27/04/2026
TRUJILLO EN LLAMAS DE ORO
Cuando el sol agoniza sobre Extremadura, no muere: se derrama.
Se derrama sobre las torres milenarias como miel ardiente, como si el cielo entero quisiera ungir con luz lo que la piedra guarda desde siglos. Las murallas resplandecen entonces con un fulgor que no es de este mundo —o quizás sí, quizás es exactamente de este mundo, pero del mundo tal como debería ser siempre.
En esa hora dorada, Trujillo deja de ser ciudad para convertirse en visión. Las torres se alzan no como obras humanas, sino como dedos de gigantes antiguos señalando un pacto eterno con las estrellas. La piedra extremeña, curtida por mil veranos, bebe la luz poniente y la devuelve transformada: oro, ámbar, sangre de dragón.
Y en los bordes de cada almena, donde la realidad se deshilacha, comienzan a brotar los sueños. Pinceladas invisibles trazan en el aire estandartes que ningún viento mueve. Sombras de conquistas que viajan aún hacia el horizonte. El eco de cascos sobre empedrado que resuena entre los siglos como música.
Trujillo no recuerda la Historia. La vive. Eternamente.
Imagen Francisco Chuty Mediavilla