01/04/2026
La importancia de un plan de gobierno inspirado por la Doctrina Social de la Iglesia
𝐄𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐫𝐫𝐨𝐥𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐮𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐬𝐞 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐛𝐚𝐬𝐚𝐫 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐝𝐢𝐠𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚, 𝐞𝐥 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐮́𝐧, 𝐥𝐚 𝐬𝐮𝐛𝐬𝐢𝐝𝐢𝐚𝐫𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝 𝐲 𝐥𝐚 𝐬𝐨𝐥𝐢𝐝𝐚𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝
27 𝑚𝑖𝑙𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠 325 𝑚𝑖𝑙 432 𝑝𝑒𝑟𝑢𝑎𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎́𝑛 ℎ𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑣𝑜𝑡𝑎𝑟, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑑𝑒𝑓𝑖𝑛𝑒𝑛 𝑎 𝑙𝑎𝑠 𝑎𝑢𝑡𝑜𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑𝑒𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑖𝑟𝑖𝑔𝑖𝑟𝑎́𝑛 𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑖́𝑠 𝑠𝑜𝑛 𝑚𝑎́𝑠 𝑑𝑒 16 𝑚𝑖𝑙𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑐𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑𝑎𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑛𝑡𝑟𝑒 𝑝𝑜𝑏𝑟𝑒𝑠 𝑦 𝑣𝑢𝑙𝑛𝑒𝑟𝑎𝑏𝑙𝑒𝑠, 𝑠𝑒𝑔𝑢́𝑛 𝑑𝑎𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝐼𝑛𝑠𝑡𝑖𝑡𝑢𝑡𝑜 𝑁𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝐸𝑠𝑡𝑎𝑑𝑖́𝑠𝑡𝑖𝑐𝑎 𝑒 𝐼𝑛𝑓𝑜𝑟𝑚𝑎́𝑡𝑖𝑐𝑎.
Soy la tercera generación de una familia de formación aprista. Crecí entre convicciones políticas firmes y la idea de que el partido también define el destino. Durante años, observé —incluso de cerca— cómo, en distintos momentos de gestión vinculados al Partido Aprista Peruano, la pertenencia partidaria no solo representaba una identidad política, sino también una vía de acceso a oportunidades laborales dentro del Estado.
Esa experiencia marcó un quiebre personal. Con el tiempo entendí que no necesitaba un carnet para pensar por cuenta propia, y que mi desarrollo profesional no podía depender de una bandera.
Esa convicción se puso a prueba cuando, en plena pandemia, asumí el reto de ser jefe de campaña de una candidatura al Congreso de la República, sin mayor experiencia en comunicación política. Fue ahí donde entendí algo que ningún libro enseña: las personas más vulnerables no es que no quieran propuestas, sino que muchas veces terminan votando condicionadas por la urgencia. Pedían ser escuchadas y exigían soluciones reales en el tiempo: empleo formal, ingresos que alcancen, un sistema de salud eficiente, seguridad para trabajar tranquilos y sanciones firmes para las autoridades que traicionan la confianza pública.
Sin embargo, en el actual proceso electoral, siendo parte de un equipo de campaña, he observado una realidad más compleja. En muchos casos, sectores vulnerables del electorado —los mismos que definen a la autoridad— terminan aceptando dádivas, escuchando propuestas de manera superficial y tomando decisiones influenciadas por su entorno inmediato más que por un análisis informado. Esta contradicción no solo es preocupante, sino que revela una debilidad estructural en la forma en que se construye la relación entre política y ciudadanía.
Por eso, en las últimas semanas, revisé y contrasté los 36 planes de gobierno con un criterio claro: identificar cuál de ellos se acerca más a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, es decir, a una política que ponga en el centro a la persona, la familia y el bien común. En ese análisis, el plan de gobierno de Renovación Popular destaca, desde mi criterio de análisis, por mostrar una mayor coherencia en esa línea.
𝐄𝐍 𝐄𝐋 𝐌𝐔𝐍𝐃𝐎 𝐂𝐎𝐑𝐑𝐄𝐂𝐓𝐎, 𝐏𝐄𝐑𝐎…
En el mundo correcto, pero la política no debería partir de la improvisación ni del interés inmediato, sino de principios claros. Y en ese sentido, la Doctrina Social de la Iglesia no propone un modelo de gobierno, pero sí establece criterios claros para evaluar cualquier propuesta política: la dignidad de la persona, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad.
