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Grupo Barataria Ediciones Edicitorial y diseño gráfico

24/09/2022
11/09/2022

The Baby Yoda Cocktail by [IG]

10/11/2020
Referencia: "El Mundo"'Patria' en viñetas: el dolor sí entiende de colores LUIGI BENEDICTO BORGES hace 1 díaAdaptar al c...
27/09/2020

Referencia: "El Mundo"
'Patria' en viñetas: el dolor sí entiende de colores

LUIGI BENEDICTO BORGES hace 1 día

Adaptar al cómic Patria, la aclamada novela de Fernando Aramburu que ahora debuta como serie de televisión en HBO y Telecinco, era un regalo envenenado, capaz de tumbar al autor más capaz. Pero no fue el caso de Toni Fejzula, uno de los mayores talentos del cómic patrio. Natural de Belgrado, donde nació en 1980, se mudó con su familia a Barcelona en 1992, cuando en Yugoslavia ya se palpaba una incipiente guerra civil. La Ciudad Condal no le resultaba extraña a su familia: su padre es Petrit Fejzula, legendario jugador de balomano que jugó en el FCBarcelona entre 1982 y 1985. Tras estudiar Bellas Artes, en el año 2000 debutó como dibujante con una historia para El Reino Salvaje de Conanpublicado por Planeta DeAgostini Cómics, la misma editorial para la que ha reformulado Patria. Comenzaba así una carrera que le ha permitido trabajar en el mercado español, franco-belga y estadounidense, labor que ha compaginado con la enseñanza, la animación, la ilustración y el dibujo publicitario."Desde el principio, el proyecto se planteó y negoció con la idea de hacer algo grande. Aunque ahora se pueda pensar que forma parte del merchandising creado alrededor de la obra de Aramburu, no fue así", explica Fejzula. " Yo sabía que ya estaba en marcha una serie de televisión en el momento que me propusieron el encargo. Pero eso mismo me creó una responsabilidad: era consciente de que la única forma de resolverlo era no tratar Patria como un producto más, sino como algo personal". Como reconoce en el emocionante epílogo de la obra, el punto de vista de la realidad vasca que expone en las viñetas es el dado en la novela original, pero si él no llega a comulgar con esa opinión, "habría sido un hipócrita por aceptar ese trabajo". "Tratar estos temas tan solo se puede hacer desde lo emocional, por más que uno lo enmascare de objetividad", sentencia.Fejzula decidió abordar "en solitario" el titánico proyecto de comprimir las 648 páginas de la novela en 277 de cómic . Para ello se aisló voluntariamente. En un principio, durante un año y poco. Finalmente, durante dos años. "No consulté nada con nadie, ni con el equipo de producción de la serie ni con el propio Aramburu. En el segundo caso fue po voluntad mía. No quería referencias externas, quería entender la historia por mí mismo. Era una cuestión de interiorizar. Aunque en estos momentos se esté creando una especie de paquete que incluye en el mismo lugar todas las adaptaciones, he de decir que no, que yo actué por mi cuenta, peleándome en solitario con la obra original", aclara. El proceso le llevó a reflexionar sobre su propia nacionalidad, sobre los desgarros producidos por la guerra en su familia y por cómo "en tiempos de incertidumbres, todo cambia, todos los principios que las generaciones de tus padres ha mimado, respetado o malinterpretado, se vienen abajo".Gran conocedor de las narrativas propias del noveno arte (uno de sus mentores es R. M. Guéra, otro gran dibujante serbio afincado en Barcelona), Fejzula optó por no ponérselo fácil al lector. Por eso retuerce, juega y disfruta con el medio. Cada página tiene vida propia ("creo que ningún día conseguí hacer la página que me había planteado hacer el día anterior", confiesa) y en su conjunto transmiten esa complicada amalgama entre un concienzudo estudio y la pura intuición. "Lo de no ponérselo sencillo al lector era una intención real. Hay lectores a la que eso le entusiasma: el no enfrentarse a un tratamiento lineal; el que no se lo den todo masticado. Es un reto para ellos y lo disfrutan más cuando entran en ese juego. También soy consciente de que hay quien no está acostumbrado a las novelas gráfica o a los tebeos en general y al que le puede resultar dificultoso. Pero yo tengo un principio: no puede ser condescendiente con el lector. Él debe ser un parte activa si quiere interiorizar una obra. En un tebeo que va sobre víctimas del terrorismo, donde están en juego la vida de las personas, la única forma de hacerle entrar es ponerle entre la cara o la cruz. O entras o no entras".Bittori, Miren, Joxe Mari, Xabier, Gorka... Cada uno de los ocho personaje que sostienen la acción posee una gama cromática expuesta por Fejzula al arranque de la historia, como si de una obra de Chillida se tratase. Una página a la que se regresa a menudo durante la lectura hasta que se interioriza el reparto de colores, punto que alcanzan con mayor rapidez quienes ya conoce el texto original. "Creé un mosaico que tuve que ir construyendo a lo largo de toda la obra. De hecho, el cómic no se tiene que leer de forma lineal. Ese mecanismo me ocurrió mientras lo estaba montado. Puedes empezar a leerlo desde cualquier punto. Sí mantengo el hilo temporal marcado por Aramburu, pero reconvertir los capítulos de personaje en imágenes concretas hizo que cambiara. Es un azar que surgió al hacer la obra, que replanteaba la opción de la narrativa, su percepción. Y lo abrace". De hecho, en un inicio se planteó otra solución: hacer hasta nueve capítulos distintos, uno por cada personaje. Pero al final se retó a sí mismo para ser fiel a los saltos temporales de la novela. Eso lo encaminó a su mayor aprendizaje durante la elaboración artística: la capacidad de sintetizar. "Tenía un determinado espacio. Tuve que hilar muy fino para que no estuvieran todas las viñetas abarrotadas. Reflexioné sobre cada trozo de información que quería quitar, sobre qué parte del texto podía omitir, porque muchos eran recursos literarios que no tenían nada que ver para el texto de un guion", afirma. "La gente quizá no se de cuenta, pero es el lo que más trabajo invertí, en quitar las cosas que sobraban por repetición. El novelista repite información para dar sensación de fluidez. Pero en mi necesidad de no extenderme, quité elementos para que no se repitieran. Mi propósito era quitar las repeticiones sin eliminar la información. Y la sensación con la que me quedo es que lo conseguí", concluye .

