá precisamente porque el mundo necesita hoy más que nunca una institución capaz de recuperar autoridad, credibilidad y capacidad de negociación.
✅TRUMP: LA PAZ DESDE LA FUERZA
El discurso de Donald Trump fue uno de los más esperados y también uno de los que mejor expuso la transformación del concepto de liderazgo internacional.
Trump no se presentó como un presidente que simplemente desea la paz. Se presentó como alguien que afirma haberla conseguido mediante el ejercicio del poder.
Su mensaje fue explícito: mientras otros hablaron, él actuó; mientras otros hablaron de paz, él afirmó haber hecho la paz; y mientras otros ignoraron amenazas, él aseguró haberlas enfrentado. También atribuyó a su administración un papel decisivo en distintos procesos de negociación y cese de hostilidades y sostuvo que su método combina relaciones personales, comercio, aranceles y, cuando considera necesario, la fuerza. (Roll Call)
Ese es probablemente el elemento más interesante de su discurso.
Trump está intentando construir una narrativa sobre sí mismo: la del líder que utiliza el poder para producir paz.
Pero esa construcción contiene una tensión que no puede ignorarse.
El mismo presidente que reivindica haber solucionado conflictos mediante la negociación amenazó públicamente a Irán con consecuencias extremas si no se alcanzaba un acuerdo sobre su programa nuclear y otras condiciones. Al mismo tiempo, defendió las acciones militares estadounidenses y la utilización de la fuerza como instrumento de política exterior. (AP News)
Por eso, más que un discurso pacifista en el sentido tradicional, fue un discurso de paz mediante la fuerza y la capacidad de presión.
Y allí aparece una diferencia fundamental.
Trump no propone retirar a Estados Unidos del mundo. Propone exactamente lo contrario: un Estados Unidos consciente de su poder y dispuesto a utilizarlo para defender sus intereses.
Es una concepción pragmática de las relaciones internacionales.
Puede generar acuerdos. Puede generar temor. Puede generar negociación.
Y puede generar varias de esas cosas al mismo tiempo.
✅EL PODER COMO INSTRUMENTO DE NEGOCIACIÓN
Aquí aparece quizá una de las características más interesantes del liderazgo de Trump.
Su política exterior no parece plantear una oposición entre diplomacia y fuerza.
Las utiliza como instrumentos complementarios.
La amenaza puede abrir una negociación. El arancel puede convertirse en una herramienta diplomática. La presencia militar puede crear condiciones para una conversación. Y una relación personal entre líderes puede ser presentada como un mecanismo para destrabar conflictos.
No es la diplomacia clásica.
Es una diplomacia de presión.
Trump atribuyó también a su administración un papel en procesos relacionados con Camboya y Tailandia, Serbia y Kosovo, República Democrática del Congo y Ruanda, India y Pakistán, Armenia y Azerbaiyán, además de Gaza. Más allá de cuánto corresponda atribuir a Washington en cada uno de esos procesos, el dato relevante para este análisis es que Trump presentó a Estados Unidos como un actor indispensable para intervenir, negociar y presionar en los conflictos internacionales. (Roll Call)
Y ese reposicionamiento tiene una lógica de poder.
✅LULA: EL MULTILATERALISMO COMO CONTRAPESO
Luiz Inácio Lula da Silva planteó una narrativa diferente.
Brasil aparece como una potencia regional que busca preservar soberanía, defender el multilateralismo y cuestionar la intervención de las grandes potencias.
Lula sostuvo que el sistema multilateral atraviesa un período crítico y reclamó que la ONU vuelva a ocupar un espacio central en la construcción de la paz. En su intervención también advirtió contra cualquier interferencia extranjera en el proceso político brasileño y defendió la soberanía nacional. (Reuters)
Allí encontramos otra forma de liderazgo.
Mientras Trump reivindica la capacidad de una gran potencia para intervenir y negociar desde la fuerza, Lula reivindica la autonomía de una potencia emergente que busca que ninguna otra nación determine su destino.
Son dos concepciones diferentes del orden internacional.
Una habla desde el poder dominante.
La otra habla desde el equilibrio de poderes.
✅MACRON Y LA DEFENSA DEL MULTILATERALISMO
Emmanuel Macron llegó a esta Asamblea con una preocupación similar, aunque desde una posición europea.
