05/03/2026
Como perfeccionista en deconstrucción, quería estrenar mi primer post con un texto digno de premio literario imaginario en redes sociales.
Como acto de rebeldía, decidí hacerlo desde el lugar más inesperado (para mí, que vengo aquí una vez al año).
Mientras estoy en una sala de espera para una cita médica de rutina, leo la puerta de vidrio, como experta lectora de etiquetas de shampoos (cuando el Kindle no está a la mano, pero también quieres bajar el asqueroso tiempo de pantalla del año pasado y, voluntariamente, no llevas el teléfono).
Lo que leo son los nombres de todas las doctoras que dan servicio en este hospital.
Todas mujeres.
Pienso en sus carreras; en los obstáculos, acosos o desaires que les habrá dado el mundo de la medicina.
Mientras las imagino contándome apasionadamente en una conversación íntima, me llega el retortijón mental que me da cada que escucho a una mujer increíble hablar de esos momentos en los que dudó de ella misma; en los que se vio inmovilizada por el “síndrome del impostor”, le llaman.
Y no tengo problema con el concepto; me parece muy útil.
Lo que me hierve la sangre es ver la profundidad de nuestras heridas (de mujers), por las que no somos capaces ni de nombrarnos en el “síndrome” que padecemos.
Hasta que leí **El síndrome de la impostora**, de Elisabeth Cadoche y Anne de Montarlot, entendí la deuda histórica que nos ha dejado la invisibilidad lingüística a la que tan acostumbradas estamos: no ser nombradas; tener que descifrar nosotras si la indicación me incluye o no desde que tengo 5 años:
“todos los niños que terminen de colorear pueden salir a jugar”…
¿y las niñas también?
Aun existiendo una palabra en español para nombrar esa insuficiencia: impostora. Quizá de eso se trata empezar a ser sinvergüenza: de nombrarte bien, aunque al miedo a desagradar le encante ponerse creativo.
“Pero, mija, impostor es una forma “neutral” de decirlo”.
Ese es el problema: es aún más profundo que solo nombrarnos.
El síndrome del impostor, en masculino, ya trae privilegio.
Y aquí es donde mi trabajo me lo grita muchas veces: ese privilegio también se viste.
La impostora no solo duda de su voz; duda de su derecho a verse.
Por eso busca ropa: correcta, a la moda, en tendencia.
Que no incomode. No provoque. No haga ruido.
La que se siente impostora tuvo que enfrentarlo desde que nació: con existir ya no era suficiente para un sistema patriarcal que sigue vivo.
Y ya, como no quiero ser la única que siente este retortijón cada vez que una mujer se nombra a sí misma como IMPOSTOR, te comparto la incomodidad para que a ti también te den ganas de evangelizar; a quien se te atraviese: en un post, en la calle, en tu próxima reunión familiar.
**Posdata sinvergüenza**
Hermana, ve con una gine.
Qué weba explicar cómo se sienten las contracciones del útero en un mes pesado de cólicos.
Nunca tendrá mis 25 puntos alguien que lo aprendió del libro rancio y desactualizado; que sí, la que también estudió el libro rancio, pero tiene la experiencia de vida de un cuerpo como el tuyo.
Just saying.