15/09/2020

Babelia adelanta un fragmento de El desafortunado , de Ariel Magnus, que reconstruye la última época en libertad de Adolf Eichmann, uno de los criminales más enigmáticos del n***smo

30/05/2020

ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ (II)

Nace Jean Marie en Brujas, la Venecia del norte, el segundo día de noviembre del treinta y ocho. Los alemanes ocupan toda Bélgica un año y medio después, el décimo día de mayo del cuarenta. Apenas alguna escaramuza, las tropas belgas son derrotadas en horas. Bélgica es la llave maestra para ocupar Francia y rendir París. Los n***s saben que papá François es militar. Jean Marie vive en una casa con un pequeño jardín cercado por un muro de apenas metro y medio. En la cocina, camuflado por un papel blanco, han abierto un agujero a la altura de los ojos desde el que se ve la carretera y los coches que llegan y los que pasan de largo y algo del camino de tierra junto al río y el bosque a lo lejos. La Gestapo va siempre con sus Citroen negros, la uve al revés, que lo ve Jean Marie aún ahora, como en cinemascope, y, mientras enfilan la carretera y frenan y llegan a la puerta, a papá le da tiempo de esconderse en el hueco del fregadero, vamos, corre, ágil papá como una lagartija, y mamá, con sangre fría y pericia mamá, cierra el hueco, clac, con una madera de la que cuelgan cacerolas y espumaderas y el machete de carnicero, clac. Los de la Gestapo entran como fieras con hambre, con sus brillantes y ruidosos abrigos negros y las metralletas al hombro. Mamá le dice a Jean Marie que se tumbe junto a la chimenea, que juegue con el tren de madera, que no pasa nada, que no sospechen los alemanes, que sea un hombrecito Jean Marie, un hombrecito grande de cuatro años. Se marchan los n***s encendidos de ira al no encontrarlo y rompen los cristales de la cocina, y chillan y chillan mientras se marchan, que la ira se queda flotando allí durante un rato. Papá no sale de su escondite hasta llegar la noche.
Con los acuartelamientos ocupados por los n***s, los soldados belgas actúan como la primera resistencia europea, ocultos en la ciudades y en los pueblos. Papá François le contará a Jean Marie muchos años después que, un par de semanas antes de la invasión alemana, escondieron veinte aviones en una base francesa al sur de Marruecos.
De nuevo llega una tarde la Gestapo a casa buscando a papá. Saben que los ha visitado porque van por ahí interrogando a todos los vecinos y el miedo hace hablar. Alguien dice que sí, que le vieron anoche en el camino, cruzando el río, abrazando a mamá Lea en la trasera del almacén de comestibles. En realidad, papá está escondido en la casa de unos amigos, a unos veinte kilómetros. Mamá ve llegar el vehículo de la Gestapo mientras Jean Marie juega en el suelo con su trenecito de madera, uhh, uhh. Mamá tiene miedo de que la hagan hablar y le dice al oído a Jean Marie que no se mueva, que no hable con nadie, me entiendes, con nadie, y que espere, que siga con su trenecito arriba y abajo, que no tengas miedo, que ella volverá enseguida. Uhh, uhh, la mira el niño Jean Marie mientras sale mamá corriendo por la puerta de atrás hasta que se la tragó el bosque. Jean Marie, desmadejadito, en el suelo de la cocina, uh, uh, mirando a un lado y a otro, el corazón de una locomotora, muertecito, uhh, uhh, esperando a mamá, mamá, ven, ven, piensa, mientras cae la noche. La puerta principal esta abierta y hay un trotar de botas que se acercan, y vibra el suelo como si llegara un tren, uhh, uhh, y entra un soldado de cara roja, con aquel casco que le hace parecer aún más fuerte, como de bronce. El militar se arrodilla y acaricia la mejilla del niño Jean Marie sin quitarse los guantes, uh, uh, y Jean Marie llora como una catarata. El soldado vuelve a acariciarle, esta vez sin guantes, las manos como el alabastro, y Jean Marie que se embarraca y parece que va a morir de tanto dolor, y tiran los platos y los vasos y echan abajo la puerta de atrás y miran al bosque, uhh, uhh, mi trenecito. Jean Marie, tan de vidrio ante aquellos hombres de negro que gritan, mira sus brillantes botas y las pistolas enfundadas y la metralleta y el trenecito roto, uhh, uhh, uhh. Y ve como el hombre de cara encendida como las puertas del in****no le echa una última mirada y una sonrisa y se va y el silencio. Sí. Al llegar la noche escucha el niño Jean Marie el shh de mamá, shh, calla, calla. Y, derrotado, se aplaca.
Cuando acompaña a mamá Lea a la compra, los n***s disparan a la ruedas del tranvía. El conductor del tranvía grita stukas, stukas, todo el mundo fuera. Mamá y Jean Marie se parapetan en el tronco de uno de los árboles de la avenida. Jean Marie entre mamá y el tronco, apretaditos y con los ojos cerrados, hasta que cesan los disparos y se disuelven, como el humo, los stukas, con sus alas combadas como vampiros, aviones de cuerpo a cuerpo, avispas del aire, y el tranvía vuelve a su rutina y mamá y Jean Marie se escurren hasta los asientos traseros, tracatrán, tacatrán, el corazón.