Francia ha insistido en la necesidad de una respuesta multilateral frente a las grandes crisis, particularmente Ucrania y Oriente Medio. Pero el mensaje de Macron fue más amplio: advirtió contra una lenta división del mundo y contra la concentración del poder en manos de unos pocos.
Su planteamiento fue especialmente significativo porque no se limitó a defender la existencia de las Naciones Unidas. Defendió la necesidad de hacer que el multilateralismo vuelva a producir resultados, a través de la unidad, la justicia y la cooperación. También reivindicó la necesidad de mantener la capacidad de acción de la organización frente a lo que calificó como abusos de poder. (Élysée)
En ese punto, Macron introduce una tercera dimensión.
Trump coloca el poder en el centro de la negociación.
Lula coloca la soberanía y el equilibrio como contrapeso.
Macron intenta recuperar el multilateralismo como instrumento para limitar la concentración del poder.
La escena resulta simbólica.
Estados Unidos, Europa, Brasil, Israel e Irán utilizan la misma tribuna, pero no hablan necesariamente del mismo orden mundial.
Cada uno lleva consigo su propia interpretación de la justicia, la seguridad, la soberanía y la paz.
✅ISRAEL E IRÁN: DOS RELATOS QUE NO ENCUENTRAN PUNTO DE ENCUENTRO
Quizá ningún otro episodio refleja mejor la dificultad del sistema internacional para construir una narrativa común que el enfrentamiento entre Israel e Irán.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, defendió ante la Asamblea las acciones militares de Israel y presentó su posición desde la perspectiva de la seguridad y la defensa israelí. (Reuters / Naciones Unidas)
Al día siguiente, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, respondió desde la misma tribuna.
Irán se presentó como víctima de terrorismo y rechazó someterse a la presión militar o económica. Al mismo tiempo, Pezeshkian dejó abierta la puerta a la negociación y sostuvo que su país estaba dispuesto al diálogo y la diplomacia, pero sin aceptar un lenguaje basado en la fuerza. (PBS)
Dos discursos.
Dos memorias.
Dos concepciones de seguridad.
Y dos gobiernos que presentan sus respectivas acciones como respuestas defensivas frente a amenazas que consideran fundamentales.
El problema aparece cuando cada actor considera que su propia acción constituye defensa y la del adversario constituye agresión.
La negociación se vuelve entonces extraordinariamente difícil.
Ahí es donde la comunidad internacional debería desempeñar su papel.
Y ahí es precisamente donde aparece la gran pregunta sobre la ONU.
✅ABINADER: LA VOZ DE LOS PAÍSES QUE PAGAN LAS CONSECUENCIAS
En medio de los grandes discursos de las potencias, la intervención de Luis Abinader introduce otra dimensión.
La República Dominicana no tiene el poder militar de Estados Unidos ni la influencia geopolítica de las grandes potencias.
Pero sí tiene algo que muchos países comparten: vulnerabilidad frente a decisiones tomadas lejos de sus fronteras.
Abinader llevó a la Asamblea la preocupación por las consecuencias económicas que los conflictos internacionales tienen sobre países como República Dominicana, particularmente a través de los precios de la energía, los alimentos y otros efectos sobre sus economías. (Naciones Unidas)
Su argumento representa una realidad que trasciende a República Dominicana.
Los países pequeños y medianos no necesariamente participan en las decisiones que provocan las grandes crisis, pero muchas veces sí pagan una parte de sus consecuencias.
Inflación.
Combustibles.
Alimentos.
Turismo.
Comercio.
Inversión.
Estabilidad social.
La guerra de los grandes también tiene un costo para los pequeños.
Y esa debería ser una de las razones por las cuales el multilateralismo importa.
✅UNA ONU QUE NECESITA RECUPERAR AUTORIDAD
Aquí llegamos al punto central.
¿La ONU se ha convertido en cómplice de los conflictos?
No utilizaría esa expresión.
Tampoco hablaría simplemente de una institución complaciente.
El problema parece ser más profundo:
la ONU enfrenta una dificultad para transformar el consenso diplomático en resultados políticos.
Los líderes llegan, hablan, denuncian, amenazan, defienden sus posiciones y regresan a sus países.
Mientras tanto, las guerras continúan.
Y la población civil continúa pagando las consecuencias.
