05/08/2023
Barbie es tendencia, ya lo saben. Así que, antes que nada, quiero aclarar que todo: guion, casting, y ni qué decir la estrategia de comunicación, es de un magistral diez sobre diez. Un manual de estudio para la persuasión de la A a la Z. Pero, ¿es justo quedarse con únicamente con eso?
Mattel ha buscado hacer las paces con aquellas mujeres que alguna vez tuvieron muñecas y ahora, un poco más conectadas con algunas ideas feministas, tienen hijas.
Busca limpiar un pasado forjado sobre el ideal de una mujer profesional de curvas inhumanas con la pretensión de su (falso), empoderamiento. Y eso, justamente eso, es lo que más me molestó de la película.
No solo se trata de la banalización absoluta de uno de los conflictos más importantes del planeta tierra, y el funcionamiento corrupto de un sistema que sigue como si nada, incluso de manera más eficaz (nota especial para la película, cuando Ken le dice a un hombre, en el “mundo real”, que si el patriarcado ya no funciona, a lo que el tipo le responde que funciona mejor que nunca, solo que ahora saben disimular mejor), sino que el 90% de la historia transcurre en Barbielandia. Ken, que casi se hace con la presidencia, Barbies que pierden su pensamiento independiente, etc. Cuando el personaje de America Ferrera presenta un alegato grandilocuente, ante un grupo de muñecas desorientadas, donde enumera las penurias de ser una mujer en el mundo real ¿qué pasa? Que se te cae una lagrimita (bueno, a mí no), Ken pierde su poder, y las Barbies, hermosas y de cutis de porcelana, vuelven a tener sus vestidos inmaculados y sus profesiones imposiblemente brillantes, en un mundo sin violencia y feliz. Es Barbieland, claro, porque el mundo real, la cosa sigue exactamente igual que siempre. Nada de allí es cuestionado o modificado en la película.
¿Qué ha conseguido a Mattel? Un furor inusitado por los tratamientos estéticos para tener la piel de Barbie, un ejército de adoradores que ahora les tienen como la última panacea feminista, llevar sus ventas a récords históricos, convertir la brecha de género en una frase de sobre de azúcar, y demostrar, con una ejecución intachable, que es mejor si seguimos siendo muñecas en una caja.