Extracto de ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ, de Javier Bienvenida. Edición de Grupo Barataria. 2016. Puntos de venta en Motril: librerías Río Ebro, Evasión, Futuro y kiosco Las Palmeras. En Salobreña y Almuñécar: 1616 BOOKS y Nautilus.

ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ (I)Se va a Madrid Pepa en invierno, con veinte años y un secreto embarazo de tres meses. L...
23/05/2020

ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ (I)

Se va a Madrid Pepa en invierno, con veinte años y un secreto embarazo de tres meses. La contrata el centro de Programas de la Cadena Azul de Radiodifusión, que fue una radio escuela para ella, que él, que está en el poder de entonces, le dice que promete mucho en la radio, que es su futuro, que debe hacerlo hasta que las cosas se aclaren, lejos del cuchicheo del pueblo, que ya se sabe las gentes: a s**o con la vida de los otros, tiburoncitos. Once años mayor que ella él, un pincel falangista, un hombre de mundo que deslumbra a Pepa, que se portó.
Ha puesto siempre Pepa un muro en la memoria de aquellos tiempos. Los detalles se diluyen como pompas de jabón malo. La mirada al otro lado, para evitar heridos, que es lo último un parte de dolor al cabo de cincuenta años, que todo es amor y luz ahora, escarcha en verano.
El plan en Madrid es aguantar hasta que sea evidente y se abra una ventanita. Pero mamá dice que quiere visitarla, que entonces ir a Madrid es la aventura, que el Despeñaperros es como el Cáucaso, el eco del pequeño ruiseñor por las cumbres, el comienzo y el final del verano de media España en un seiscientos azul, la noche en Bailén, la comida en El Rana Verde de Aranjuez, quizá tortilla de espárragos y agua con gas, y el lunar de mamá. Pepa se adelanta a mamá María, que la conoce y es de escaso meditar, al vuelo todo, y vuelve a Motril por unos días. Madrid, Granada, Motril a través de la ventanilla. Todo es reconocible: el viejo asfalto, el olor a fuego de los pinos, el salitre del aire, el perezoso fluir del Guadalfeo.
Duerme ella con su madre y no nota nada mamá, ni una sospecha. Le dice, sí, que ha engordado algo y Pepa se excusa: que es el cambio de aguas, mamá, que el cuerpo se resiente, y el clima seco duplica el hambre, además, eso. El secreto embarazo del que sólo sabe la pareja, que nada de nada cuentan a nadie en aquel país mojigato de entonces, que ahora los chicos saben latín. Que es lo que tienen las generaciones, que crees que no pasará y la vida te atropella y te sientes antigua, así, de pronto, ajadita y de ayer.
Pepa es hasta entonces una niña ingenua, tonta, tonta, que cuando mamá María está embarazada de su hermana Encarnita, Pepa con catorce, sabe que está mamá preñadita, que el niño está, pero cree que lo ha puesto la cigüeña, que estuvo un tiempo mirando a ver si llegaba. En la noche se ovilla en el sillón y se duerme y le da rabia y vuelve a la cama y mamá la ve de reojo y se ríe, la niña. Un año atrás, durante un campamento de la Sección Femenina le viene la regla y se calla del susto porque no quería que le dijesen cateta, que nunca has viajado y no sabes nada, cateta tonta, eso creía. Aquel viaje a Torremolinos tan de bailes, deporte y sus labores, se le hizo interminable. Y eso que está desarrollada Pepa, que se ven las hechuras de mujer grande y exhuberante, que el cuerpo está en la juventud pero la cabeza en la niñez y el juego, en el teatrillo del patio. Pero mamá, hay que ver, que nunca le dijo, ella que era una mujer tan moderna para su tiempo, tan a la contra, y no le dice ni mijita: nada de mira, Pepa, te pasará esto un día u otro, y haz esto y no pienses que te mueres, hija, que es la vida. Pero, no, mamá calló. La ignorancia. Y ahora mira, preñadita de él, la primera y ya, tonta más que tonta. Ya ves.
Pepa aguanta en Madrid hasta que llega el verano, que es el calor más el asfalto y los coches y millones de personas yendo y viniendo, y ella tan sola. Que abandonó la residencia de Guzmán el Bueno, que es cara y escandalosa, y responde a un anuncio de ABC y se va a vivir con una familia de Canarias que alquila habitaciones. Está la casa en Moratines cinco, a nada de Glorieta de Embajadores, que a Pepa le parece que allí es como estar un poco en casa y hacerse invisible. Es un piso muy grande, de techo alto y un balcón modernista de doble esquina. Hay dos chicas más de alquiler, que son como familia, lucecitas.
Parece que Pepa va a diario de Moratines a su trabajo en la Productora pero en realidad, desde hace treinta y siete días se dedica a dar paseos interminables por Madrid, dejándose llevar como un papelito, buscando la sombra bendita de los bancos, un cafecito en Gran Vía, llorando contenida por el Retiro, que en llorar sin hacer ruido pasa todo el día hasta la hora de comer, que es la hora del disimulo. Manda a casa Pepa cartas con membrete de la radio en las que escribe tantas mentiras como puede: el trabajo, la vida, Madrid, divino papá, divino, si estuvierais aquí, que viene Palomo Linares y después El Cordobés, papá, que cuánto aprendo y qué buenos maestros y qué medios. Se viste Pepa de paz y hace acopio de sobres y cartas oficiales de la CAR, para escribir sus cartas de letra redondilla con la pluma de tinta añil regalo de papá.
Se desarma Pepa cuando ve que ya no puede ocultar el embarazo a pesar de aquella enorme faja, que con aquel calor era un cilicio, la cabeza dolorida con el escándalo que se va a armar más bien temprano y lo que iban a pensar en casa y en el pueblo, y aquellos sudores fríos, y el miedo a que llegue la noche, mamá.
Entra al mediodía en la iglesia de Embajadores, cerquita de casa, que es una decisión mamá María de ahora ya, vamos, porque necesita gritárselo a alguién, que es como si no le llegara el aire. La umbría, el eco y el corazón como una máquina de coser. Se acerca a un cura que sale del confesionario en ese momento, un cura de sotana pulcra con mucha prisa, abombado el faldón como una campana. Que si puedo hablar con usted, padre, le dice Pepa, que qué es lo que quiere, que qué quiero, qué quiero, padre, pues confesión padre, eso, pues dígame lo que sea que tengo prisa, mujer, que me voy. Pepa le cuenta lo de aquel preñado que apenas se le nota entre la faja y la ropa ancha, aunque apenas está gorda Pepa, que fue también como una respuesta sicológica, que luego el embarazó de Nathalie, su segunda, fue una barriga como un par de maletas, pregonando orgullosa su madre, como un desquite, ya ves. Lo cuenta compungida Pepa a aquel curita, y lo dice rápido, rápido, que después de tanto silencio no puede parar, y es como un vómito, liberada también. Es así como ver tierra esa confesión, la boca seca del náufrago, el corazón en las manos, un pajarito en la voz, desnudita.
