Mi tía, la mayor, la protectora de sus padres y seis hermanos, la previsora, la que se abre camino, quiso ganarle la espalda a la catástrofe y consiguió un molino manual con el que planeaba alimentarnos a todos con nueces y semillas cuando nos viéramos imposibilitados de salir al exterior. Hace unos años, mi tío, el tercero, el artista, el que nos asustaba de niños con historias de terror, el que
subió a mi hermano a la azotea para que lo abdujeran los extraterrestres, encontró el molino en un rincón de la casa de mis abuelos y tal vez con el fin de experimentar el arte en un nuevo formato, pasó avellanas por él y nos dio una razón más para abandonar las dietas que atormentan a toda la familia. Ahora en 2020, en casa y viviendo tal vez el verdadero fin del mundo, cuando ya empieza el frío y los diluvios universales, como cada año desde entonces, hace crema de avellana artesanal ya no con el fin de proteger a nadie, si acaso querrá compartir con nosotros un poco de arte para que cuando el año llegue a su ocaso lo único que se acabe sea el nuevo frasco de 250 g que de todas maneras nunca es suficiente." Ana Mary, la sobrina que se echa sus choros, la que gusta de ventanear(se), la que disfruta lleva la contra (hasta al asesor de marketing), la que ríe mientras escribe.