20/05/2023
“Tus miedos siempre serán el alimento de tu odio. Aprende a controlarlos.”
Un hombre, requiere más coraje para adentrarse al abismo de sí mismo que para ir a la guerra (1), pues uno está más dispuesto a realizar un gran y enorme sacrificio pero no pequeños y constantes sacrificios (2); cuando la muerte llega uno ya no es, y cuando uno es la muerte no puede ser (3).
Entonces, adentrarse y profundizar en los más oscuros rincones de uno mismo no solo resulta ser lo más difícil, sino también lo más incómodo (4). Y es que el sí mismo, eso que nos hace ser en su totalidad, está tan bien oculto que cuando creemos que lo hemos encontrado resulta que ni si quiera es él, sino lo que nos han dicho otras personas que somos (lo que hemos creído que somos).
Nos adentramos a las penumbras, y solo vemos sombras y figuras que dan tintes a una parte distorsionada de lo que somos, mientras ignoramos los claros signos de nuestra complejitud, aquellos que se ocultan y que se revelan entre las máscaras, los miedos, los placeres y los vicios. Todo es un reflejo de nosotros mismos, tanto lo que amamos como lo que odiamos.
¿Cuándo nos hemos puesto en verdad tanta atención?
Es por eso que necesitamos convertirnos en dragones, para ver claramente lo que a simple vista no podemos observar y que tampoco podemos evidentemente soportar. No esperemos a golpear el hierro hasta que esté caliente, sino que necesitamos calentarlo con nuestros propios golpes (1).
Solo ahí comprendemos nuestra propia naturaleza, nuestra propia sabiduría, sino que también podremos conocer algo que ni los dioses ni las estrellas pueden imponernos: nuestro destino.
“Aquí el hombre se convierte en dragón. Tener hambre, tener sed es el punto de partida, ser Satanás es el punto de llegada.”
— Azael