En esa línea, el plan de gobierno de Renovación Popular plantea, en el ámbito de la dignidad de la persona, la necesidad de generar condiciones reales para el desarrollo individual, priorizando la formalización laboral, la reactivación económica y el acceso a servicios básicos de calidad. Esto implica entender a la persona no como beneficiaria pasiva del Estado, sino como protagonista de su propio progreso.
En cuanto al bien común, el partido político liderado por Rafael López Aliaga propone el fortalecimiento del principio de autoridad, la lucha frontal contra la inseguridad ciudadana y la mejora del sistema de salud, como condiciones indispensables para garantizar un entorno donde todos puedan desarrollarse. Sin orden ni seguridad, el bien común se vuelve inviable.
Respecto a la subsidiariedad, el enfoque está orientado a reducir las trabas burocráticas, promover la inversión privada y facilitar el emprendimiento, permitiendo que la sociedad y el mercado cumplan su rol sin una intervención excesiva del Estado. Esto es clave en un país donde la informalidad limita el crecimiento de millones de ciudadanos.
Finalmente, en el principio de solidaridad, el plan reconoce la necesidad de atender a los sectores más vulnerables, no desde una lógica asistencialista permanente, sino mediante políticas que promuevan inclusión, acceso a oportunidades y movilidad social. La solidaridad, en este enfoque, no se traduce en dependencia, sino en acompañamiento para el desarrollo.
𝐄𝐋 𝐐𝐔𝐄 𝐒𝐄 𝐏𝐈𝐂𝐀 𝐏𝐈𝐄𝐑𝐃𝐄…
Ahora bien, si me leerá mi decano, colegas, familiares, amigos y usted que ha llegado hasta aquí, seguramente se está haciendo la gran pregunta: ¿por qué elegí ese plan de gobierno? La respuesta es bastante simple, aunque no necesariamente cómoda: léalo. Así de sencillo. Tómese el trabajo de revisar los 36 planes disponibles en el Jurado Nacional de Elecciones. Sí, los 36. No el resumen, no el TikTok, no el comentario del vecino “informado”.
Haga el ejercicio completo: desvele, subraye, contraste, dude, cuestione. Pase por ese pequeño “estrés intelectual” que implica pensar en serio. A mí me costó noches sin dormir, PDF abiertos, párrafos marcados y más de una contradicción interna. No fue inspiración, fue trabajo.
Ahora bien, si después de todo eso encuentra algo mejor, perfecto: refútelo. Pero refútelo con argumentos, no con opiniones recicladas. Le quedan 11 días. Tiempo suficiente para el que realmente quiere entender y no solo reaccionar.
Porque aquí viene el punto incómodo: es más fácil juzgar que estudiar. Más fácil descalificar que analizar. Más fácil “picarse” que hacer la tarea.
Esta columna no busca decirle por quién votar. Eso sería subestimarlo. Lo que sí le propongo es algo más exigente: que decida con criterio. Porque su futuro —y el de su familia— no depende de quién le caiga mejor, sino de qué tan en serio se toma usted mismo como ciudadano.
Ninguna autoridad le va a cambiar la vida por arte de magia. Pero un marco normativo coherente, basado en principios como los de la Doctrina Social de la Iglesia, puede abrir o cerrar oportunidades. Esa es la diferencia entre esperanza y costumbre.
Y si, aun así, prefiere no leer, no contrastar y optar por el camino rápido de juzgarme —cuestionando mi ética, mi criterio o mi trabajo— está en todo su derecho. Pero no se confunda: eso no es pensamiento crítico, es evasión.
Porque al final esto no es ideológico, es práctico: el que estudia decide; el que no, delega su futuro. Y en política, delegar sin entender tiene un costo. Ya sabe cuál es: el que se pica, pierde.
COLUMNA DE OPINIÓN
El que se pica, pierde
Cuando se pierde el argumento, se pierde el control
Por: Jhon Paul Tello Vásquez
Comunicador