09/08/2026
Últimamente he estado pensando mucho en por qué sentimos la necesidad de hacer nuestros sueños más modestos o “realistas” cuando los decimos en voz alta.
Como si querer una gran carrera estuviera bien, pero querer también ganar mucho dinero sonara superficial.
Como si hablar de propósito fuera admirable, pero hablar de éxito necesitara una explicación.
Como si aspirar a una vida extraordinaria fuera demasiado, cuando eres tú quien está dispuesta a trabajar (y a hacer cosas que quizá otros no) para construirla.
Yo quiero mucho.
Quiero una carrera de la que me sienta profundamente orgullosa. Quiero influencia, visibilidad, libertad e independencia. Quiero conocer el mundo, vivir experiencias increíbles, sentarme en mesas que hoy todavía me parecen lejanas y tener la capacidad de elegir cómo quiero que se vea mi vida.
Y sí, también quiero las cosas bonitas.
Los hoteles increíbles, las cenas largas, una casa que me encante, viajar mucho y bien, un Aperol con una vista espectacular un martes cualquiera…
No porque esas cosas sean la medida del éxito, sino porque tampoco creo que tengamos que fingir que no las queremos para demostrar que nuestra ambición tiene profundidad.
Para mí, querer más nunca ha significado pensar que lo que tengo no es suficiente. Significa saber que todavía hay muchísimo que quiero conocer, construir, aprender y vivir.
Y quizá crecer también sea dejar de sentir que tienes que justificarlo.
Está bien querer una vida grande, siempre que entiendas que los grandes sueños no son algo que la vida te debe; son algo que tú decides estar dispuesta a construir ✨