23/05/2020
ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ (I)
Se va a Madrid Pepa en invierno, con veinte años y un secreto embarazo de tres meses. La contrata el centro de Programas de la Cadena Azul de Radiodifusión, que fue una radio escuela para ella, que él, que está en el poder de entonces, le dice que promete mucho en la radio, que es su futuro, que debe hacerlo hasta que las cosas se aclaren, lejos del cuchicheo del pueblo, que ya se sabe las gentes: a s**o con la vida de los otros, tiburoncitos. Once años mayor que ella él, un pincel falangista, un hombre de mundo que deslumbra a Pepa, que se portó.
Ha puesto siempre Pepa un muro en la memoria de aquellos tiempos. Los detalles se diluyen como pompas de jabón malo. La mirada al otro lado, para evitar heridos, que es lo último un parte de dolor al cabo de cincuenta años, que todo es amor y luz ahora, escarcha en verano.
El plan en Madrid es aguantar hasta que sea evidente y se abra una ventanita. Pero mamá dice que quiere visitarla, que entonces ir a Madrid es la aventura, que el Despeñaperros es como el Cáucaso, el eco del pequeño ruiseñor por las cumbres, el comienzo y el final del verano de media España en un seiscientos azul, la noche en Bailén, la comida en El Rana Verde de Aranjuez, quizá tortilla de espárragos y agua con gas, y el lunar de mamá. Pepa se adelanta a mamá María, que la conoce y es de escaso meditar, al vuelo todo, y vuelve a Motril por unos días. Madrid, Granada, Motril a través de la ventanilla. Todo es reconocible: el viejo asfalto, el olor a fuego de los pinos, el salitre del aire, el perezoso fluir del Guadalfeo.
Duerme ella con su madre y no nota nada mamá, ni una sospecha. Le dice, sí, que ha engordado algo y Pepa se excusa: que es el cambio de aguas, mamá, que el cuerpo se resiente, y el clima seco duplica el hambre, además, eso. El secreto embarazo del que sólo sabe la pareja, que nada de nada cuentan a nadie en aquel país mojigato de entonces, que ahora los chicos saben latín. Que es lo que tienen las generaciones, que crees que no pasará y la vida te atropella y te sientes antigua, así, de pronto, ajadita y de ayer.
Pepa es hasta entonces una niña ingenua, tonta, tonta, que cuando mamá María está embarazada de su hermana Encarnita, Pepa con catorce, sabe que está mamá preñadita, que el niño está, pero cree que lo ha puesto la cigüeña, que estuvo un tiempo mirando a ver si llegaba. En la noche se ovilla en el sillón y se duerme y le da rabia y vuelve a la cama y mamá la ve de reojo y se ríe, la niña. Un año atrás, durante un campamento de la Sección Femenina le viene la regla y se calla del susto porque no quería que le dijesen cateta, que nunca has viajado y no sabes nada, cateta tonta, eso creía. Aquel viaje a Torremolinos tan de bailes, deporte y sus labores, se le hizo interminable. Y eso que está desarrollada Pepa, que se ven las hechuras de mujer grande y exhuberante, que el cuerpo está en la juventud pero la cabeza en la niñez y el juego, en el teatrillo del patio. Pero mamá, hay que ver, que nunca le dijo, ella que era una mujer tan moderna para su tiempo, tan a la contra, y no le dice ni mijita: nada de mira, Pepa, te pasará esto un día u otro, y haz esto y no pienses que te mueres, hija, que es la vida. Pero, no, mamá calló. La ignorancia. Y ahora mira, preñadita de él, la primera y ya, tonta más que tonta. Ya ves.
Pepa aguanta en Madrid hasta que llega el verano, que es el calor más el asfalto y los coches y millones de personas yendo y viniendo, y ella tan sola. Que abandonó la residencia de Guzmán el Bueno, que es cara y escandalosa, y responde a un anuncio de ABC y se va a vivir con una familia de Canarias que alquila habitaciones. Está la casa en Moratines cinco, a nada de Glorieta de Embajadores, que a Pepa le parece que allí es como estar un poco en casa y hacerse invisible. Es un piso muy grande, de techo alto y un balcón modernista de doble esquina. Hay dos chicas más de alquiler, que son como familia, lucecitas.
