06/07/2026
"El futbol sigue sin gustarme", pero México ayer me cerró la boca.
Los que me conocen bien saben que jamás me ha gustado el futbol. No es un problema con el balón ni con el deporte en sí; mi choque es directo contra el fanatismo tóxico. Me revienta esa necesidad absurda de transformar noventa minutos de juego en violencia real, en peleas pendej4s que van mucho más allá del clásico folklore y la picardía deportiva que siempre han existido. Para mí, ver adultos rompiéndose la madre por once compas en shorts corriendo detrás de una pelota siempre ha sido el reflejo de una sociedad fracturada.
Pero ayer (creo) pasó algo distinto.
Desde mi completa ignorancia futbolística, tengo que admitir que el partido de México vs. Inglaterra (para mi) fue un ma***to espectáculo. Hubo tensión, hubo momentos brutales, pero lo verdaderamente c4brón no pasó dentro de la cancha. Lo mejor estuvo en las calles, en las casas. Fue escuchar a los vecinos gritar al unísono con cada gol, ver a los amigos abrazarse y presenciar, por unas horas, la unión de la gente.
Vamos a ser honestos y objetivos: este país a veces parece una locura intratable. Vivimos sumergidos en una realidad pesada y violenta. Todos, absolutamente todos, cargamos con problemas, deudas, frustraciones y ansiedades particulares. La rutina cansa y el contexto desgasta.
Por eso, ver a México unido ayer me dejó sin palabras. No es pensamiento mágico, no es creer que por ganar un partido mágicamente se solucionó la inflación, la inseguridad o los problemas del día a día. Sería estúpido romantizar la evasión. Pero lo que pasó ayer no fue ignorancia; fue una tregua necesaria. Fue la decisión colectiva de un pueblo de mandar al carajo las p***s por dos horas, de gritar, de desahogarse y de abrazar al de al lado sin importar de dónde viene o por quién votó.
Hoy me atrevo a decir que sigue sin gustarme el futbol como deporte, y sigo rechazando su lado más oscuro. Pero entendí algo: cada que juegue la Selección Mexicana, ahí voy a estar. No por el juego, sino por la vibra. Por la competencia sana, por ver a las familias reunidas y por la energía brutal que se genera en un país que, carajo, de verdad necesita de esos sueños, de esas esperanzas y de esas ilusiones compartidas.
Ya basta de la cultura de la queja eterna. Nos fascina devorarnos entre nosotros, criticarlo todo desde el sillón y alimentar el derrotismo como si fuera deporte nacional. El optimismo ciego tampoco sirve para nada; las cosas no cambian solo con desearlo. Cambian cuando entendemos que, si somos capaces de conectar con esa pasión y esa entrega para ver un partido, deberíamos ser capaces de usar esa misma fuerza para construir algo real afuera.
Trabajar, crecer, habitar este planeta con dignidad y, sobre todo, aprender a disfrutar la vida.
La Selección Mexicana ayer me dejó un gran sabor de boca y una lección de humildad. Espero volver a gritar así en la siguiente contienda mundialista. Al final del día, compartimos el mismo suelo, los mismos dolores y la misma sangre. Si vamos a salir adelante, que sea contagiando estas ganas de vivir y de ganar en la cancha que de verdad importa: "la de nuestra vida diaria".
¡A darle!