El secretario general António Guterres ha advertido sobre un escenario internacional marcado por conflictos, vulneraciones de derechos humanos, debilitamiento del derecho internacional y profundas divisiones geopolíticas. En su discurso ante la Asamblea sostuvo que uno de los grandes desafíos del siglo XXI es conseguir que el poder sea contenido por el derecho y que la fuerza no sea el árbitro final. (Naciones Unidas)
La pregunta ya no debería ser solamente si la ONU tiene razón.
La pregunta es cuánto puede hacer.
Porque una institución internacional puede tener legitimidad jurídica y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades para convertir esa legitimidad en autoridad efectiva y resultados.
Y esa diferencia puede convertirse en uno de sus mayores desafíos.
✅EL PODER TAMBIÉN NECESITA CARÁCTER Y LIDERAZGO
Pero existe otra dimensión que pocas veces aparece en los análisis institucionales y que resulta fundamental: el carácter de quienes ejercen el liderazgo.
Una organización puede tener excelentes normas, profesionales altamente capacitados, conocimiento técnico y estructuras institucionales sofisticadas. Todo eso es necesario.
Pero no siempre es suficiente.
Las instituciones también necesitan liderazgo.
Necesitan personas capaces de interpretar el momento histórico, tomar decisiones, asumir costos, defender principios, negociar cuando sea necesario y ejercer autoridad cuando las circunstancias lo exijan.
No se trata de confundir liderazgo con agresividad.
Tampoco de confundir carácter con autoritarismo.
El liderazgo institucional debería combinar firmeza con prudencia, personalidad con sentido común, autoridad con respeto y capacidad de presión con responsabilidad.
Ese equilibrio resulta particularmente importante en una organización como las Naciones Unidas, donde el poder no puede depender únicamente de la fuerza militar o económica.
También existe un poder institucional.
Y ese poder necesita ser ejercido.
La renovación generacional también importa. No porque la experiencia pierda valor, sino porque toda institución necesita incorporar nuevas perspectivas, nuevas capacidades y nuevas formas de entender un mundo que cambia a una velocidad que muchas estructuras burocráticas no siempre consiguen acompañar.
En la política internacional contemporánea se puede observar, por ejemplo, la convivencia entre liderazgos de distintas generaciones. Donald Trump representa una generación política con una personalidad y un estilo muy definidos, mientras Marco Rubio, como secretario de Estado, representa una generación distinta dentro de la misma administración y ocupa un papel central en la conducción de su política exterior. (Casa Blanca)
La experiencia y la renovación no deberían competir.
Deberían complementarse.
Y ese puede ser uno de los desafíos de las grandes instituciones internacionales: encontrar liderazgos capaces de combinar conocimiento, experiencia y estructura con carácter, energía, sentido de oportunidad y capacidad de decisión.
Porque una institución puede conocer perfectamente sus normas y, sin embargo, carecer de la fuerza política necesaria para hacerlas valer.
🌎EL MUNDO NO NECESITA MÁS DISCURSOS SOBRE LA PAZ
Lo que estos primeros días de Asamblea General dejan como impresión es una paradoja.
Todos hablan de paz.
Pero la paz de Trump se apoya en la fuerza y la presión.
La de Lula, en el multilateralismo y la soberanía.
La de Macron, en la cooperación y la acción colectiva.
La de Israel, en la seguridad y la defensa.
La de Irán, en la soberanía y la resistencia frente a la presión.
La de países como República Dominicana, en la necesidad de que las grandes potencias comprendan las consecuencias económicas y sociales de sus decisiones.
Todos hablan de paz.
Pero cada uno parece entenderla desde un lugar diferente.
Y quizá allí está una parte del verdadero problema.
No existe todavía una definición política compartida sobre cómo construir la paz en un mundo donde los intereses nacionales siguen teniendo un peso enorme frente a los intereses colectivos.
🌎AMÉRICA LATINA FRENTE A UNA NUEVA ETAPA
Para América Latina, esta realidad debería ser una llamada de atención.
La región no tiene que aspirar a convertirse en una nueva potencia militar.
Tiene que aprender a convertirse en una potencia de negociación.
Eso requiere integración, alianzas, información, inteligencia estratégica, comunicación y capacidad para actuar coordinadamente.
