06/12/2026
Hace 28 años, Dios me regaló una promesa.
Cuando naciste, Enyol, puso en mi corazón las palabras de Salmo 127:4:
“Como flechas en manos del guerrero, así son los hijos nacidos en la juventud.”
Hoy miro hacia atrás y entiendo mejor que nunca lo que significaban esas palabras. Esas flechas se han convertido en bendiciones.
No solo has alcanzado muchas de las metas que te has propuesto, sino que Dios te ha usado para inspirar a otros, derribar barreras, superar obstáculos y demostrar que los límites muchas veces existen únicamente en la mente de quienes los observan.
Tu vida también me transformó a mí.
Recuerdo el día del diagnóstico. El dolor, la incertidumbre, las preguntas sin respuesta. Recuerdo las noches interminables estudiando, investigando, tratando de entender qué necesitabas y cómo podía ayudarte a alcanzar tu máximo potencial. Aprendí a escuchar mi intuición, a celebrar cada pequeño avance como una gran victoria y a descubrir que el verdadero éxito no se mide por expectativas ajenas, sino por la capacidad de avanzar un paso más cada día.
Hubiera sido más fácil protegerte siempre, mantenerte cerca, tomar todas las decisiones por ti. Pero el amor verdadero también significa dejar volar, permitir que tropieces, que aprendas, que construyas tu propio camino y descubras tu propia fuerza.
Y hoy, al verte convertido en el hombre que eres, mi corazón se llena de orgullo.
Porque si yo me esforcé, tú te esforzaste el doble.
Me enseñaste la perseverancia, la paciencia, la resiliencia y el valor de no rendirse. Me enseñaste a no subestimar a nadie. Y sobre todo, me enseñaste que Dios tiene la última palabra cuando el mundo insiste en poner etiquetas.
Feliz cumpleaños, hijo.
Gracias por ser una de las flechas más hermosas que Dios puso en mis manos y por mostrarme, durante estos 28 años, que los milagros muchas veces caminan entre nosotros.
Te amo infinitamente. ❤️