22/09/2026
EL PERDÓN EN IOM KIPUR: NO ES OLVIDAR, ES DEJAR DE VIVIR BAJO EL DOMINIO DEL DOLOR
Cuando hablamos de perdonar en Iom Kipur, tenemos que comenzar con una pregunta muy humana: ¿cómo perdono a alguien que realmente me hirió? Porque perdonar no significa decir que no ocurrió, ni fingir que no dolió, ni declarar que aquello estuvo bien. La Torá nunca nos pide llamar bueno a lo malo. Entonces, ¿qué significa realmente perdonar?
La respuesta judía es mucho más profunda: perdonar no es borrar el pasado; es impedir que el pasado siga gobernando nuestro presente y nuestro futuro.
La Torá dice: “Y será este para ustedes un estatuto eterno: en el séptimo mes... afligirán sus almas” y después: “Porque en este día hará expiación por ustedes para purificarlos de todos sus pecados; delante de Hashem serán purificados” (Vayikrá/Levítico 16:29-30).
Observemos la palabra que utiliza la Torá: “purificarlos”. Iom Kipur no solamente habla de castigo o de culpa. Habla de limpieza. Hay cosas que hemos hecho, cosas que otros nos han hecho y experiencias que se han quedado dentro de nosotros. Iom Kipur nos invita a preguntarnos: ¿qué voy a seguir cargando y qué estoy dispuesto a entregar delante de HaShem? Y aquí aparece una enseñanza fundamental del judaísmo: el perdón no es una sola acción; es un proceso.
La tradición utiliza diferentes palabras relacionadas con el perdón y la expiación, entre ellas selijá, mejilá y kapará. Podemos entenderlas como tres dimensiones espirituales del proceso, aunque no debemos confundir estas asociaciones con una etimología estricta.
Selijá nos habla del acto de perdonar. Pero hay algo muy profundo aquí: cuando una persona se niega a perdonar, muchas veces piensa que está castigando al otro. Sin embargo, puede terminar castigándose a sí misma. El acontecimiento ocurrió una vez, pero cada vez que lo revivimos con odio, resentimiento y deseo de venganza, volvemos a permitir que aquello ocupe un lugar en nuestro presente.
Por eso, perdonar puede significar decir interiormente: “Lo que ocurrió no lo puedo cambiar, pero voy a decidir que ya no tendrá autoridad sobre mi vida.”
Esto no significa que la persona que nos hizo daño quede automáticamente rehabilitada ante nosotros. Podemos perdonar y, al mismo tiempo, establecer límites. Podemos soltar el resentimiento y no volver a confiar de la misma manera. Podemos dejar de odiar sin volver a entregar nuestra vulnerabilidad a quien nos dañó. La Torá dice: “No odiarás a tu hermano en tu corazón” (Vayikrá/Levítico 19:17), e inmediatamente después: “No tomarás venganza ni guardarás rencor” (19:18). Y finalmente ordena: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Es extraordinario que la Torá no diga simplemente: “No hagas venganza”. También entra en el lugar donde se esconde el resentimiento: “no guardarás rencor”. Porque una persona puede no vengarse externamente y, sin embargo, continuar viviendo interiormente en la cárcel de aquello que ocurrió.
El resentimiento puede convertirse en una forma de permanecer atado a la persona que nos hirió.
Por eso, el primer movimiento del perdón es recuperar nuestra libertad.
Pero existe una segunda dimensión, que podemos relacionar con mejilá: no solamente dejar de alimentar el dolor, sino entrar profundamente en él para comprender qué ocurrió dentro de nosotros.
Y aquí debemos tener mucho cuidado. No todo sufrimiento necesita ser explicado diciendo “Dios quiso que esto me ocurriera para mi bien”. La Torá no nos autoriza a justificar el mal ni a minimizar el dolor de una persona. Hay sufrimientos cuya razón no conocemos.
Job es precisamente una advertencia contra las explicaciones fáciles del sufrimiento.
La profundidad está en otra parte: quizá no podamos cambiar lo que ocurrió, pero sí podemos preguntarnos: “¿Qué voy a hacer con lo que me ocurrió?” Eso transforma la pregunta.
Ya no preguntamos solamente: “¿Por qué me hicieron esto?”, sino también: “¿Quién voy a ser después de esto?” David HaMelej expresa esta posibilidad diciendo:
“Convertiste mi lamento en danza” — Tehilim/Salmos 30:12). David no dice que nunca existió el lamento. Existió. Lo que cambió fue aquello que hizo HaShem con él. El dolor puede permanecer como una cicatriz, pero una cicatriz ya no es una herida abierta. Y quizás aquí encontramos una de las grandes enseñanzas del perdón: perdonar no significa que el recuerdo desaparezca; significa que el recuerdo deja de gobernarnos.
Hay personas que dicen: “Yo perdoné, pero nunca voy a olvidar”. Quizá eso no sea una contradicción.
A veces recordar es necesario para aprender. Lo que debemos abandonar no es necesariamente la memoria, sino la esclavitud emocional al acontecimiento.
La Torá incluso nos ordena recordar determinadas experiencias precisamente para aprender de ellas. El problema no es recordar. El problema es vivir permanentemente dentro del recuerdo.
Por eso Iom Kipur no nos pide simplemente olvidar. Nos pide hacer teshuvá: regresar a nuestro centro, regresar a HaShem y regresar a la persona que verdaderamente queremos ser.
Y aquí llegamos a una dimensión todavía más profunda: kapará.
Kaparah no debe entenderse solamente como “hacer desaparecer” una culpa. En la Torá, la raíz aparece en contextos de expiación y purificación. En Iom Kipur, el objetivo final es que aquello que estaba contaminando nuestra relación con HaShem y con nosotros mismos pueda ser transformado.
