19/01/2026
́n | Cuando se pierde el argumento, se pierde el control
𝐋𝐚𝐬 𝐭𝐫𝐞𝐬 “𝐛” 𝐩𝐞𝐧𝐝𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐞𝐣𝐞𝐫𝐜𝐢𝐜𝐢𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐞𝐫𝐢𝐨𝐝𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐞𝐧 𝐞𝐥𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬: 𝐁𝐮𝐞𝐧𝐨, 𝐁𝐨𝐧𝐢𝐭𝐨 𝐲 𝐁𝐫𝐞𝐜𝐡𝐚
Este año, el país atraviesa una etapa histórica, trascendental y especialmente sensible: el desarrollo de dos procesos electorales en un mismo periodo. Este contexto no solo interpela a la ciudadanía y a los actores políticos, sino que coloca en el centro de la escena a los profesionales del periodismo, la comunicación, la comunicación social, las carreras afines y a quienes ejercen el oficio desde distintos espacios y plataformas.
El 2026 representa una oportunidad concreta para empezar a cerrar brechas largamente postergadas en el ejercicio profesional: fortalecer la institucionalidad que garantice oportunidades laborales y capacitación permanente; delimitar con mayor claridad la diferencia entre la libertad de expresión y el ejercicio responsable del periodismo; y emprender en los nuevos canales digitales sin reproducir prácticas que deterioren la credibilidad del oficio.
En este proceso, resulta imprescindible volver la mirada hacia la ciudadanía. Escucharla a través de encuestas, focus group y otros mecanismos de participación que permitan comprender qué tan relevante es hoy el periodismo para la sociedad, qué espera de sus contenidos, por qué canales prefiere informarse y, sobre todo, en qué aspectos percibe fallas que deben ser corregidas de manera progresiva, técnica y responsable.
Solo desde ese ejercicio de autodiagnóstico colectivo es posible desmontar una lógica que ha acompañado históricamente a múltiples ámbitos del poder: la idea de que “el fin justifica los medios”, atribuida a Maquiavelo. Trasladada al ejercicio del periodismo y la comunicación, esta concepción resulta especialmente delicada, porque tensiona el núcleo mismo del oficio: la ética, la independencia y el servicio público de la información.
Cuando esta lógica se normaliza, el riesgo deja de ser individual para convertirse en colectivo. El periodista deja de ser un mediador crítico entre los hechos y la ciudadanía y puede terminar —muchas veces sin advertirlo— funcionando al servicio de intereses ajenos al bien común. En ese escenario, la frontera entre informar y tr***ar se vuelve difusa, y la responsabilidad profesional se diluye bajo la excusa de la urgencia, la precariedad o la supervivencia económica.
Las consecuencias están a la vista: desconfianza ciudadana hacia los medios, debilitamiento del debate público y una relación cada vez más frágil entre periodismo, democracia y gestión pública, fenómeno que se intensifica, especialmente, en contextos electorales.
Este no es un texto para señalar culpables, sino para abrir una discusión necesaria. Hoy existen condiciones tecnológicas, económicas y formativas que permiten repensar el ejercicio del periodismo desde la independencia responsable, apostando por modelos sostenibles que fortalezcan al comunicador como profesional, emprendedor y actor social comprometido con la verdad y el bien común.
𝐍𝐎 𝐋𝐎 𝐃𝐈𝐆𝐎 𝐘𝐎 𝐒𝐈𝐍𝐎 𝐋𝐀 𝐀𝐂𝐀𝐃𝐄𝐌𝐈𝐀
La relación entre periodismo y procesos electorales ha sido ampliamente estudiada por la academia, precisamente porque en estos contextos se concentran tensiones éticas, políticas y económicas que ponen a prueba el oficio.
La teoría del Agenda Setting, desarrollada por McCombs y Shaw (1972), sostiene que los medios no dicen a la ciudadanía qué pensar, pero sí sobre qué pensar. En periodos electorales, esta capacidad de priorizar temas adquiere un poder determinante: decidir si se discuten planes de gobierno, trayectorias, antecedentes y propuestas, o si se privilegia el escándalo, la confrontación y la declaración vacía.
