25/12/2025
¿Miedo? Obvio que sí.
Regreso a estos trekkings tortuosos pero reconfortantes porque, esta vez, me planteé conseguir finalmente buenas fotos.
Todo pintaba a favor: confiado en una aplicación meteorológica y respaldado por mi compinche de aventuras, convoqué al buen Alvin Klein. Pedimos permiso al Taita y salimos muy temprano. Al inicio, el sendero estaba seco y transitable, pero el respetable Altar no se dejaba ver: tímidamente se mostraba y, con esa falsa generosidad, nos emocionaba por ratos.
Después de cinco horas de camino y de haber “dejado el alma” en la ladera (75 grados de inclinación), llegamos a La Arista… y nada. Ni las lagunas, ni el volcán Sangay se dejaban ver.
Al llegar a la bifurcación que conduce a la Laguna Azul y al Campamento Italiano, el clima empeoró. Luego de una espeluznante anécdota de Alvin sobre el “Paso de la Muerte”, llegamos al famoso tramo: que ya está a unos 45 minutos del objetivo final, la Laguna Azul (aunque dicen que su nombre real es Negrapagcha).
Con mis ganas de seguir caminando en rojo, por fin llegamos a la playa de la laguna. Había mucha neblina y el sonido tranquilizante de su cascada nos acompañaba. Minutos después fueron llegando más caminantes: quiteños, ambateños, un guayaquileño… y un español sorprendido.
Cerca del atardecer llegó la recompensa: el volcán se dejó ver por unos minutos y la algarabía se fue al tope.
Regresamos al campamento con la esperanza de una noche estrellada o un amanecer espléndido, pero fue negado. Y sí: en la noche me invadieron el miedo y la incertidumbre. Varias veces me desperté y, con cara de susto, lo único que quería era regresar, al menos, como habíamos llegado.