14/05/2026
Oficialmente, las clases terminan el 15 de julio, pero en el mundo real, el ciclo escolar expira mucho antes, justo en el momento en que los docentes entregan las boletas a control escolar para evitar el colapso administrativo. En ese instante, se produce un cortocircuito donde la burocracia sobrevive, pero el propósito educativo muere. Lo que queda es un "mes fantasma", un limbo temporal donde miles de adolescentes y adultos juegan a que la escuela todavía existe, mientras todos saben que el telón ya bajó.
Para el alumno promedio, la escuela no es un espacio de descubrimiento, sino una transacción. "Yo te entrego cumplimiento y tú me entregas un número". Cuando el número ya está en el sistema, el contrato se rompe. El alumno, con esa honestidad brutal que caracteriza a la juventud, se da cuenta de que ya no hay nada que lo ate a la silla. Y ahí es donde empiezan las faltas colectivas, el relajo desmedido en los pasillos y esa apatía que pesa más que el calor de junio. Esto es la respuesta lógica de alguien que se siente retenido en un lugar que ya le dio lo que buscaba (o lo que le exigían).
Las autoridades insisten en que este último mes es el espacio ideal para la "retroalimentación", especialmente para los alumnos con bajo rendimiento. Es una idea hermosa en el papel, pero un insulto a la inteligencia en la práctica. Seamos sinceros, en este punto del año, el capital emocional de la comunidad educativa está en números rojos. Los padres de familia ya no quieren pelear por una tarea más, los docentes están agotados por la carga administrativa de fin de ciclo y los alumnos solo piensan en el descanso. Intentar una regularización en estas condiciones es como querer sembrar en un campo de asfalto durante una sequía.
Mario Delgado ha puesto el dedo en la llaga al mencionar que este último mes es, en gran medida, un tiempo de desgaste innecesario. Su crítica resuena porque la escuela, tal como la tenemos montada, funciona más como una guardería social que como un centro de saber. Retenemos a los chicos hasta mediados de julio no porque el proceso pedagógico lo exija, sino porque la estructura social necesita que los hijos estén "en algún lado" mientras el mundo adulto sigue produciendo. Es una función de custodia que disfraza de educación lo que en realidad es pura gestión del tiempo ajeno.
Si los alumnos dejan de dar importancia a lo académico en cuanto se asienta la calificación, es porque les hemos enseñado que el conocimiento no tiene valor por sí mismo, sino solo como moneda de cambio. Hemos construido una legitimidad institucional basada en el castigo y la recompensa. Sin el "látigo" de la calificación reprobatoria, el docente se queda desnudo frente al grupo, despojado de su autoridad moral porque el sistema lo ha reducido a ser un simple capturador de datos. El relajo y el caos de fin de año son la forma en que los alumnos nos dicen que la escuela les resulta irrelevante una vez que el trámite ha concluido.
Estamos frente a un simulacro colectivo donde todos mentimos. El sistema miente al decir que se está aprovechando el tiempo, los padres mienten al decir que envían a sus hijos a aprender, y los alumnos mienten al decir que están presentes, cuando su mente ya está en las vacaciones.
Preferimos mantener la ficción de un ciclo escolar largo para sentir que somos un país que apuesta por la educación, aunque ese tiempo extra sea pedagógicamente estéril. Nos aterra la idea de una escuela que termine cuando el aprendizaje real termine, porque no sabríamos qué hacer con los jóvenes en las calles o en las casas. La escuela se convierte así en un amortiguador social, una zona de contención que sacrifica la salud mental de maestros y el interés de los alumnos en el altar del orden público y la estadística.
Aunque haya sido aprobado el acuerdo que dicta que no se puede reprobar, ¿qué pasaría si mañana quitáramos las calificaciones de la ecuación? Si la respuesta es que las aulas quedarían vacías, entonces no tenemos un sistema educativo; tenemos un sistema de entrenamiento para la obediencia. Mientras no seamos capaces de construir un vínculo con el saber que no dependa de una boleta en control escolar, seguiremos condenados a repetir este teatro anual del último mes, donde el aprendizaje es lo que menos importa y la escuela no es más que un edificio lleno de gente esperando a que el reloj, por fin, marque la hora de salida.
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𝐏𝐬𝐢𝐜𝐨𝐥𝐨𝐠í𝐚 𝐏𝐚𝐫𝐚 𝐃𝐨𝐜𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬
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