25/09/2021
LA SEGUNDA ESTANCIA DEL EMPERADOR MAXIMILIANO EN ACATZINGO, PUEBLA.
— Se expone vuestra Majestad á un tiro perdido y ¿ una muerte sin gloria.
— ¡A ellos!
Ya los húngaros llenos de cordones se habían adelan- tado al encuentro de los que llegaban; ya habían echado mano á los sables; ya estaban prontos á vender caras sus vidas^ cuando notamos que los que marchaban delante se abrazaban y hasta reían celebrando el chasco: era lcontraguerrilla francesa que venía á auxi-liar á la escolta del Emperador. Todo fué entonces salutaciones^ plánemes y chanzone-tfis; en cuanto á Su Majestad bajó del caballo tan sereno, tan firme y tan impasible como si no hubiera dejado de explicar las ignorancias de los botáni- cos europeos.
El día veinticuatro, domingo por cierto, dormimos en Acatzingo, en la casa del ventrudo y excelente señor cura. Su Majestad se levantó á buena hora, oyó misa, gratificó con un maximiliano de oro al vica-rio que la dijo, se desayunó con toda calma, y á las seis ordenó la marcha. Ya habían sonado las siete
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706 LA INTERVENCION
«Maximiliano, advertía un tercero, era la esperanza viva de que no nos comería el sajón; sólo él podía detener á los ejércitos de Grant y de Lee.»
Su Majestad contestó á todos aquellos entusiasmo» ofreciendo sacrificarse por la patria, ayudar á la patria^ servir siempre á la patria.
«Recordad, terminó, lo que os dije el último 16 de Septiembre; no está tan distante ese día que mis palabras os parezcan extrañas: «un Hapsburgo no retrocede nunca a la hora del peligro...»
Los vítores que acogieron la peroración del jefe repercutieron en la calle, de allí pasaron á la plaza y por todas partes no se oían sino aclamaciones á Maximiliano, á México y al imperio...
Cuando la casa y la ciudad quedaron en paz y nos congregamos á la hora de comer, Basch dijo satisfecho:
— No le dio hoy la terciana á Su Majestad.
Y Fischer, alzando los ojos al cielo, juntando y separando sucesivamente las manos, como si fuera á decir Dominus vobiscum, y con una unción que la hubiera envidiado el predicador panegirista de algún santo taumaturgo, exclamó encantado:
— ¡Pero qué bien, qué bien estuvo Su Majestad! Es un gran príncipe...
Y empezó á sorber con gran ruido y con más priesa las cucharadas de sopa caliente.
La Intervencion y el Imperio, Episodios Nacionales Historicos - La intervencion Pag.700-710.
POR Líc. De Victoriano Saíado Alvaro?
C. Ds LA Academia Mexicana de la Lbmqüa