En un minuto 23 familias salieron con sus carritos cargados de despensa. En todos ellos, los productos estaban contenidos en al menos 184 bolsas de plástico. Desde este momento el futuro de cada bolsa de plástico será incierto, pero casi siempre dañino para el medio ambiente. Algunas tendrán un doble uso. Las amas de casa las emplearán para tirar y clasificar la basura y los hijos guardarán su lon
che en ellas. Unas serán recogidas por los camiones de la basura y depositadas en los rellenos sanitarios. Otras, en cambio, acabarán en contenedores a cielo abierto o en las esquinas de las calles o en los parques; luego volarán y se atorarán en la rama de un árbol o serán rasgadas por un perro o un roedor. No serán pocas las que taparán el alcantarillado y, en época de lluvias, contribuirán con los encharcamientos y las inundaciones en las ciudades. Unas más, que no serán las menos, viajarán por el desagüe hacia un arroyo. Y las restantes serán tiradas en las playas y arrastradas por las olas a los océanos. Ahí, en el mar, las bolsas de plástico pondrán en peligro la vida de 260 animales marinos que se las comerán o terminarán enredadas en sus cuellos; los asfixiarán. “Las tortugas marinas, por ejemplo, las confunden con medusas y se las comen hasta ahogarse. Las bolsas de plástico son una trampa mortal para cientos de especies. El año pasado en una campaña de limpieza que hicimos en las playas de Cancún en sólo tres horas recolectamos 600 kilos de basura y 90% eran diversos tipos de plástico como bolsas y botellas”, explicó Beatriz Bujeda, directora del Fondo Internacional para la Protección de los Animales y su Hábitat