02/05/2025
Un sueño que me sacudió…
¿Alguna vez has sentido que algo muy fuerte te pasa pero nadie más lo nota?
Te comparto este relato inspirado en lo que soñé:
La explosión que nadie vio
Iba manejando por la avenida, esa que ya me sé de memoria. La misma de siempre, la que he recorrido tantas veces que hasta podría hacerlo con los ojos cerrados: los baches mal parchados, los semáforos desincronizados, el olor a tortillas recién hechas de la esquina, y los puestecitos de gorditas que empiezan a sacar el anafre desde temprano. Todo estaba como cualquier otro día… hasta que, sin aviso, ¡madres!, una explosión a mi derecha sacudió el mundo.
No fue un ruido cualquiera, fue un estruendo seco, profundo, como si me hubieran tronado los huesos desde dentro. En un segundo, vi volar piedras, polvo, fierros retorcidos, y antes de poder reaccionar, yo también salí volando.
Todo pasó tan rápido y tan lento a la vez. Iba en el aire, con el cuerpo suspendido, sintiendo el vacío en el estómago. En esos segundos, lo único que pensé fue: “Que no venga un carro… que no me lleve uno de corbata”. Tenía claro que si caía mal o en mal momento, ahí iba a quedar.
Aterricé del otro lado de la avenida, azotando con fuerza contra el pavimento. El golpe fue seco, pero no sentí dolor. Primero me revisé: no había sangre, ni fracturas, y sí podía moverme. Pero por dentro… no estaba bien. Algo no cuadraba. Todo tenía ese tono raro de los sueños donde sabés que algo anda mal pero no sabes qué es.
Cuando recobré algo de claridad, me di cuenta que ya no estaba en la calle. Ahora estaba dentro de un taller mecánico. Era uno de esos viejos, con piso manchado de aceite, llantas arrumbadas en una esquina, herramientas colgadas en ganchos oxidados y un tufo a grasa y gasolina que se te pega hasta en la lengua.
Frente a mí había una mujer. No la conocía, pero tenía una cara que no me parecía del todo ajena. Me veía con calma, con esos ojos que te escanean sin apurarse, como si ya supiera todo lo que me había pasado. No dijo mucho, pero su presencia era suave, como si bajara el volumen del caos en mi cabeza. Me ayudó a levantarme sin decir una sola palabra que no hiciera falta.
Caminamos hacia la fosa del taller. Ahí unos trabajadores del municipio, con chalecos fosforescentes y cascos mal puestos, intentaban sacar una moto hecha pedazos. Yo me quedé viendo el cuadro y sentí un tirón en el pecho. ¿Una moto? Pero si yo venía manejando… ¿un carro? ¿una moto? ¿o ambas?
Empecé a dudar de todo. La moto tenía el costado derecho destrozado, parecía recién sacada de un choque brutal. Pero algo no me cuadraba: yo estaba convencido de haber venido en mi coche. Entonces pensé: “¿Y si la traía en la cajuela? ¿O era prestada? ¿Y si ni siquiera venía manejando?”
Los vatos del municipio se reían mientras jalaban con flojera. Yo seguía hecho bolas, mirando la escena sin poder conectar los puntos. Todo parecía un chiste para ellos, pero yo andaba bien sacado de onda. Esa mezcla entre confusión, miedo, y la sensación de que te están ocultando algo que ya deberías saber.
La chava seguía a mi lado. No me decía nada, pero no se despegaba. Me tranquilizaba nomás con estar ahí. Salimos del taller y cruzamos la calle. Caminamos al lugar donde, según yo, había sido la explosión. Pero ahora, en vez de escombros o humo, había una especie de olla improvisada, hecha con medio bote oxidado, y adentro unas carnitas burbujeando en grasa.
El aire olía a carne, tierra y metal. Todo era absurdo. A mí todavía me zumbaban los oídos de la explosión, y ahí estaban unos vatos cocinando como si nada hubiera pasado. Me acerqué a una casa polvosa que estaba justo detrás. Tocamos la reja y salió una señora de esas que se visten como si fueran ricas pero hablan como si hubieran vivido toda la vida en la vecindad. Un aire entre altanera y corriente, con la ceja pintada de más y voz de que no se deja.
Le pregunté si sabía algo, si había visto qué pasó con la explosión. Se me quedó viendo como si le estuviera contando un cuento, como si todo lo que yo decía fuera producto de mi imaginación. “Aquí no ha pasado nada”, dijo, levantando la voz como si el simple hecho de preguntar ya la ofendiera.
Sentí un vacío feo en el pecho. Nadie más hablaba de la explosión. No había ruido, ni ambulancia, ni policías, ni un solo testigo. Era como si yo hubiera soñado todo… pero el cuerpo todavía me dolía, y el miedo seguía ahí.
Me miré las manos, el pantalón lleno de polvo, las uñas negras. Esto pasó, me repetía por dentro. No puede ser que sólo yo lo haya sentido. Me sentí invisible, como un loco que acaba de vivir algo tremendo y al que nadie le cree.
Volteé a buscar a la mujer, y ahí seguía. Nunca se fue. Me miraba tranquilo, con esa cara que no juzga. A veces volteaba a ver a los demás, como si supiera que no me iban a entender, pero aun así se quedaba. Había algo en ella que me hacía sentir que no estaba tan solo.
Entonces me cayó el veinte, sin ruido, como una piedrita que cae en el agua y hace olas: lo más ca**ón no fue la explosión…
Lo más ca**ón fue que nadie más la vio.
Y ahí fue cuando entendí que hay golpes que no dejan moretones, pero que se te quedan bien marcados por dentro. Que a veces la gente no ve lo que te truena por dentro. Que puedes volar por los aires frente a todos y aun así, seguir siendo invisible.