Parece que Pepa va a diario de Moratines a su trabajo en la Productora pero en realidad, desde hace treinta y siete días se dedica a dar paseos interminables por Madrid, dejándose llevar como un papelito, buscando la sombra bendita de los bancos, un cafecito en Gran Vía, llorando contenida por el Retiro, que en llorar sin hacer ruido pasa todo el día hasta la hora de comer, que es la hora del disimulo. Manda a casa Pepa cartas con membrete de la radio en las que escribe tantas mentiras como puede: el trabajo, la vida, Madrid, divino papá, divino, si estuvierais aquí, que viene Palomo Linares y después El Cordobés, papá, que cuánto aprendo y qué buenos maestros y qué medios. Se viste Pepa de paz y hace acopio de sobres y cartas oficiales de la CAR, para escribir sus cartas de letra redondilla con la pluma de tinta añil regalo de papá.
Se desarma Pepa cuando ve que ya no puede ocultar el embarazo a pesar de aquella enorme faja, que con aquel calor era un cilicio, la cabeza dolorida con el escándalo que se va a armar más bien temprano y lo que iban a pensar en casa y en el pueblo, y aquellos sudores fríos, y el miedo a que llegue la noche, mamá.
Entra al mediodía en la iglesia de Embajadores, cerquita de casa, que es una decisión mamá María de ahora ya, vamos, porque necesita gritárselo a alguién, que es como si no le llegara el aire. La umbría, el eco y el corazón como una máquina de coser. Se acerca a un cura que sale del confesionario en ese momento, un cura de sotana pulcra con mucha prisa, abombado el faldón como una campana. Que si puedo hablar con usted, padre, le dice Pepa, que qué es lo que quiere, que qué quiero, qué quiero, padre, pues confesión padre, eso, pues dígame lo que sea que tengo prisa, mujer, que me voy. Pepa le cuenta lo de aquel preñado que apenas se le nota entre la faja y la ropa ancha, aunque apenas está gorda Pepa, que fue también como una respuesta sicológica, que luego el embarazó de Nathalie, su segunda, fue una barriga como un par de maletas, pregonando orgullosa su madre, como un desquite, ya ves. Lo cuenta compungida Pepa a aquel curita, y lo dice rápido, rápido, que después de tanto silencio no puede parar, y es como un vómito, liberada también. Es así como ver tierra esa confesión, la boca seca del náufrago, el corazón en las manos, un pajarito en la voz, desnudita.
Y el cura que dice que eso se piensa antes, hijita mía, vaya, que sí que se dio prisa usted, mujer, vaya, que yo no tengo tiempo ahora, que si quiere la confieso más tarde, que es mi rato del desayuno y adiós o hasta luego, y sale volando como si le empujaran, murmurando. Aquellos hombres de iglesia huevones de la antigua escuela, que ha habido tantos, apóstoles del miedo.
Es un latigazo para Pepa. Va por la calle noqueada, torpe, medio ciega, boqueando, y encima ese calor de Madrid en agosto y la gente riendo y el ruido inacabable y la sensación de fracaso, y el miedo, temblando como recién parida. Y piensa entonces que mejor acabar, acabar de verdad, así, de golpe, como otro latigazo, como un disparo,bang, sí, bang y adiós. Quizá en el metro, piensa Pepa, quizá, quizá, Dios, que me quiero morir, sueña. Y baja al metro lenta, convencida, las manos de mármol, aunque, en el fondo, espera Pepa una señal que la salve, quizá, quizá el miedo, sí, eso. Y llega al andén Pepa y mira al suelo y luego sube la mirada y ve a la gente que se abraza y se besa y habla y ella tan invisible, que la gente la atraviesa, y entonces, sí, se palpa la barriga Pepa y luego se acaricia durante un instante de cinco minutos y Pepa dice hola, amor, no te preocupes, que saldremos adelante, hijo, verás, perdona.
Pepa sale al trote de la estación y llega a la habitación de casa y se tumba en la cama y llora, llora, llora hasta que llama suave Benigna a la puerta. Que si te pasa algo hija, pero niña por Dios, que le cuente, que de dónde te viene ese dolor, niña, le dice y se la lleva al regazo y la abraza como la madonna del niño, todo ternura. Y Pepa dice entre, entre, entre, y Benigna le suplica pero niña dime qué pasa, no me voy hasta que me lo cuentes, que ella, la dueña de la casa atenta a los pequeños detalles, ya sospechaba por la actitud de Pepa: que no sale con nadie, que del trabajo a casa, los llantos sin cuento, repentinos como los males de amor, quizá algo peor. Y Pepa le cuenta todo, todo: el hijo, el padre, el pueblo del que viene, la soledad como de huérfana que tiene adentro y lo del cura cruel de entrañas tonsuradas y azufre.