Y el cura que dice que eso se piensa antes, hijita mía, vaya, que sí que se dio prisa usted, mujer, vaya, que yo no tengo tiempo ahora, que si quiere la confieso más tarde, que es mi rato del desayuno y adiós o hasta luego, y sale volando como si le empujaran, murmurando. Aquellos hombres de iglesia huevones de la antigua escuela, que ha habido tantos, apóstoles del miedo.
Es un latigazo para Pepa. Va por la calle noqueada, torpe, medio ciega, boqueando, y encima ese calor de Madrid en agosto y la gente riendo y el ruido inacabable y la sensación de fracaso, y el miedo, temblando como recién parida. Y piensa entonces que mejor acabar, acabar de verdad, así, de golpe, como otro latigazo, como un disparo,bang, sí, bang y adiós. Quizá en el metro, piensa Pepa, quizá, quizá, Dios, que me quiero morir, sueña. Y baja al metro lenta, convencida, las manos de mármol, aunque, en el fondo, espera Pepa una señal que la salve, quizá, quizá el miedo, sí, eso. Y llega al andén Pepa y mira al suelo y luego sube la mirada y ve a la gente que se abraza y se besa y habla y ella tan invisible, que la gente la atraviesa, y entonces, sí, se palpa la barriga Pepa y luego se acaricia durante un instante de cinco minutos y Pepa dice hola, amor, no te preocupes, que saldremos adelante, hijo, verás, perdona.
Pepa sale al trote de la estación y llega a la habitación de casa y se tumba en la cama y llora, llora, llora hasta que llama suave Benigna a la puerta. Que si te pasa algo hija, pero niña por Dios, que le cuente, que de dónde te viene ese dolor, niña, le dice y se la lleva al regazo y la abraza como la madonna del niño, todo ternura. Y Pepa dice entre, entre, entre, y Benigna le suplica pero niña dime qué pasa, no me voy hasta que me lo cuentes, que ella, la dueña de la casa atenta a los pequeños detalles, ya sospechaba por la actitud de Pepa: que no sale con nadie, que del trabajo a casa, los llantos sin cuento, repentinos como los males de amor, quizá algo peor. Y Pepa le cuenta todo, todo: el hijo, el padre, el pueblo del que viene, la soledad como de huérfana que tiene adentro y lo del cura cruel de entrañas tonsuradas y azufre.
Recuerda Pepa a Benigna y llora dulce y dice que no es nada, que se le pasa, que no me preocupe, que aquello fue un rayito como un trueno.
Benigna le aconseja que se lo diga a sus padres pero Pepa le dice que no puede ser, que es impensable eso, que además ella tiene ya la mayoría de edad, los veintiuno que acaba de cumplir en Madrid, también los ocho meses de embarazo. Benigna la escucha como una madre mientras va llegando la noche, que es como un descanso en las películas de antes, casi la paz de los bocadillos de tortilla de cebolla de mamá María. Benigna le dice que no se preocupe, que aquella es su casa y su castillo, que no la dejarán sola, que se ha hecho querer Pepa, que ayuda a Benigna en todo lo que puede porque el piso es grande y hay recuerdos aquí y allá y es un no acabar.
Está también en Moratines cinco la inquilina Lucy, que fue una hermana, que será madrina del niño Joaquín. Por ahí guarda Pepa una foto de ella por entonces. Es una joven finísima Lucy, primogénita del Gobernador Civil de Toledo y tiene a su novio Joaquín, tan galanote a lo Clark Gable.
También Amparito, que de niña se quemó parte de la cara con un brasero mal apagado, que se prendió fuego el faldón y una llamarada azul le mordió como una víbora. Amparito, con su isla púrpura entre la mejilla y el cuello, fue también una bendición para Pepa, con aquella voluntad de hierro que tenía. Se volvió a Zaragoza antes del nacimiento del niño Joaquín, que hubiera querido quedarse pero no hubo remedio y cogió El Talgo en Atocha y no vuelven a verse más, que le deseó lo mejor Amparo, que le escribiera y le contara, que una amiga, ya ves, la vida.
Lucy y Benigna la acompañaron en el parto de septiembre, apenas treinta días después. Es en una clínica privada, la clínica de un médico íntimo de él. El parto es a la contra. Pepa pierde mucha sangre, que si llega a morir no se entera nadie, mamá, que se pone malísima Pepa, la piel como el alabastro. La criatura venía mal colocada y tuvieron que anestesiar a Pepa con gotas de éter en una mascarilla, como en el orfanato de los Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra, con sus manzanas rojas y las normas de la Casa de la Sidra y aquellos hombres buenos. Y poco a poco se le va la consciencia a Pepa y entra como en un paraíso de planetas como manzanas, aunque estuvo más cerca de morir que de salir adelante, que el médico amigo dice que ha sido un parto difícil y que no las tuvo todas consigo, que pudo haber pasado, ya ves.
Pepa y él han acordado que, tras el parto, ella mandase un telegrama en clave a la radio. Y así lo hace, liberada y melancólica cuando le vuelven las fuerzas. Llegó al día siguiente él. Y allí se queda hasta que Pepa sale del hospital una semana más tarde, que quedó tan débil que los médicos aconsejaron reposo, que ella casi no puede moverse y mira a su niño, a su varoncito, que es como si hubiera firmado la paz con el mundo Pepa, que respira hondo, el aire recién estrenado.
Días después se acerca Pepa de nuevo a la iglesia de Embajadores, el niño en brazos con su mechoncito rubio al viento, para solicitar el bautizo del niño Joaquín. Les recibe un cura serafín, un angelote con sotana al que Pepa cuenta. Aquel hombre se apiada y le sonríe y le dice que qué pena que aquel día no hubiera estado él, que Dios la ama, que sin problemas, que ahora mismo, que la paz sea contigo, y Pepa lo abraza.
Después del Bautizo, Pepa y él, la madrina Lucy y su novio Joaquín, el padrino, celebran con un whisky en un barecito y luego con unos pocos aperitivos en casa de Benigna. Es una tarde de Otoño en Madrid. Hay una luz cálida en el salón y se oye suavecito una canción de Luis Mariano.

