03/01/2026
No es Maduro, es el poder en tiempos de decadencia imperial
No se trata de Nicolás Maduro ni de su régimen político. Reducir el conflicto a una disputa personal o ideológica es una forma eficaz de ocultar lo esencial. Lo que está en juego es el control de la mayor reserva petrolera del planeta y, al mismo tiempo, el intento de Estados Unidos por reafirmar su dominio militar y geopolítico sobre América Latina en un contexto internacional que ya no le es favorable.
Venezuela concentra las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, un dato reconocido por organismos energéticos internacionales desde hace más de una década.
En términos geopolíticos, los recursos estratégicos nunca son neutrales: determinan alianzas, conflictos, sanciones y guerras.
Cuando el discurso oficial habla de “democracia”, suele silenciar una pregunta básica: ¿quién controla la energía y para sostener qué tipo de orden mundial?
Este conflicto debe entenderse dentro de una transformación más amplia. El sistema internacional avanza, con tensiones y contradicciones, hacia una configuración multipolar, donde potencias emergentes agrupadas en espacios como los BRICS disputan influencia económica, financiera y política.
Diversos análisis coinciden en que este escenario no implica el colapso inmediato de Estados Unidos, pero sí una pérdida progresiva de su hegemonía exclusiva (Kennedy, 1987; Stuenkel, 2024).
La historia muestra que cuando los imperios perciben su declive relativo, tienden a atrincherarse en sus zonas de influencia. No necesariamente mediante ocupaciones formales, sino a través de militarización indirecta, presión diplomática, sanciones económicas, gobiernos aliados funcionales y narrativas morales que legitiman el uso excepcional de la fuerza.
América Latina ha sido históricamente uno de esos espacios de control estratégico, como lo reconocen incluso documentos oficiales de seguridad estadounidense.
En este contexto, la violencia no es un accidente ni un exceso: es una herramienta política. Paul Kennedy ya advertía que las grandes potencias, cuando extienden su poder militar más allá de su base económica, entran en dinámicas de sobreextensión imperial que suelen desembocar en conflictos destructivos tanto para los territorios intervenidos como para la propia potencia dominante (Kennedy, 1987).
La historia reciente es clara sobre las consecuencias de estas “intervenciones”. Afganistán, Irak y Libia no se convirtieron en sociedades más estables ni más libres tras la acción militar de Estados Unidos. Por el contrario, quedaron marcadas por la destrucción institucional, la fragmentación social y crisis humanitarias prolongadas.
La literatura académica sobre intervenciones militares coincide en que los costos humanos suelen ser altos y los beneficios políticos, cuando existen, rara vez favorecen a los pueblos afectados (Hughes, 2015).
Para comprender esta lógica, resulta útil el concepto de necropolítica, desarrollado por Achille Mbembe. Este enfoque describe formas de poder que gobiernan a través de la exposición sistemática de poblaciones enteras a la muerte, la precariedad y el sufrimiento. No se trata solo de matar directamente, sino de decidir qué vidas importan y cuáles son sacrificables en nombre del orden, la seguridad o los intereses estratégicos (Mbembe, 2003).
Las crisis humanitarias contemporáneas lo confirman. La situación del pueblo palestino, ampliamente documentada por organismos internacionales, muestra cómo la violencia estatal puede normalizarse hasta niveles extremos mientras se justifica en discursos de seguridad. Incluso instancias jurídicas internacionales han expresado preocupación formal por estas dinámicas, lo que evidencia que no estamos ante simples opiniones ideológicas, sino ante hechos verificables y debatidos en el derecho internacional.
Por eso, cuando sectores de América Latina celebran bombardeos o agresiones contra países de la región, no están defendiendo la democracia ni la libertad. Están aplaudiendo un modelo de poder que históricamente ha tratado al continente como un espacio subordinado, disponible para el saqueo, la disciplinación y la violencia. Celebrar ese horror es celebrar, en última instancia, la propia vulnerabilidad.
No, no se trata de Maduro. Se trata del ejercicio del poder en una fase abiertamente necrótica del imperialismo estadounidense, donde la violencia se vuelve más explícita precisamente porque el mundo ya no gira en torno a un solo centro. Entender esto no es un acto de ideología, sino de memoria histórica y de responsabilidad política frente al futuro de nuestros pueblos.