04/11/2021
«Sobre el amor a uno mismo»
Es en una de las cartas enviadas a Johann Peter Eckermann, donde Goethe admite que llegar a amarse a uno mismo es un proyecto irrealizable, o más bien, un fin irrealizable. Pero a través de esas mismas cartas, admite, no obstante, la posibilidad de que el hombre pueda encontrarse con ciertos rasgos propios que lo ayuden a uno a reconocerse y aceptarse, y eso ya es ganancia. Podemos decir entonces que para el autor de Las p***s del joven Werther, el vínculo entre amor propio y el hombre, es una aleación extraña en la que la humanidad del hombre acaba por oscurecer esa pretensión de amor a sí mismo, quizás porque está sometido a las adversidades del día a día, y porque sentirá además, muchas veces, la necesidad de alejarse incluso de sí mismo, como un reposo justificado ante el desgaste mental. Desde otra perspectiva, tenemos a Chesterton —que según recuerdo—, en una de sus cartas mencionaba la idealización del amor propio como un propósito significativo, pero inasequible si se alejaba uno de la parte espiritual del ser humano e inaprehensible si pensamos que existe acaso la posibilidad de llegar a él. Por otro lado, y desde una posición disidente, Nietzsche, plantea a través de los monólogos de Zaratustra, que amarse mucho a sí mismo es un signo de fecundidad, al que 'sí' alcanzan a llegar 'ciertos hombres' (pocos, pero que sí lo logran). Aunque, más adelante, Nietzsche dirá lo siguiente en La voluntad de dominio: «Para que el hombre pueda tenerse respeto a sí mismo es necesario que sea capaz también de ser malo». Y esto que dice nos resulta algo interesante, tal vez porque nos acerca de cierta forma y hasta cierto punto, a la idea de muchos otros intelectuales del siglo pasado y el XlX, (entre psiquiátras y filósofos); como Jung, por ejemplo, quien postula que el hombre debe llegar a un estado de «reconocimiento y asimilación» de su propia «luz y sombra», que no es lo mismo que amarse, sino un equilibrio entre amor y odio; quizás para no llegar a volvernos locos, se podría decir, con tanta búsqueda únicamente de buenos momentos, como si acaso en el mundo no existiera la maldad que es sinónimo y repuesta de nuestra propia decadencia como sociedad. Señala también, Jung, que el ser humano que «tiene una tendencia casi inconquistable a ocultar los rasgos de su personalidad que no le gustan o que no son socialmente aceptables», tiende a desconocerse a sí mismo. ¿Qué sucede con el hombre si no se acepta tal y como es, con aquellos pequeños rasgos de maldad, de egoísmo, de hastío temporal, que nacen y mueren tan de pronto en algunos casos, y que perduran en otros hasta llevar su desapego al plano cotidiano (que sería el caso de los inadaptados)? Pues acabará por encontrarse con una valla que le imposibilitará, precisamente, amarse a sí mismo. Y quizás ahí radique la respuesta de esta breve exposición: «aceptación y reconocimiento». No solo aceptarse, sino también reconocerse. Hoy en día muchos aceptan qué son, pero no han aprendido a hurgar en sí mismos hasta saber si realmente son como dicen ser. Entonces cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo podría amarse alguien a sí mismo, si primero no se ha aceptado y reconocido tal y como es? De ahí que uno idealice lo perfecto, la vida de otros a través de las pantallas —hasta desfigurarnos—, donde no se muestran esas pequeñas cosas que solo viven en nuestra mente, y que nadie se atreve a confesar, salvo en películas, aferrándonos a la abrigadora idea de que aquellos terribles pensamientos son solo parte de la «ficción».
Escrito por: Gian Franco Huacache