Extracto de ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ, de Javier Bienvenida. Edición de Grupo Barataria. 2016. Pedidos: www.libreriarioebro.com. Puntos de venta en Motril: librería Río Ebro, librería Evasión, librería Futuro y kiosco Las Palmeras. En Salobreña y Almuñcar: 1616 BOOKS y Nautilus.

Coincidiendo el cuadragésimo aniversario de la Constitución española con los cuarenta años de Vicente Fernández Guerrero...
11/05/2020

Coincidiendo el cuadragésimo aniversario de la Constitución española con los cuarenta años de Vicente Fernández Guerrero como editor de la revista, EL FARO y Grupo Barataria coeditaron la que iba a ser primera parte de un coleccionable que recogiese la crónica de cuatro décadas de noticias y opiniones publicadas en el periódico decano de la prensa granadina. EL FARO. CUARENTA AÑOS DE NOTICIAS Y DEMOCRACIA. 1978-1987: LA DEMOCRACIA QUE LLEGA, EL LÍDER CARISMÁTICO Y LAS GUERRAS DEL HOSPITAL Y EL AGUA inauguró el proyecto de una cabecera que acaba de cumplir noventa años, la más longeva de Andalucía tras Diario de Cádiz y El Correo de Andalucía. El núcleo esencial del libro son “Las Crónicas de Hemeroteca” que, acompañadas de más de un millar de ilustraciones, son un retrato de lo que publicó el semanario en aquellos primeros años de recuperación de la libertad de prensa en la joven democracia española. Lamentablemente, la grosera respuesta del público lector a esta joya editorial, hace, hoy por hoy, imposible la continuidad del coleccionable.
Esta es una selección de noticias, artículos e imágenes recogidas en la obra.
Fotografías: Paco Peña (seguramente una de las “miradas” más sugerentes, y desconocidas, de la fotografía social y periodística granadina de la segunda mitad del siglo XX), archivo El Faro, Pío Luna (*) y Maldonado (**).
Pedidos: www.libreriarioebro.com. Puntos de venta en Motril: librería Río Ebro, librería Evasión, librería Futuro y kiosco Las Palmeras. En Salobreña: 1616 BOOKS. Próximamente en Granada: librería Picasso y librería Babel.