Un país latinoamericano aislado tiene una capacidad limitada para negociar frente a las grandes potencias.
Una región articulada tiene otra dimensión.
América Latina puede defender sus intereses económicos, energéticos, comerciales y sociales con mayor capacidad si consigue construir posiciones comunes sin renunciar a la soberanía de cada nación.
No se trata de crear un bloque ideológico.
Se trata de construir un bloque de intereses.
Porque el mundo que emerge de esta Asamblea General parece demostrar algo que la historia ya ha enseñado muchas veces:
cuando los grandes negocian, los pequeños deben estar preparados para negociar también.
✅EL DESAFÍO DE LA DIPLOMACIA: AUTORIDAD, CARÁCTER Y RESULTADOS
Quizá el mayor aprendizaje de estos días no sea quién habló más fuerte.
Ni quién amenazó más.
Ni quién consiguió imponerse sobre quién.
El verdadero desafío consiste en saber si la política internacional puede regresar a un punto en el que la negociación no sea el último recurso después de la amenaza, sino el primer instrumento antes de llegar a ella.
Trump ha mostrado una concepción del poder que utiliza la presión para abrir negociaciones.
Lula ha recordado que la soberanía no puede desaparecer frente a las grandes potencias.
Macron ha insistido en la necesidad de recuperar respuestas multilaterales.
Israel e Irán han demostrado hasta qué punto pueden enfrentarse dos narrativas cuando ninguna acepta la legitimidad de la otra.
Y Abinader ha puesto sobre la mesa una verdad que muchos países pequeños conocen demasiado bien: las decisiones tomadas en las grandes capitales terminan llegando a la vida cotidiana de millones de personas.
Pero la pregunta final es todavía más profunda:
¿qué tendría que hacer la ONU para recuperar esa capacidad?
Hay, al menos, tres desafíos evidentes.
Primero, recuperar capacidad de mediación: que la negociación pueda comenzar antes de que la amenaza o la fuerza se conviertan en el principal lenguaje entre los Estados.
Segundo, avanzar en una renovación institucional que permita adaptar sus mecanismos a un mundo distinto al de 1945, sin perder los principios fundamentales que dieron origen a la organización.
Y tercero, convertir acuerdos en acciones, reduciendo la distancia entre las declaraciones, las resoluciones y los resultados concretos.
Pero hay un cuarto elemento que atraviesa a los tres anteriores:
el liderazgo.
Una institución puede tener legitimidad, normas, recursos y conocimiento técnico. Pero necesita personas capaces de ejercer autoridad con carácter, criterio y sentido común.
No se trata de imponer.
Se trata de liderar.
No se trata de gritar más fuerte.
Se trata de hacerse escuchar.
No se trata de someterse a los poderes existentes.
Se trata de construir la autoridad necesaria para dialogar con ellos en condiciones de respeto.
La ONU no necesita solamente preservar su capacidad de convocar y pronunciarse.
Necesita recuperar la capacidad de liderar, mediar, presionar cuando corresponda y convertir su autoridad institucional en resultados.
Porque quienes ocupan posiciones de liderazgo en instituciones de alcance mundial tienen también una responsabilidad que va más allá de sus propias carreras: defender los principios para los que esas instituciones fueron creadas.
La experiencia debe ser respetada.
La institucionalidad debe ser preservada.
Pero ninguna institución puede vivir únicamente de sus tradiciones.
Necesita renovación, carácter, liderazgo y capacidad de responder a su tiempo.
Porque si quienes están llamados a defender los grandes ideales terminan subordinando esos ideales al poder, al dinero, a la presión o a la conveniencia, entonces la institución conserva su estructura, pero empieza a perder su razón de ser.
La ONU no necesita solamente discursos de paz.
Necesita demostrar que todavía puede hacer que la paz sea una posibilidad real.
Porque si el mundo continúa utilizando la diplomacia solamente después de utilizar la fuerza, la gran institución creada para evitar los conflictos corre el riesgo de convertirse principalmente en el escenario donde los conflictos se explican, se justifican y se confrontan.
Y ese sería, quizás, uno de los mayores fracasos del multilateralismo.
No porque la ONU sea responsable de todas las guerras.
Sino porque el mundo necesita que vuelva a ser capaz de hacer algo más que escucharlas.
JCMaldo ✍️