19/11/2021
Del origen, la vida y la muerte
Por Julieta Valadez 21/10/21
La espiral de la vida es un camino ascendente, venimos del todo y retornamos al todo. Es la luz y la oscuridad, la totalidad de lo infinito, la sublimación de lo ínfimo, el sin sentido del tiempo, el ilusorio escenario en que comenzamos nuestro eterno viaje de la abstracción de la nada a lo tangible de este plano de la realidad. “Somos” construidos con una armadura biológica que nos amalgama, articula, nos permite afianzarnos, dejar de flotar en la inmensidad. Decantados desde la idea del todo, nos unen los millones de fragmentos en distintas versiones de nosotros mismos, gracias a una alquimia ancestral.
Un poco de polvo de estrellas, un gran empuje de energía primigenia, somos el caldo cuántico que solo se encuentra en este plano, en esta dimensión, en este espacio, en esta esfera. Somos tierra, aire, fuego y agua. Es el elixir que fluye de los albores de la creación, con una pizca de alma, latido, aliento de vida, es el Ser en su más pura expresión; básicamente conformados a través de células, huesos, sangre y carne, creando capas sobre capas por músculos y órganos para crear el traje de humano estándar que seremos, con una piel forjada para poder “aterrizar”, como experto astronauta por el universo, para registrar la experiencia, por un instante en la eternidad del tiempo.
Luego de ése acuerdo signado en el encuentro de las semillas de la vida, encrucijada en los límites del todo, donde mujer y hombre son el canal de descenso para que la forma biológica viaje y nos adentremos en ésta realidad. Así es que comienza la fiesta, un estallido de luz para atravesar ligeros esta densidad, entonces nos hacemos anhelo para ser acunados en la razón y el corazón de quien nos pasa a la vida, son la madre y el padre, es el clan que nos acompaña y nos hacemos sólidos, para luego así atravesar el umbral.
Es una gran fiesta, convertimos nuestro paso por este mundo en un viaje sensorial, aplicamos todos nuestros sentidos para conectarnos y vibrar, nos enchufamos pues. Para poder sentir, ver, oler, gustar y escuchar, percibimos desde nuestra razón para desarrollar inteligencias que traducimos en emociones, experiencias y memorias de todo lo que acontece, así nos aferramos a lo que llamamos vida que de inconscientes vivimos, y que en el mismo instante que inicia, comienza su efímera expresión.
La ritualidad en el mundo nos permite entramar estas historias que son míticas, con suerte si las raíces culturales son profundas, encontraremos que el inicio de los tiempos, y las almas de aquellos que han caminado en sus mareas, siempre encuentran como narrarnos el origen y destino de lo que llamamos humanidad. Es en el particular caso de la cosmovisión de los pueblos fundacionales de nuestro México antiguo, que esos recuerdos conectados en la memoria colectiva, nos permiten reconocernos como portadores de la savia de los seres eternos que conectan al cielo con la tierra, con orígenes divinos donde colosos envían a sus hijos más amados a vivir entre nosotros, a mezclarse con los hijos del barro para saciar los anhelos de la luna o del sol. Son las historias que nos hermanan con las estrellas, es el camino y sus pruebas lo que nos arraiga, nos apega, y nos da identidad.
Mientras nos colgamos de los sueños del tiempo, vivimos la vida y cantamos, bailamos y nos abrazamos, entramamos hilos y tejemos redes, nos hacemos grandes y a veces aun siendo pequeños nos dejamos crecer las alas, y nos nace la certeza de algo mayor, es a lo que llamamos el espíritu de las cosas, es el alma manifiesta en todo al servicio de todos…
Y nos mojamos en el río como los peces, caminamos permitiéndonos sentir el viento a través de la montaña, relámpagos y truenos nos hacen temblar ante lo insondable y así, creamos y creemos por un momento que se torna inmenso, vemos nuestra trascendencia, nos hacemos conscientes de nuestro legado, casi siempre en el último segundo, antes de volver a la eternidad.
Aderezamos el rumbo adornando el camino con aromas, con flores, semillas y maíz, perfumamos la casa con copal y lavamos los patios rociando gotitas, andamos con pies firmes, pero sin levantar polvo. Amanecemos temprano y zurcimos un botón, trenzamos nuestro cabello en listones de colores, nos ponemos el sombrero para arar la tierra, guiamos el ganado, cosechamos y agradecemos por las alegrías y las tristezas. ¿Quién querría despedirse de esta bella vida con sus sabrosuras? las delicias de una buena tortilla de comal, un tamal de calabaza y frijol, un café con piloncillo, un huaje con aguardiente y un pedazo de carne de monte. La calidez y retozo en una hamaca que trae la cercanía de dos que se profesan amor. Es ahí, en la tibieza de los cuerpos que hombre y mujer vueltos a perpetuar la espiral de la eternidad, cumplen su destino.
Es la muerte tan puntual y tan certera que de tajo llega casi sin avisar, no por nada muchos se sorprenden cuando de pronto, tan joven e inesperadamente alguien se va. ¿Cómo irnos así nomás?, ¿Cómo soltar las amarras para no sentirse solos?, ¿Cómo abandonar lo que soy, lo que hice o lo que piensan de mí?, ¿Qué hay detrás de la noche eterna?, ¿Es el todo un lugar al cual acudir? y ¿cómo no erigir templos de veneración para hacer eterno el recuerdo del ser amado?
Hay que Iluminar con miles de velas el camino de ida al otro mundo, allá donde nos volveremos a ver. Es la oración, el rezo, el susurro el que acompaña a la consciencia mientras aún nos habita. No hay que apresurarla, sigue aquí dentro del cuerpo inerte, por eso es que le cantamos a los mu***os, elegimos la mejor de sus ropas, los ponemos bellos porque se encontraran con la dama de la guadaña. Pero en nuestro México es una alegoría, es la muerte burlona y juguetona, bromista y sarcástica que lo mismo se lleva al rico que al pobre y al que más.
Danzamos de nuevo entre la vida y la muerte, y aunque la distraemos un poco no olvidamos que esa fiesta que hoy tiene un invitado, un banquete, un pachangón, mañana será en nuestro honor, así que le cantamos con mariachi, y le invitamos un taco para luego tomarnos una copa a la salud del que emprende el camino para retornar al todo, de la mano de ella. De azúcar, amaranto, chocolate y piloncillo, colocamos nuestros nombres sobre un cráneo sepulcral. Es la fiesta de la vida que se encuentra con la muerte, es una cita pactada en el estallido inicial.
Es la Calaca, la Blanquita, la Huesuda, la Catrina, la Santa Muerte, la Fría, la compañera silenciosa que camina hermanada a la vida, desde el principio de la espiral, para ella está claro que se le dedican los altares, y se preparan los arcos de frutas, palmas y flores, y con su venia, ya en el ánimo festivo, para el retorno de los mu***os solamente una vez al año, se construyen los bellísimos los tapetes de arena, racimos de flores engalanan el campo santo, y nos hincamos para encender el incienso y conectar ambos lados de la realidad.
La llamamos con respeto y también a las almas, los atraemos con sus objetos preciados, y en las fotografías de nuestros mu***os vemos sombras o reflejos, como avisos de que ahí están. Ante los restos mortales, charlamos durante horas para honrar su vida, sabiendo que todos nos encontramos a la espera, al siguiente turno, el nuestro que está por llegar. Para soltar la vida nos queda la muerte, para abrazar la muerte, nos queda la eternidad. ********