El Faro 1978-1986 (I)

La situación en España llegó a su máxima tensión en la semana del 23 al 29 de enero de 1977 cuando una sucesión de hechos violentos estuvo a punto de dar al traste con la Transición. Al as*****to en Granada de un estudiante por parte de los Guerrilleros de Cristo Rey durante una manifestación pro amnistía le siguió el secuestro de los GRAPO del presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, el general Villaescusa, y la matanza de cinco abogados laboralistas del PCE en Atocha por grupos de pistoleros de extrema derecha. La respuesta popular fue una gran manifestación de repulsa en Madrid que se desarrolló pacíficamente y mostró claramente la voluntad general de continuar los cambios de forma pacífica. La legalización del PCE en abril de 1977 y la amnistía de los presos políticos fueron la antesala, en junio de 1977, de las primeras elecciones democráticas desde la Segunda República. La UCD de Suárez ganó las elecciones pero en Motril y en Andalucía el PSOE fue el más votado.
El nuevo gobierno de Suárez, el primero tras el fin de la Dictadura, se aprestó a hacer frente a los dos principales desafíos del momento: elaborar una Constitución que articulara políticamente el nuevo sistema democrático y hacer frente al peligro golpista y al terrorismo de ETA, que seguía atentando pese a una amnistía decretada en octubre de 1977. El delicado proceso político debía hacerse en un contexto de profunda crisis económica. La crisis del petróleo de 1973 había golpeado duramente a España y el paro y la inflación crecían alarmantemente. Para estabilizar la situación económica las principales fuerzas políticas firmaron en octubre de 1977 los Pactos de la Moncloa, una serie de medidas consensuadas para hacer frente a las graves dificultades económicas.
La pintada «España no seas marxista» en la fachada de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Motril durante la campaña del referéndum constitucional era un reflejo de las dificultades políticas de aquel año cero de la democracia española. Con una crisis económica desesperante y ante situaciones insolubles en la gestión municipal –el encierro de los funcionarios demandando mejores salarios, las seculares aspiraciones sociales o el intento de considerar el impuesto de radicación– existía un malestar generalizado en Motril. José Molina Navarrete había asumido la responsabilidad de la alcaldía tres años atrás y hubo de lidiar con las pautas franquistas y un ambiente renovador que tensionaba la convivencia con protestas desde todos los sectores.
Normalidad y no demasiado entusiasmo en torno al Referéndum, titulaba EL FARO una semana después de las votaciones. Como la media andaluza, los resultados en Motril fueron más halagüeños que en otras zona de España, donde la abstención superó el treinta por ciento. Fue una maña gris, con lluvia intermitente, que quizá enfrió los ánimos de los motrileños. Se sabía que la aprobación de la Constitución significaba el verdadero comienzo de la Democracia y, por tanto, la derogación formal de las Leyes Fundamentales, pero en Motril casi un tercio del censo pasó del Referéndum. El orden fue completo aunque la Policía Armada y la Guardia Civil hicieron una vigilancia más intensa que de costumbre. Jóvenes de Fuerza Nueva acudieron a algunas mesas pidiendo datos y, dicen, que aconsejaron el No.

«Franco, resucita, se nos olvidó fusilarte», decía la pintada en los muros del instituto Julio Rodríguez.

El día de San Juan de 1978 fue el entierro de Paco Mejías, maestro ejemplar, personalidad destacada en la sociedad motrileña, escultor y dibujante. Nacido en Motril en 1899, a los veintiún años la Diputación de Granada le concedió una beca para estudiar escultura en Madrid, donde será discípulo de Mateo Inurria y entrará en la Escuela de San Fernando. Participó, –junto a Dalí, Juan Gris, Mariano Benlliure, Lorca o Picasso– en la Exposición Regional de Arte Moderno de Sevilla de 1929, en la que recibió una Mención de Honor. Fue profesor de modelaje y bibliotecario de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Motril y se sentía muy ligado a la Generación del 98.

«Nuestra ciudad no es precisamente un paraíso de expansión y divertimento –escribió Juan Ignacio Rodrigo–. Ahora, en el verano, la alegría, el movimiento, lo da el ambiente, pero seamos realistas ¿Qué tiene Motril cuando no vive con ese trasplante artificial de los meses de verano. La lista es increíblemente corta: un cine, bares, una invasión de pubs, las Explanadas. Lo del cine es de tebeo».

Enrique Cano, alcalde de Salobreña, le dijo a Gerardo Pérez: «Juré fidelidad a Franco y no iba, después, a quitar la placa». También que seguía siendo franquista porque no podía renunciar a su propia vida ni a su historia personal y que tenía muchas ganas de irse porque se consideraba quemado políticamente. Tras el refrendo a la Constitución de la mayoría de los españoles, presentó su dimisión. Dijo que, posiblemente, estuviera equivocado, que ya no era época de hidalgos pero que él, genio y figura.

Escribió José Felipe Soto en Los pobres cinturones que el bullicio de las fiestas de agosto le empujaba a los bordes de la ciudad y que allí había visto los tristes costurones de la pobreza, el chabolismo, la promiscuidad, el apretujamiento. Que cuando la fiesta pasara era necesario que la ciudad meditara y un inventario honrado, porque la ciudad es la ciudad de todos.