Recuerda Pepa a Benigna y llora dulce y dice que no es nada, que se le pasa, que no me preocupe, que aquello fue un rayito como un trueno.
Benigna le aconseja que se lo diga a sus padres pero Pepa le dice que no puede ser, que es impensable eso, que además ella tiene ya la mayoría de edad, los veintiuno que acaba de cumplir en Madrid, también los ocho meses de embarazo. Benigna la escucha como una madre mientras va llegando la noche, que es como un descanso en las películas de antes, casi la paz de los bocadillos de tortilla de cebolla de mamá María. Benigna le dice que no se preocupe, que aquella es su casa y su castillo, que no la dejarán sola, que se ha hecho querer Pepa, que ayuda a Benigna en todo lo que puede porque el piso es grande y hay recuerdos aquí y allá y es un no acabar.
Está también en Moratines cinco la inquilina Lucy, que fue una hermana, que será madrina del niño Joaquín. Por ahí guarda Pepa una foto de ella por entonces. Es una joven finísima Lucy, primogénita del Gobernador Civil de Toledo y tiene a su novio Joaquín, tan galanote a lo Clark Gable.
También Amparito, que de niña se quemó parte de la cara con un brasero mal apagado, que se prendió fuego el faldón y una llamarada azul le mordió como una víbora. Amparito, con su isla púrpura entre la mejilla y el cuello, fue también una bendición para Pepa, con aquella voluntad de hierro que tenía. Se volvió a Zaragoza antes del nacimiento del niño Joaquín, que hubiera querido quedarse pero no hubo remedio y cogió El Talgo en Atocha y no vuelven a verse más, que le deseó lo mejor Amparo, que le escribiera y le contara, que una amiga, ya ves, la vida.
Lucy y Benigna la acompañaron en el parto de septiembre, apenas treinta días después. Es en una clínica privada, la clínica de un médico íntimo de él. El parto es a la contra. Pepa pierde mucha sangre, que si llega a morir no se entera nadie, mamá, que se pone malísima Pepa, la piel como el alabastro. La criatura venía mal colocada y tuvieron que anestesiar a Pepa con gotas de éter en una mascarilla, como en el orfanato de los Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra, con sus manzanas rojas y las normas de la Casa de la Sidra y aquellos hombres buenos. Y poco a poco se le va la consciencia a Pepa y entra como en un paraíso de planetas como manzanas, aunque estuvo más cerca de morir que de salir adelante, que el médico amigo dice que ha sido un parto difícil y que no las tuvo todas consigo, que pudo haber pasado, ya ves.
Pepa y él han acordado que, tras el parto, ella mandase un telegrama en clave a la radio. Y así lo hace, liberada y melancólica cuando le vuelven las fuerzas. Llegó al día siguiente él. Y allí se queda hasta que Pepa sale del hospital una semana más tarde, que quedó tan débil que los médicos aconsejaron reposo, que ella casi no puede moverse y mira a su niño, a su varoncito, que es como si hubiera firmado la paz con el mundo Pepa, que respira hondo, el aire recién estrenado.
Días después se acerca Pepa de nuevo a la iglesia de Embajadores, el niño en brazos con su mechoncito rubio al viento, para solicitar el bautizo del niño Joaquín. Les recibe un cura serafín, un angelote con sotana al que Pepa cuenta. Aquel hombre se apiada y le sonríe y le dice que qué pena que aquel día no hubiera estado él, que Dios la ama, que sin problemas, que ahora mismo, que la paz sea contigo, y Pepa lo abraza.
Después del Bautizo, Pepa y él, la madrina Lucy y su novio Joaquín, el padrino, celebran con un whisky en un barecito y luego con unos pocos aperitivos en casa de Benigna. Es una tarde de Otoño en Madrid. Hay una luz cálida en el salón y se oye suavecito una canción de Luis Mariano.
Extracto de ALGUNAS COSAS QUE NUNCA CONTÉ, de Javier Bienvenida. Edición de Grupo Barataria. 2016. Pedidos: www.libreriarioebro.com. Puntos de venta en Motril: librería Río Ebro, librería Evasión, librería Futuro y kiosco Las Palmeras. En Salobreña y Almuñcar: 1616 BOOKS y Nautilus.