02/05/2026
En mi casa nunca faltaba aceite.
Mi abuela era socia de la cooperativa, así que el aceite simplemente estaba ahí. Nos lo daba ella.
Formaba parte de lo cotidiano, de lo que uno tiene tan a mano que deja de hacerse preguntas.
Y ese fue, precisamente, el problema.
Como siempre lo tuve cerca, nunca sentí la necesidad de entenderlo.
No tenía que elegirlo.
No tenía que compararlo.
No tenía que ponerme delante de una estantería llena de botellas e intentar adivinar cuál merecía la pena.
A mí el aceite ya me llegaba escogido.
Hasta que un día dejó de pasar.
Me fui de viaje a la playa y una noche decidí no salir a cenar.
Quería prepararme algo sencillo: una ensalada, quizá algo a la plancha, pan con tomate… una de esas cenas fáciles que solo dejan de serlo cuando te falta un ingrediente que dabas por hecho.
Aceite.
Allí estaba yo, en medio del supermercado, mirando botellas como quien mira un idioma que cree conocer pero no sabe hablar.
¿Cuál coges?
Y fue justo en ese momento cuando entendí algo incómodo:
haber vivido cerca del aceite no significaba entenderlo.
Honestamente, ¿Tú sabrías escoger un buen aceite en el super?