La imprudencia de un campesino de Vélez Benaudalla provocó el 18 de julio un incendio en el que ardió gran parte de la sierra de Lújar.

El día de la visita de los reyes de España siete personas se encerraron en la iglesia de San Antonio en protesta por el paro generado por la falta de fondos para trabajos comunitarios, que afectaba a cuatrocientos trabajadores. Entre los encerrados: Enrique Cobo (PTA) y Romero Murillo (PSA), vocales gestores del ayuntamiento; Julio Barros, José Antonio Bosch o el párroco Manuel Velázquez, que se unió por «solidaridad sin partidismos». Cuatro días duró el encierro y la huelga de hambre. Tras idas y venidas a Granada, el gobernador civil anunció finalmente al alcalde Molina Navarrete que el jueves 31 de agosto se reanudarían los trabajos comunitarios. Enrique Cobo fue quien lo anunció en el balcón del ayuntamiento, ante unas doscientas personas congregadas en la plaza de España

«Nuestro plumero, decía la revista en “Un año de 365 votos”, únicamente servirá para identificar y escribir esos diarios votos que abiertamente todos pueden depositar en las urnas, nuevas urnas literarias y administrativas, de El Faro. Un semanario decano cuyo único color será el se sus tintas. Con tantos colores como se ponga en el horizonte de nuestra comarca motrileña, será el arco iris de la pacífica democracia».

Al «Cemenmar Dos», tras seis años de vida, se le conocía como el barco de Motril. Tenía dos mil caballos de potencia, desarrollaba una velocidad de doce nudos y cargaba dos mil setecientas toneladas de cemento. Se surtía de cemento en Sevilla y abastecía a los silos de Algeciras, Cádiz, Ceuta y Motril, particularmente el de Motril era el que más vendía. El «Cemenmar» venía cada cinco o seis meses y atracaba en el muelle de poniente durante treinta horas. Como él, sólo había nueve en España. El barco era conducido por Alberto Zaldúa Martín, capitán de Marina Mercante, natural de Bilbao, aunque desde hacía un par de años residía en Motril. Mandaba barcos desde hacía ocho años. Naufragó poco después en las aguas del Guadalquivir tras chocar con el «Cádiz».

A José Rodríguez Campos, el «sonsolico», quince años de ripios en EL FARO, tituló Fulgencio Spa . El «sonsolico», escribió, es un personaje diario que mariposea a nuestro alrededor, al que no damos casi ni importancia: «un paticas de lana que va recorriendo los caminos de la vida sin dejar grandes huellas pero que cuando se marcha para siempre nos sirve de referencia: como dijo....» Escribió Spa que el personaje caminaba lento y casi torpe y que con las manos en los bolsillos iba tapando su frío y su timidez.

«El espíritu de los españoles sufre el torrencial de la Democracia que estalló tras la tormenta. Oteábamos nimbos que barruntaban fuertes tormentas», editorializó El Faro pidiendo que «los esparadrapos» contra la libertad no los pudiera poner nadie, tampoco que otros dijeran a quién había que ponérselos. «Que en lugar de ir buscando leyes que aten –decía– entonar soluciones que brillen. Y si este no es el camino, digan ustedes por dónde tiene que arder el puro, no sea que alguien se queme».

Escribió José María Hernández Auger que no le importaría que le llamaran «cuentista», porque en el más honrado sentido de la palabra, era él una persona que vivía o intentaba vivir del cuento. También que el día de mañana se veía sentado en un puerta tomando el fresco en verano si, entre tanto, no se metía por medio una moto curiosa por los marmolillos o un infartico de esos tan corrientes.

La Alcoholera se inundo de gente para escuchar a Carlos Cano, que repitió en Motril y triunfó con sus canciones y su fama andalucista.

Tras treinta y dos días de papado murió Juan Pablo I. Los cardenales Tarancón, González, Jubany y Bueno Monreal coincidieron que la humildad fue una pieza clave de su cardenalato y de su pontificado y en que devolvió alegría y esperanza a la Iglesia. «Quizá, afirmó Bueno Monreal, ha mu**to bajo el peso enorme de su responsabilidad».

A los setenta y cuatro años murió Sor Pilar Serrano Hurtado, hermana Mercedaria de la Caridad del asilo San Luis desde hacía doce años. Desde 1975 anduvo enferma y para sus cortos desplazamientos por los pasillos de la clausura había de usar una silla de ruedas. Tomar el sol o pasear por el jardín eran lujos difíciles para Sor Pilar porque la residencia carecía de ascensor. A pesar de los esfuerzos, y la buena voluntad de algunos, la justicia no había llegado aún al viejo asilo de ancianos.

Durante los preparativos de su concierto en el campo de fútbol Escribano Castilla, Miguel Ríos presentó una tarjeta manuscrita a Pedro Moreno, conserje del Estadio Municipal, en la que una primerísima autoridad local autorizaba a serrar una de las porterías porque estorbaba para el montaje del escenario del espectáculo La Noche Roja que presentaba el cantante granadino. El bueno de Pedro Moreno, pese a ser la misiva de quien era, le dijo al cantante que sí, que bueno, pero que antes le llevaran la meta por la que habría de sustituirse. Todo quedó como estaba.

