02/02/2026
Una campaña electoral hiperfragmentada y estratégicamente mal ejecutada
La actual campaña electoral en el Perú se desarrolla en un contexto altamente fraccionado y competitivo: 36 organizaciones políticas y más de 10,000 candidaturas entre presidencia, vicepresidencias, senadores, diputados y Parlamento Andino. Este escenario exige estrategia, diferenciación y arquitectura de marca política. Sin embargo, eso es precisamente lo que más escasea.
La mayoría de candidaturas está operando bajo lógicas comunicacionales obsoletas, como si se tratara de procesos electorales anteriores. El problema es estructural: el formato de la cédula electoral elimina el rostro y prioriza símbolos, números y marcas partidarias, pero las campañas continúan centradas en la personalización del candidato, no en la recordación cognitiva del partido y del número de votación.
Desde el punto de vista del marketing político, esto es un error crítico.
No se está construyendo brand awareness político, ni top of mind, ni asociaciones mentales claras entre elector–partido–símbolo. El votante llega a la cámara de votación con estímulos difusos y sin anclajes de memoria.
El 99% de campañas incurre además en un problema recurrente: decisiones comunicacionales basadas en el gusto personal del candidato o del entorno cercano, no en data electoral, psicografía del votante ni segmentación estratégica. No existe una narrativa madre, ni coherencia visual, ni consistencia semiótica. Lo que predomina es la saturación de mensajes inconexos.
A esto se suma una pobreza programática evidente. Las propuestas son escasas, poco viables o inexistentes, y el discurso se desplaza hacia el populismo emocional, desconectado de marcos presupuestales, institucionales y de gobernabilidad real.
En un entorno tan atomizado, no gana quien más aparece, sino quien mejor estructura su marca política, su mensaje emocional y su claridad simbólica. Hoy, muy pocas campañas están operando bajo esa lógica.
Esta elección no se definirá por trayectoria ni credenciales técnicas.
Se definirá por posicionamiento político, arquitectura de marca y gestión emocional del voto.