A ello se suma el concepto de Gatekeeping (Lewin, 1947; White, 1950), que explica cómo los periodistas actúan como filtros de la información. En elecciones, este rol exige mayor rigor, ya que abrir o cerrar la puerta a ciertos hechos, voces o investigaciones puede incidir directamente en la percepción ciudadana y en la calidad del voto.
Desde el enfoque del Framing (Entman, 1993), la academia advierte que no solo importa qué noticia se publica, sino cómo se presenta. Un mismo hecho puede ser tratado como información de interés público o como espectáculo político, dependiendo del encuadre narrativo que adopte el medio o el comunicador.
En materia ética, Kovach y Rosenstiel (2001) recuerdan que el periodismo cumple su función democrática solo cuando mantiene independencia frente al poder político y económico, especialmente en campañas electorales, donde la tentación de alinearse con intereses partidarios es mayor.
La literatura es clara: en contextos electorales, el periodismo no puede comportarse como actor político sin perder su legitimidad social.
𝐄𝐍 𝐄𝐋 𝐌𝐔𝐍𝐃𝐎 𝐂𝐎𝐑𝐑𝐄𝐂𝐓𝐎, 𝐏𝐄𝐑𝐎…
En el mundo correcto, pero… los profesionales del periodismo, la comunicación, la comunicación social, las carreras afines y quienes ejercen el oficio entenderían que los procesos electorales no amplían sus licencias, sino sus responsabilidades.
Según la academia, el comportamiento profesional en elecciones debería sustentarse en cinco principios básicos: independencia, veracidad, pluralidad, contextualización y responsabilidad social. Esto implica priorizar la cobertura de planes de gobierno, contrastar promesas con viabilidad técnica, investigar antecedentes y evitar la personalización excesiva de la política.
En ese mundo correcto, la agenda informativa no estaría capturada por la coyuntura emocional del día ni por intereses comerciales o partidarios, sino por criterios de relevancia pública. El periodista no sería vocero de campaña ni adversario político, sino mediador crítico entre la información y la ciudadanía.
Asimismo, el comunicador comprendería que la libertad de expresión no equivale a libertad de desinformar, y que ejercer el periodismo implica asumir estándares profesionales, incluso —y sobre todo— cuando se trabaja en plataformas digitales.
Desde esta mirada, las elecciones no serían una temporada de excepciones éticas, sino el momento en que el oficio demuestra su verdadera madurez institucional.
𝐄𝐋 𝐐𝐔𝐄 𝐒𝐄 𝐏𝐈𝐂𝐀 𝐏𝐈𝐄𝐑𝐃𝐄
Y es aquí donde la teoría suele chocar con la realidad. Porque mientras la academia habla de agenda, encuadres y responsabilidad social, en la práctica abundan las reacciones viscerales, las defensas anticipadas y la susceptibilidad extrema ante cualquier cuestionamiento ético.
En épocas electorales, algunos confunden fiscalización con ataque, contraste con traición y reflexión con censura. Se exige libertad absoluta para opinar, pero se rechaza cualquier intento de autorregulación. Se invoca la ética solo cuando conviene y se la ridiculiza cuando incomoda.
Paradójicamente, en un oficio que debería sostenerse en el argumento, la reacción más común suele ser la descalificación personal. Y cuando se pierde el argumento, aparece el enojo; cuando aparece el enojo, se pierde el control.
El verdadero problema no es la crítica, sino la incapacidad de convivir con ella sin sentirse aludido. Porque cuando el profesional responde con soberbia, ironía o victimismo frente a una observación ética, deja de defender el periodismo y empieza a defender sus propias prácticas.
En un año electoral como el que vivimos, el desafío no es quién grita más fuerte ni quién se indigna primero, sino quién informa mejor, con mayor rigor y coherencia.
Porque en el ejercicio del periodismo —como en la vida pública— la credibilidad no se impone, se construye. Y cuando la información deja de orientarse al interés público, sus efectos no se quedan en la pantalla ni en el papel: se trasladan a las decisiones colectivas, a la gestión de lo público y, finalmente, a la vida cotidiana de las personas.
Y al final, sin excepción, #𝐄𝐋𝐐𝐔𝐄𝐒𝐄𝐏𝐈𝐂𝐀…𝐏𝐈𝐄𝐑𝐃𝐄.