Por eso, el verdadero perdón no termina simplemente cuando digo: “Ya no estoy enojado contigo.”
El nivel más elevado aparece cuando puedo decir: “Lo que me ocurrió no será utilizado por mí para convertirme en aquello que me hirió.” Si alguien me trató con crueldad, yo no necesito convertirme en una persona cruel. Si alguien me humilló, yo no necesito humillar a otro. Si alguien me traicionó, yo no necesito vivir desconfiando de todo el mundo. Si alguien me hizo sentir pequeño, yo no necesito hacer pequeño a nadie. Ahí comienza la verdadera transformación.
Y esto está profundamente relacionado con una enseñanza de nuestros Sabios. La Mishná en Yoma enseña: “Por las transgresiones entre la persona y HaShem, Iom Kipur expía; pero por las transgresiones entre una persona y su compañero, Iom Kipur no expía hasta que primero haya apaciguado a su compañero.” (Mishná Yoma 8:9).
Esto cambia completamente nuestra comprensión de Iom Kipur. No basta con venir a la sinagoga.
No basta con ayunar. No basta con decir Vidui. No basta con pedirle perdón a HaShem por haber herido a otra persona. Cuando hemos causado daño, debemos buscar reparación.
Y aquí aparece una diferencia fundamental: perdonar y pedir perdón no son exactamente lo mismo.
Cuando yo dañé a alguien, tengo la responsabilidad de acercarme y pedir perdón.
Cuando alguien me dañó, tengo la posibilidad —cuando esté preparado y cuando sea seguro hacerlo— de trabajar para liberarme del resentimiento.
La Mishná deja claro que la reconciliación humana forma parte del camino espiritual de Iom Kipur.
Por eso el judaísmo no convierte el perdón en una obligación superficial de decir: “No pasa nada.”
Porque sí pasó. El judaísmo nos dice algo mucho más honesto: “Sí pasó. Te hirió. Hubo una injusticia. Ahora decide qué harás con ella delante de HaShem.” Y esto es particularmente importante cuando la herida fue profunda. Hay personas que creen que perdonar significa permitir que alguien vuelva a entrar en su vida de la misma manera. No necesariamente.
La Torá ordena “no guardarás rencor”, pero también establece principios de justicia, responsabilidad y protección. Perdonar no elimina los límites. Incluso Maimónides, al explicar las leyes de la teshuvá, enseña que cuando una persona ha perjudicado a otra debe reparar el daño y buscar reconciliación; el arrepentimiento verdadero implica transformar la conducta, no solamente pronunciar palabras.
Por eso podemos decir que el perdón sin transformación es solamente una frase.
Y aquí Iom Kipur se vuelve extraordinariamente profundo. Porque quizá la pregunta de Iom Kipur no sea únicamente: “¿A quién necesito pedirle perdón?” También puede ser: “¿A quién necesito dejar de castigar dentro de mi corazón?” Y todavía más profundo: “¿Qué parte de mi vida sigue siendo gobernada por algo que ocurrió hace años?” Quizá alguien ya no está presente, pero continúa viviendo en nuestra mente. Quizá aquella persona siguió adelante, mientras nosotros seguimos teniendo conversaciones con ella en nuestra cabeza. Quizá el acontecimiento terminó hace diez años, pero nosotros seguimos reaccionando hoy como si estuviera ocurriendo. Entonces la persona ya no necesita hacer nada más para herirnos. El recuerdo se convirtió en el instrumento del dolor. Y allí el perdón se convierte en una forma de libertad. No decimos: “Lo que hiciste estuvo bien.” Decimos: “Lo que hiciste estuvo mal, pero no permitiré que aquello determine quién voy a ser.” Eso es profundamente diferente.
Porque la victoria no consiste en que el otro sufra. La verdadera liberación consiste en que yo vuelva a ser dueño de mi alma. Y quizá por eso Iom Kipur termina con una sensación tan poderosa de limpieza. La Mishná concluye las leyes de Iom Kipur con las palabras de Rabí Akiva: “Dichosos ustedes, Israel. ¿Ante quién se purifican y quién los purifica? Su Padre que está en los cielos.”
Esto significa que al final del proceso no somos nosotros solos quienes logramos limpiarnos.
Nosotros hacemos nuestra parte: reconocemos, confesamos, reparamos, pedimos perdón, perdonamos, ponemos límites y hacemos teshuvá. Pero la purificación última pertenece a HaShem.
Por eso, cuando se acerca Iom Kipur, quizá debamos entrar en nosotros mismos y hacer tres preguntas muy sencillas: ¿A quién necesito pedir perdón? ¿A quién necesito perdonar?
Y la más profunda: ¿Qué dolor necesito entregar finalmente a HaShem para dejar de vivir bajo su dominio?
Porque perdonar no es decir que nunca ocurrió. Perdonar es poder decir:
“Sí ocurrió. Me dolió. Me cambió. Pero no voy a permitir que me destruya. Tomaré esa herida, la colocaré delante de HaShem y convertiré lo que pudo haber sido una fuente de amargura en una oportunidad para crecer, comprender y volver a vivir.”
Entonces comprendemos que Iom Kipur no es simplemente el día en que HaShem perdona nuestros pecados. Es también el día en que nosotros aprendemos a dejar de cargar aquello que ya no necesitamos seguir llevando. Y quizá la verdadera libertad de Iom Kipur comienza cuando comprendemos que perdonar no es liberar al otro de su responsabilidad; es liberarnos nosotros de seguir viviendo atados a lo que el otro hizo. “Porque en este día hará expiación por ustedes para purificarlos de todos sus pecados; delante de HaShem serán purificados.”— Vayikrá 16:30.