El dramaturgo José Martín Recuerda dijo que su teatro tenía una estética anarquista, que perseguía un sentido progresista de la vida –quizá inspirado en los evangelios– y que por eso había chocado con las posturas reaccionarias e hipócritas de la sociedad. El autor descubrió que siempre escribía lleno de terror «porque estás tocando vidas humanas» y que cuando se ama mucho choca uno con la sociedad.

Alfredo Amestoy contó que en la serie Los Botejara le cortaron lo diez segundos en los que aparecía con un pr********vo en la mano y que los rasgos que definían a los Botejara eran el desarraigo, la dispersión, el descreimiento y la ruptura. El escritor Vázquez Montalbán dijo que la España de los Botejara de TVE se parecía a la real, que el que se rasgue las vestiduras ante esa comprobación es que no sabe el país en el que vive.

José Pedrosa Guillén sentenció que quien pretenda romper las tradiciones religiosas está equivocado; que la derecha local es inteligente; que si no fuera por los Grapo la imagen del PCE ganaría enteros, porque hay muchos interesados en presentarlos como «hombres lobo que traen espadas y cuchillos escondidos»; y que su partido tiene rivales pero no enemigos políticos.

Hubo tres heridos graves tras arder una vivienda en Salobreña por la explosión de una bombona de butano. El fuego y la deflagración afectaron a tres viviendas y varios vehículos. Según algunos vecinos de la calle Juan XXIII pudo ser provocado por un hombre en estado de embriaguez. Un testigo relató que el presunto responsable corría con las ropas ardiendo y que lo encontraron poco después en el camino de Motril. «Mi marido llegó sobre las ocho de la noche –relató la mujer del sospechoso– cerró la puerta y dijo que de allí no salía ni Dios y que tampoco abriría a nadie. Yo estaba con la más pequeña poniéndole el pijamilla. Venía achispao. Le dije que abriera la puerta para que entraran las niñas y él se empeñó en que no. Entonces le dije que tenía que salir a comprar aspirinas y él dijo que el que saliera no volvería a entrar. Salimos y cerró la puerta. Era la una de la mañana y todos estábamos en la calle. Entonces pasó eso: explotó y cayó la casa».

En El Faro en el asilo de San Luis, Sócrates-Juan Mateos describió cómo, antes de entrar, llamaba la atención la gran muralla que separaba el asilo del movido ambiente ciudadano. El edificio, en pie desde 1880, había sido hospital municipal para pobres y necesitados y tenía sesenta ancianos residentes. «Hay mucha paz entre sus paredes –decía la crónica– y la vida parece que se desarrolla a ritmo más lento. Los ancianos han pausado su vivir y el edificio ofrece, con dos pequeños huertos a cada lado, la imagen suavemente triste del asilo».

Ha mu**to un genio, escribió Arcosán y Hnos tras la muerte, en la madrugada del 9 de octubre de 1978, de Jacques Brel, el poeta y cantante belga autor de Ne me quite pas. Dijo también que Brel merecía un artículo, una ovación y un respeto.

«El amor a la riqueza/nos impone la tarea/de explotar, sacar los cuartos/a todo el que nos rodea. /Así hemos visto crecer/como crecen los pepinos/unos cuantos capitales/entre nuestros convecinos», satirizó José Rodríguez Campos.

Emilio Linares, abogado y colaborador de EL FARO, escribió en Seamos anarquistas que el proyecto de Constitución parecía redactado por un grupo de señores que no tenían la más remota idea de a qué estaban jugando, que lo que estaban haciendo es un mal guiso con un puñado de malos cocineros y favorecer el libre fornicio de la clase dominante.

Tras tres años de mandato, José Molina Navarrete, alcalde-puente de la Dictadura a la Democracia dijo que si servir y sacrificarse es ser socialista quizá el fuera un alcalde socialista aunque no estuviese afiliado y que el alcalde de Motril tenía que ser Pepe y no don José.

Una noche fue sorprendida la gente del Puerto con la llegada de grandes camiones que, se supo luego, transportaban más de una tonelada de explosivos y municiones de fabricación española con destino no confirmado oficialmente. Hasta cuarenta camiones llegaron escoltados por la Guardia Civil. El amarre de levante del recinto portuario estuvo fuertemente vigilado hasta la partida en la madrugada del sábado del «Pep Orient», un barco de bandera danesa. Una fuente fiable contó a EL FARO que el destino de las armas era un puerto del golfo de Adén, posiblemente Yemen del Norte o del Sur; otros medios publicaron que iba a la Argentina. Los trabajos de carga fueron intensivos. Un trabajador dijo que había ganado quince mil pesetas en dos días. El personal del puerto estuvo muy controlado en todo momento y no se permitió la entrada de personal ajeno al recinto. Paco Peña, fotógrafo de EL FARO, tuvo que realizar su trabajo a más de doscientos metros. Sus fotografías no se publicaron hasta comienzos de 1979.

Paco Martínmorales, uno de los humoristas gráficos más reconocidos de España, recordó que, aunque sin cobrar, empezó en El Faro en 1965. Confesó su miedo cuando llegó por vez primera a la redacción del semanario y dijo que en los Tribunales lo pasa muy mal.

En Los pretorianos del alcalde escribió Paco Pérez de los años del caciquismo. Relataba que el ayuntamiento era una ficción, con concejales de «a duro», que tenían la obligación de vestir levita durante las procesiones y de firmar las actas de las sesiones municipales antes de que se celebraran; y concejales de «a diez reales», también llamados «de chaqueta», generalmente miembros de familias venidas a menos.

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