08/03/2023
Hoy como sabemos, es un día de reflexión. Los reflectores enfocan directamente a esas cifras que nos dicen que no todo ha mejorado. Aprovechaba en leer un poco sobre los privilegios que tenemos las mujeres hoy -a diferencia de nuestras predecesoras- y agradecía internamente sobretodo por vivir en libertad. Sin embargo, pensé... ¿es verdad que una mujer nacida como yo en 1980 en este país, vivió siempre en libertad? Pensándolo rápidamente respondería que sí, no somos esclavas ni tenemos un precio, tenemos muchos derechos que talvez nuestras abuelas no tuvieron, pero hace solo quince años había un mes en el año en el que todos nuestros derechos no tenían ningún valor: El mes de los carnavales.
Las que han vivido en un cono -como yo- recordarán que era un in****no. Bandas de delincuentes (porque hay que llamarlos por su nombre) que en grupos de diez a más, salían a las calles sin un balde de agua pero con las manos llenas de pintura en el mejor de los casos (de betún, o quién sabe qué, en el peor) y atacaban a cualquier mujer que veían caminando sola por la calle. Atacar quiere decir abalanzarse sobre ella y vulnerarla de tal forma que no quedara ninguna parte de su cuerpo libre de pintura/betún/x sustancia. Ninguna parte de su cuerpo sin tocar. Era de terror. Las adolescentes y jóvenes teníamos que salir siempre acompañadas de nuestros padres. Si tenías el privilegio de tener auto, siempre con las lunas cerradas. Si viajabas en transporte público, esa horda de delincuentes tiraban baldes de agua a los buses sin importar si dentro había adultos mayores, niños, madres dando de lactar, nada. Ahora que lo leo, parece la sinopsis de un capítulo de The walking dead, no puedo creer que eso sucediera hace menos de quince años. Del 1 al 28 de febrero esa era la realidad, no había quién te defienda en la calle, nadie hacía nada por cambiar algo que había ido aumentando de intensidad con los años.
Pero un día cambió. Recuerdo claramente a esas dos adolescentes que por huir de una turba de vándalos que las querían "mojar" fueron atropelladas por un bus en Los Olivos. Lo recuerdo tan claro que aun me duele cuando pienso en ellas. Tuvieron que morir esas dos chicas para que de inmediato casi todas las municipalidades de Lima prohiban los carnavales, empiecen a detener a las pandillas, se llenen las comisarias de detenidos, y de un momento a otro esa "tradición" se acabó. Las mujeres pudimos volver al año siguiente a salir a las calles sin ese miedo que nos paralizaba. Ese miedo que muchas mujeres siguen sintiendo hoy al salir de noche solas del trabajo a casa o volviendo de una fiesta. Parece mentira también que en los últimos diez años han mu**to 1812 mujeres víctimas del feminicidio y esa realidad no ha cambiado.
Pero sí, hace solo diez años las jóvenes no podíamos salir de casa durante todo febrero. Si traslado ese escenario a hoy y veo a mi hija adolescente en él, se me hace imposible situarla en tal lugar sin indignarme. Agradezco que sirve de algo la indignación, porque gracias a ella hay cosas que han cambiado. Talvez esa que fue mi realidad no la conozcan las adolescentes que crecieron en otros distritos, y ahí está la esencia de todo esto: Que algo no nos suceda a nosotras, no significa que no suceda (Si, Antman) Sigamos indignándonos por todas esas cosas que hoy talvez parezcan normales o imposibles de cambiar, porque van a cambiar un día, y tenemos que estar ahí para verlo.
Yo nunca olvido a esas dos adolescentes que murieron en febrero de 2001 huyendo de algo que talvez creyeron que nunca cambiaría. Fueron las hijas de alguien que seguramente hoy se sigue indignando por las cosas que aún no cambian. Pero necesitamos cambios que no cuesten ni una muerte más. Ese es el país y el mundo que podemos heredarles.